El silencio de la escritora Capítulo 27
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Capítulo 27

Laura, ahora…

M e muerdo el labio hasta hacerme sangre. ¿Qué demonios les ocurre a las personas? Acaso no son capaces de ver que ese libro no es ficción, que contiene hechos exactos, ubicaciones, nombres reales incluso.

Las redes están llenas de alabanzas a la nueva novela de Candela Rojo «el mejor de todos los que ha escrito jamás», dicen; también, que es poco más que una diosa de la escritura, pues les parece una genialidad que la haya hecho pasar por un libro escrito por otra persona que le tenía una gran inquina y se vengaba de ella de un modo tan real.

Cualquiera podía buscar la historia real en internet, quizá se me olvidó poner una nota de autora aclarándolo todo y con los enlaces directos a las noticias, aunque, de haberlo hecho, el editor se hubiera percatado y no lo hubiera publicado jamás.

Ahora solo puedo hacerme perfiles falsos en las redes sociales y escribir mensajes para que sus lectores busquen información, pues todo eso ocurrió de verdad.

También he dicho que Candela no escribe sus libros, que utiliza escritores fantasma, pero les da igual, tú…

Solo alaban y alaban, una y otra vez, a su querida escritora.

Definitivamente, nos extinguiremos por estúpidos. La sociedad da asco. Punto.

Estoy cansada de ver cómo, tras la publicación más inocente, proliferan los comentarios de odio y juicio. ¿Por qué demonios ahora no pasa? ¿Acaso el community manager de Candela estará borrando todos los que dicen la verdad?

Sigo ojeando todos y cada uno de los comentarios con unas ganas de vomitar enormes. De nuevo, creo que la ansiedad me está pasando factura.

Salgo a la carrera hacia el lavabo y me agacho frente al inodoro. Tengo el estómago vacío. Todavía no he desayunado y solo vomito agua y bilis.

Cuando acabo, me siento en el suelo del cuarto de baño y llevo las manos a mis sienes.

Mi madre entra en el lavabo y me da un susto de muerte.

—¡Mamá!, ¿qué haces aquí?

—He abierto con la llave que me diste, hija. Como no abrías la puerta…

Escuché el timbre de abajo y no hice ni caso; pensé que sería algún repartidor de propaganda. Hacen caso omiso del cartel enorme que tenemos en el portal.

—¿Qué te ocurre? Por Dios, niña, qué peste a vómito.

—Me debió sentar mal algo anoche —digo quitándole importancia.

—Sí, seguro que sí, pero no creo que fuera algo que comiste. Ya hace un tiempo que no tienes muy buena cara. Además, estás más gordita…

Aprieto los puños, no me gusta que me diga esas cosas.

—No estoy más gorda.

—No te enfades, si estás mejor así que tan delgada.

—Vale ya, mama . ¿Para qué has venido?

—He venido al médico y, como vives al lado y tengo hora a las doce, he pensado: pues voy a ver a mi niña.

—Muy bien. ¿Has desayunado? —pregunto levantándome del suelo.

—No. He traído cruasanes. Si haces un poco de café con leche, desayunamos juntas.

Al nombrar la leche, el estómago se me revuelve de nuevo. Otra vez tengo ganas de vomitar y regreso al lavabo.

Varios minutos después, tras lavarme la cara y enjuagarme la boca, me dirijo a la cocina, donde mi madre está preparando ya el café, descafeinado, por supuesto.

—Laurita, hija, creo que deberías hacerte una prueba de embarazo —suelta mi madre sin paños calientes.

—¡¿Qué?! Yo no estoy embarazada. Si tuve la regla… —Me quedo a medias, con todo lo ocurrido no consigo acordarme de la última vez que me vino. Mierda.

Creo que la he pifiado pero bien…

Dos. Dos infernales rayas rosas se muestran ante mí como torres derribadas.

No puedo tener un hijo; difícilmente puedo mantenerme yo misma. ¿Qué sería de un pobre bebé al lado de una escritora que cada vez gana menos dinero por su mala cabeza?

Mi madre se ha ido hace un buen rato, pero antes de hacerlo bajó a la farmacia a por una prueba de embarazo y me la dejó sobre la encimera de la cocina. Yo le dije que ni de coña me la iba a hacer, y ella contestó: «Yo ahí te la dejo, tú verás».

Caminé de una punta a la otra de la cocina mientras observaba la caja y pensaba en la probabilidad de que fuera un sí. Ahora que lo sé con certeza, tengo mil pensamientos apedreándome la mente.

Quizá podría utilizar el dinero que cobré por devolvérsela a la puta Marina. O hacer de escritora fantasma, esta vez sin segundas intenciones, para otro escritor.

¿Con qué intenciones? No lo sé ni yo. Las dos posibilidades harán que mi vida cambie para siempre.

Tenerlo hará que nunca más vuelva a estar sola y me colmará de responsabilidades que no sé si podré afrontar; abortar me llenará de arrepentimiento y no podré dejar de pensar en que acabé con mi hijo cuando todavía no podía ni defenderse ni evitarlo.

Darlo en adopción causaría el mismo efecto en mí, pero, al menos, no tendría que detener el pequeño corazón del ser que se gesta en mi vientre.

Quizá pueda convivir con el arrepentimiento y compensarlo con darle la mejor vida posible a mi bebé.

«¿Y el padre? ¿No crees que tiene derecho a saberlo?». Las preguntas aparecen en mi mente sin pretenderlo. No creo conveniente decírselo a Gonzalo, al fin y al cabo, ha demostrado ser un padre pésimo.

Las palabras de Petra acuden a mí como un golpe contra la pared:

No, muchacha, no he visto al hijo de Candela. Nunca. Y no lo he visto por la sencilla razón de que ella no tiene hijos.

Entonces, ¿por qué no dejaba de nombrarlo?

¿Y si fuera hijo de Gonzalo y ella lo hubiera criado como suyo?

Solo así se explicaría la situación. Quizá él hubiera estado casado con anterioridad, aunque ¿desde cuándo hace falta estar casado para tener un hijo?

Puede que ya existiera en el pasado alguien como yo, alguien que fuera la protagonista de las fantasías escalofriantes de Gonzalo y acabara con un bombo.

No quiero, por nada del mundo, que mi bebé acabe en manos de Candela. No es una buena persona. Cualquiera menos ella, no después de llenar la vida de mi familia de tristeza y muerte.

«Tienes el manuscrito que escribiste en casa de Candela», escucho en mi mente.

—Sí, claro, pero si lo publico yo pasará sin pena ni gloria. Ganaré a lo sumo mil euros repartidos en varios meses, y si llego a ganarlos… —respondo a mis pensamientos con la voz.

«Es una buena novela. Además, ella se llevó tu manuscrito y lo iba a publicar».

—Ese manuscrito no es bueno, no si lo publico yo, además, solo era un señuelo para que Candela se confiara y así poder intervenir en cuanto ella accediera al archivo, enviándole desde su correo al editor el que en verdad quería que publicara. Mi venganza .

»Quedarme a solas tanto tiempo en su despacho me permitió inspeccionar a fondo su ordenador y tomar el control. Todavía lo tengo, por cierto.

«No ese, estúpida, el otro, por el que te pagaron».

—Sí, ese es bueno, demasiado bueno. Solo tuve que dejar que Candela pusiera sobre él sus zarpas para que quedara arruinado y su editor lo rechazara.

«Tienes el original sin editar por Candela. ¿No te parece una buenísima venganza? Además, te aseguraste de que ella no lo tuviera. Es tu libro y te lo debe, al fin y al cabo, se está forrando con algo que tenía que llevarla al agujero. Donde las dan, las toman, hermanita».

—Tienes razón, Vero… Tienes razón.