Capítulo 26
V ero estaba sentada a la sombra de un árbol a la hora del recreo, leía un libro. Días antes, un vídeo, en el que salía ebria enrollándose con un chico de bachillerato, corrió entre los alumnos del instituto como la pólvora.
Aquel revés había sido lo último que necesitaba para ver la realidad, que estaba tirando su vida por la borda por haberse sentido la reina en lugar del pequeño peón que siempre fue.
Pensó que, si era popular como Marina, si dejaba que los chicos la besaran y fueran más allá debajo de su ropa, todos la querrían. Pensaba que ser la más guapa implicaría ser visible, necesitaba serlo por una vez. Le gustó brillar, pero ese brillo cegó sus propios ojos y la cagó…, la cagó mucho.
Por ello, había decidido refugiarse en su antigua yo, aunque continuara cuidando su aspecto. Había descubierto que le gustaba mirarse al espejo y sentirse bonita. Sin embargo, ya no quería ser el centro de todas las miradas y los chismes. Nunca más.
Releía con avidez un libro de la biblioteca que se titulaba Corazón desnudo, de Jacqueline Briskin, y narraba la historia de dos amigas. Le parecía una verdadera obra maestra, muy duro en algunos pasajes, eso sí.
De pronto, alguien se paró frente a ella, añadiendo a su refugio una sombra nueva.
Alzó la vista y halló a Daniel
—Si vienes a torturarme..., ya he tenido suficiente. Así que te pido, por favor, que me dejes sola.
—No, no vengo a torturarte, de verdad. ¿Puedo sentarme a tu lado?
—No creo que sea buena idea. ¿Quieres que digan que vas a coger ladillas, o cualquiera de las burradas que han dicho, por estar cerca de mí?
—No me importa, Vero.
—¿Desde cuándo te has vuelto tan atento conmigo? ¿O es que acaso al saber que soy una chica «fácil», piensas que puedes pillar cacho?
—No, joder. ¿Por quién me tomas?
—¿Por un abusón que me hacía la vida imposible hasta que mi aspecto cambió?
—Ya lo sé; tienes razón. Fui un gilipollas, y sí, reconozco que cuando vi que eras tan guapa sentí mucha atracción por ti, pero ahora que te conozco mejor…
Vero rodó los ojos, y Daniel contuvo el aliento, había estado a punto de confesarle que era Joel. No podía hacerlo, de lo contrario, ella se enfadaría y no volvería a confiar en él.
—No me conoces, Daniel. Jamás viste más allá de tus narices.
—Ahora sí te veo.
—¿Y si me pusiera de nuevo las gafas y la ortodoncia…? ¿Me verías entonces?
—Te vería, aunque fueras una mierda pintada de purpurina.
Vero no pudo evitar que un torrente de carcajadas saliera de su boca a presión.
—Pero ¿te has oído?
—Es que no se me dan muy bien estas cosas.
—¿Demasiado tiempo siendo un matón?
—No lo soy… No sé qué me pasaba contigo. Lo juro.
—En fin. ¿Qué quieres?
—Ya te lo he dicho, sentarme a tu lado y hablar un poco.
—¿De qué? Ya sé que hace un sol de justicia, aunque todavía estemos en invierno.
—No te voy a hablar del tiempo; tampoco de cagarros forrados de purpurina.
—Si piensas que volverás a hacerme reír con eso —Vero estalló de nuevo en carcajadas—, lo llevas claro.
—Lo acabo de conseguir. ¿Puedo sentarme ahora?
Vero se encogió de hombros y asintió. Ese fue el primer día de los muchos que, en adelante, Vero y Daniel pasarían el tiempo del recreo sentados bajo aquel árbol.
Poco a poco, ella perdió el interés por Joel, y este dejó de chatear con ella.
Daniel ganó terreno de un modo sorprendente, pero la sombra de los secretos atenazaba con estropearlo todo y cada día se alargaba más.