El silencio de la escritora Capítulo 25
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Capítulo 25

Candela

M i público, ese público que me adora, se queda a la espera de que prosiga, de que termine de leer el capítulo que tanto han disfrutado. Es imposible, estoy tan desconcertada, tan aterrada, que cierro el libro y abandono el salón de actos a la carrera.

Antonio me agarra del brazo cuando ya estoy fuera del alcance de los ojos de mis lectores.

—¿Se puede saber qué demonios ha sido eso?

—Eso te pregunto yo a ti. Ese no es el manuscrito que te envié.

—Sí, claro que lo es. Acuérdate de que, un rato después de haberme enviado Mi venganza , me escribiste de nuevo para decirme que olvidara tu anterior correo, que esta versión del archivo era la buena y mucho más interesante.

—Yo no hice tal cosa…

—Te puedo asegurar que sí, es más, para que no hubiera confusiones, eliminé el primer correo.

—Este libro no puede venderse, Antonio. No puede. Hay que pararlo, hay que dejar de imprimir ejemplares. Hay que quitar los libros electrónicos de las plataformas…

—¿Estás loca? No puedo hacer eso.

—No te lo pediría si no fuera un asunto de vida o muerte. Antonio, ese manuscrito no es mío.

—Oh… ¡Qué novedad! ¿Cuánto hace que no tengo entre mis manos un manuscrito de Candela Rojo? Es más, me pregunto si alguna vez lo he tenido.

—No lo entiendes…

—No, explícamelo —dice él cruzándose de brazos.

Y no puedo hacerlo. No puedo decirle que, probablemente, todo lo que está escrito en ese libro ocurrió de verdad.

Me refugio en mi casa, lejos de los focos mediáticos y de los lectores que están indignados porque no les he firmado su ejemplar de Mi venganza .

Ahora mismo no me interesa ver cómo me están poniendo verde en las redes sociales. No puedo dejar de temblar.

Y Laura, esa desgraciada, ¡cómo me engañó! Debí darme cuenta del parecido. Además, yo la vi, a esa niña que aparecía de pronto sin que te percataras de sus pasos, siempre sigilosos. Vero se quejaba muchísimo de eso, decía que su hermana era una chismosa de manual.

Me había visto coger los cuadernos.

¿Qué más sabría? Habla de un muerto… bufff. Tengo que leer ese libro, por muy difícil que me resulte, he de hacerlo. No sé hasta qué punto la gente pueda atar cabos, según lo que esa zorra haya escrito en él.

Me dirijo a mi despacho y cojo uno de los ejemplares que me ha dado Antonio.

Me siento en mi cómodo sillón de oficina y comienzo a leer desde el principio.

Las lágrimas recorren mi rostro cuando revivo todo lo que ocurrió.

Había olvidado gran parte de aquella historia.

Quizá porque reprimí mis recuerdos más oscuros.

He hecho cosas horribles a lo largo de mi vida, pero ninguna como esa. No, por Dios.

Me paso toda la noche en vela. La novela, esa arma de doble filo que se ha ido clavando poco a poco en mi vientre hasta hacerlo sangrar, me ha tenido pegada a sus páginas, pero no por amor a la lectura, precisamente.

Cuando lo termino, no puedo menos que sentir unas náuseas enormes. La última frase se me clava en el alma y me da el toque de gracia.

Ahora ya tienes lo que te mereces, Candela Rojo.

Lo ha escrito todo, absolutamente todo. ¿Cómo Antonio no me dijo nada?

Es que no lo puedo comprender. Estoy segura de que la policía vendrá a interrogarme.

Una historia tan surrealista solo puede ser cierta, los humanos sabemos de sobra que la realidad supera a la ficción en la mayoría de las ocasiones.

Tengo miedo. Hace muchos años, y yo era solo una cría, pero si llega a saberse que todo lo que pone en el libro es real, mi reputación quedará malparada para siempre. Me llamarán impostora, asesina, ridícula y qué sé yo que más.

Pronto compruebo que tengo la bandeja de entrada de mi correo electrónico a rebosar.

Dios, no podré soportar los insultos, bastante mal llevo ya las malas críticas de mis novelas.

No quiero mirar, no quiero leer, lo suyo sería borrarlos todos y a punto estoy de hacerlo, cuando leo por encima el asunto de los correos.

«Absolutamente magistral». «Esa es la Candela Rojo que amamos». «Por fin has vuelto». «Eres una maldita reina de la escritura».

Me llevo las manos al rostro, emocionada. Mis lectores no me han fallado. No se han dado cuenta de nada, piensan que es ficción teñida de realidad y, al cancelar la eliminación de los mensajes, puedo verlo.

«Me parece magistral que aparezcas como villana en tu propio libro. Te sigo desde tus inicios y conozco tu nombre real. No hay nadie como tú y continuaré leyendo todas tus novelas. Un abrazo enorme».

—Ay, Laurita, me pusiste en jaque, pero mis propios lectores te han dado mate. Ya has visto que soy la reina, y contra la reina poco puede hacer un triste peón.