El silencio de la escritora Capítulo 23
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Capítulo 23

Candela

Dos meses después…

E stoy nerviosa. Me miro al espejo de la habitación del hotel de Barcelona donde se presenta mi nuevo libro y no puedo evitar ver las huellas de los pinchazos que me hicieron en los labios para que se vieran más gruesos.

Todo ha sido un poco atropellado desde que el editor leyó el manuscrito que yo misma le envié el día que Laura se fue de mi casa.

Dos días después, me llamó muy enfadado. Aquel libro era un verdadero desaguisado. Se notaba muchísimo que se había escrito de modo apresurado y era un disparate sin pies ni cabeza. Aquello me dolió profundamente, pues la versión que le envié era la editada por mí.

Intenté buscar la versión del archivo de mi escritora fantasma. No la hallé por ningún lado. Simplemente, se había esfumado.

Juro que quise matar a Laura, a quien no veía desde que cargó sus bártulos en el coche, y Hakim la llevó de vuelta al agujero de donde salió.

La llamé al móvil, pero una locución me dijo eso típico de: «El número marcado no existe». Así que, si ya estaba furiosa, los demonios me llevaban en volandas.

El editor me dijo que tenía que sacar libro sí o sí, que no podíamos permitirnos buscar a otra persona y que volviera a hacer una pifia como la que había hecho la mediocre juntaletras que había hospedado en mi casa.

—¿Y si lo publicamos y punto? —pregunté.

—Tu último libro fue un desastre. ¿Quieres que vuelvan a lloverte las malas críticas?

—No, claro que no.

—Quiero que entiendas, Candela, que la gente no se traga todo lo que les des por mucho nombre que tengas.

Pagan un buen dinero por las novelas de su escritora favorita, así que esta tiene que ofrecer calidad, la misma que tenías en tus primeros libros y que ya parece haberse esfumado.

¿Qué te ha ocurrido, Candela? ¿Es que acaso ya no volverás a escribir tus propias obras nunca más?

—Sí, claro que sí. Solo necesito tiempo.

—Llevas años así y no sé qué demonios te pasa.

—Es solo un bache…

—Un bache que ya dura demasiado. Necesito algo ya, Candela, algo bueno; de lo contrario, tendré que navegar en otras aguas.

Me muerdo la uña pintada de rojo fuego.

—Por favor, Antonio, déjame unas semanas, un mes…, lo arreglaré.

—No hay tiempo para ello, necesito algo ya. Repito.

Cogí aire con fuerza y lo aguanté para no gritarle por el auricular del teléfono a Antonio que podía prescindir de él cuando quisiera, que yo era la estrella y la que ponía las condiciones; me contuve.

Antonio conocía mi secreto, bueno, a medias.

Él descubrió que utilizaba escritores fantasma por casualidad, y me escudé en que estaba pasando una mala racha de sequía creativa a causa de las desavenencias con Gonzalo.

Fue entonces cuando se ofreció él mismo a buscarme a la persona idónea y me trajo a Laura, una chica que enviaba manuscritos a la editorial con el fin de probar suerte y en la que Antonio vio una pluma muy parecida a la de Candela Rojo en sus inicios.

Ahora me están maquillando para bajar al salón de actos del hotel y no dejo de pensar en qué acogida tendrá la nueva novela.

A Antonio le fascina y eso es lo importante. Le di justo lo que él quería y le pareció suficiente.

Llaman a la puerta, y la maquilladora acude a abrirla. Gonzalo cruza el umbral con un ramo de rosas rojas.

—Hola, querido, ¡qué bien que hayas venido! —exclamo con mi sonrisa de labios grumosos.

—No podía faltar.

—Oh, gracias. Son preciosas. Mételas en agua, Maika —digo y le entrego a mi maquilladora el ramo que Gonzalo acaba de regalarme.

—He venido también por otra cosa…

—¿Para qué?

—Verás, nos dimos un tiempo y ya ha pasado demasiado.

Le decimos a todo el mundo que estamos divorciados, pero ambos sabemos que eso no es cierto.

Lo dejamos en el aire y teníamos intención de retomar la relación; no va a ser posible, Cande.

No quiero que te enfades ni que te pongas triste, hace mucho que cada uno lleva su vida y pienso que es lo mejor.

Doy un manotazo en la mesa; me hierve la sangre.

—¿Qué pasa? ¿Acaso no quieres que volvamos a ser una familia, tú, yo y nuestro pequeño?

—No, Candela. Sé que Nathan es importante para ti, pero él no es…

—Buenas tardes, ¿cómo va todo? —Antonio, mi editor, entra en la habitación, que se ha quedado abierta tras la llegada de Gonzalo, e interrumpe la conversación con su potente voz.

—Bien —dice Gonzalo con los labios apretados por el fastidio de no haber podido terminar de hablar.

—Me alegro —responde Antonio dedicándole una sonrisa forzada a Gonzalo y voltea el rostro para mirarme—. Tienes que bajar ya. La gente está impaciente por verte, y ya ha habido alguna que otra situación tensa, pues no hay suficientes asientos para todos.

Me quito la bata de seda que me puse para no mancharme la ropa de maquillaje. Gonzalo y Antonio no pueden evitar admirar la belleza de mi atuendo, más propio de una fiesta nocturna que de una presentación de libros.

—Estás preciosa, querida. Ahora, date prisa, tus lectores te esperan. Espero que no te coman como lobos feroces —dice mi editor y estalla en estridentes carcajadas.

—Tonterías, estoy acostumbrada a lidiar con ellos.

Estoy detrás de un telón. Aguardo al momento en el que digan mi nombre para salir ahí fuera y encontrarme con un montón de lectores deseosos de verme. Confieso que adoro esa sensación, la de sentirme importante y por encima de todo y de todos.

«Solo eres una impostora», me dice siempre una voz interior bastante irritable. Pero la ignoro, llevo demasiados años haciendo esto. Soy Candela Rojo y muevo masas. Soy una marca que vende sin apenas esfuerzo, muchos, muchísimos libros.

Escucho mi nombre y me muerdo el labio inferior, lo noto extraño, como acorchado. Sé que en unos días me sentiré mejor.

Las luces apuntan a mi rostro mientras camino hacia el atril que han preparado para mí. En la pantalla hay una foto mía, vestida con un traje de chaqueta rojo, en la que luzco una sonrisa esculpida a base de Photoshop, además de varios retoques que en realidad todavía no me he hecho.

Todo el mundo aplaude, y yo tiro besos a diestro y siniestro. No os podéis imaginar lo que significa para mí sentirme tan y tan querida.

Me paro frente al atril y comienzo a leer la sinopsis de mi libro. Luego seguiré con un fragmento, posiblemente el primer capítulo. Los dejaré con ganas de más. Es una obra maravillosa, probablemente la mejor obra de toda mi trayectoria y en la que mi único aporte es mi nombre.

El día que Laura perdió el norte, estuve curioseando en su portátil y encontré algo muy interesante: el manuscrito que estaba editando para autopublicarlo.

Se llamaba Mi venganza y empezaba con una presentación de libros en la que la autora veía a alguien del pasado, que le causaba escalofríos, entre el público.

Nada más leerlo, tuve la sensación de haber sentido la misma emoción muchos años atrás, cuando cogí prestado el manuscrito en casa de una amiga.

¿Cómo se llamaba? Ni siquiera me acuerdo.

Pues bien, esa pluma era muy parecida a la de mis inicios como escritora de éxito. Era justo lo que necesitaba para que la gente volviera a creer en mí, en Candela Rojo.

Sin embargo, no podía hacerlo. Era demasiado descarado y no quería tener problemas con Laura, ya había demostrado que sacaba las uñas en cuanto hacía falta, no quería verme obligada a recurrir a métodos poco ortodoxos para acallarla.

Aunque no pude reprimirme, era tan fácil apoderarme de un archivo…

Me fui al despacho con el portátil y copié el archivo en un pendrive . En un principio, iba a llevármelo sin más, pero me lo pensé mejor y lo borré de su ordenador y luego de la papelera.

Siempre fui previsora y ya sabéis lo que dicen: mujer prevenida…

Me aclaro la garganta y rezo para no meter la pata cuando los lectores me hagan preguntas. He leído la novela, claro que sí y, si os doy mi opinión, es bastante buena, quizá esté a la altura de mi primer libro, el que me lanzó al éxito como un cohete.

Empiezo con la sinopsis y la gente responde con aplausos y toneladas de cariño.

Prosigo con la nota de autora, en la que aviso de que la lectura va a ser una experiencia que no olvidarán.

Mi público me demuestra toda su pasión. Me dispongo a leer el primer capítulo, pero, de súbito, un nudo se instala en mi tráquea y noto que me falta la respiración.

No puede ser, es imposible que sea ella, a menos que haya vuelto del más allá buscando venganza.