El silencio de la escritora Capítulo 22
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Capítulo 22

C uatro cuadernos; una novela de misterio impresionante. Marina debía admitir que Vero tenía un talento innato para escribir, Talento que a ella le faltaba.

Los había metido en su mochila de modo apresurado, antes de que su amiga regresara a la habitación, disculpándose con ella, pues tenía que salir a comprar unas medicinas a la farmacia.

Incluso le había pedido que la acompañara, pero ella sentía una necesidad irresistible de llegar a su casa y leer su botín, y eso fue lo que hizo.

Había leído sin parar durante dos días, hasta terminar con la última página, que la había dejado con la sensación de querer más, mucho más de lo que ella escribiera.

Intentó emularla, empezó una novela desde cero cambiando palabras y tratando de hacer suyo el texto de Verónica. Total, si no iba a ayudarla con las asignaturas, quizá pudiera pagarle con su manuscrito. Era lo justo, ¿no?

No consiguió que su obra brillara del modo en que lo hacía la de Vero. ¿Cómo podía ser? Quizá don Servando tuviera razón y no hubiera nacido tocada con el talento de plasmar historias sobre el papel.

Se recreaba con aquella novela tan perfecta, tan adulta. Olía a best seller , a dinero, a éxito: poder. Sus textos, a lo único que olían, era a chamusquina.

Cuando sustrajo los cuadernos del cuarto de Vero, pensó en devolvérselos más tarde, sin embargo, luego cambió de opinión y pensó que lo mejor era quedárselos. No podía soportar la idea de que su amiga cumpliera un sueño que le pertenecía. Sería demoledor para ella.

Los días pasaron sin que la interesada se pronunciara sobre aquel asunto, hecho que le dio a Marina más motivos para apropiarse del manuscrito. Si no había dicho nada, quizá no tenía mucha importancia para ella, ¿cierto?

Marina ya se sentía muy tranquila y casi se había olvidado del asunto, cuando su hermanastro, con una sonrisa de lo más repelente, le mostró las libretas que había cogido de su habitación.

—Devuélvemelas, son mías —espetó Marina.

—¿Ahora te llamas Verónica…?

—Cállate. Son de Vero, sí. Me las dejó para que las leyera, ¿contento?

—¿Y qué cuenta en ellas? ¿Dice algo sobre mí?

Marina estuvo a punto de responderle a su hermanastro: «¿Acaso no sabes leer?», pero en su lugar, a sabiendas de su problema con la dislexia, dijo: «Oh, sí, declara su amor por ti. Aunque necesito que seas discreto».

—¿Cómo?

—Ella no puede saber que te he dicho nada. Se enfadaría mucho y quizá te rechazaría llegado el momento. Ya sabes cómo es.

—Entonces, ¿qué crees que debo hacer?

—Primero de todo, no decir nada sobre estos cuadernos, me mataría si se enterara de que los has cogido; segundo, podrías escribirle por el Messenger con una identidad falsa.

—No me parece muy buena idea. Yo quiero que se enamore de mí.

—Recuerda que te portaste fatal con ella cuando no era más que una friki. Ahora que es popular, puede tener al chico que quiera.

—¿Y qué gano escondiéndome bajo un perfil falso?

—Puedes mostrarte tal cual eres. Quizá ella vea algo interesante en ti, algo que no se ve a simple vista.

—¿Tú crees?

—Sí, es más, yo puedo ayudarte siempre que mantengas la boca cerrada.

—Hecho…

Marina y Daniel chocaron los cinco. Nunca se ponían de acuerdo en nada; siempre se insultaban. Eran como el agua y el aceite, sin embargo, los sentimientos de Daniel por Vero eran suficiente motivo como para que Marina aprovechara la ocasión de hacerlo comer de su mano.

✽✽✽

Días después de aquel pacto, Vero removía cielo y tierra para encontrar sus libretas y le echaba la culpa a su hermana pequeña.

—Te estoy diciendo la verdad, yo no he cogido nada.

—Díselo a otra… Los tenía en mi escritorio, y tú lo sabías. Te había prohibido que leyeras mis cuadernos y estoy segura de que lo hiciste y algo pasó. ¿Puede que los mancharas con esa asquerosidad que te haces con las galletas y la leche?

—Que no, pesada. Yo no he cogido nada, te lo prometo.

—Lo juras por que se muera la mama .

—La mama dice que no se jura.

—¿Ves? Has sido tú, joder.

—Que yo no he sido, estoy diciendo la verdad.

—La verdad…, como cuando robaste los rotuladores de los estuches de las clases de sexto, los trajiste a casa y luego le decías a la mama que los habías encontrado enterrados en el patio.

—Ya dije la verdad, y también que no había sido yo, que había sido Carla…

—Eso solo se lo dijiste a la mama , al colegio no.

—Porque la mama dijo que tenía que asumir las consecuencias de haber mentido por encubrir a mi amiga.

—Ya vale, cállate.

—Yo no tengo tus cuadernos, no los tengo. Te lo juro.

Por mucho que su hermana insistió en su inocencia, Vero dio por sentado que ella había hecho desaparecer su manuscrito.

Estaba segura de que, con lo desastrosa que era, lo había mojado o estropeado de algún modo.

Quizá su madre, al encontrar el estropicio, había tirado su obra a la basura sin ser consciente de lo que era.

Le había preguntado, pero, como siempre, no sabía nada. Su madre lo tiraba todo a la basura y luego se hacía la sueca.

Vero sentía un vacío enorme en el pecho, estaba enfadada con su hermana, con su madre y con el mundo.

Solo la consolaban las conversaciones de Messenger que había comenzado a mantener con un chico.

Un chico de otra ciudad que se llamaba Joel y era muy especial.

A él se lo podía contar todo, absolutamente todo.

Una tarde, Joel la saludó desde su nick envuelto en murciélagos que agitaban sus alas.

Joel: Te noto rara.

Escribió él tras chatear con ella unos minutos y percatarse de que apenas interactuaba.

​ Vero: No, todo está bien.

​ Joel: ¿Estás segura?

​ Vero: Sí, claro… Bueno, no. A ti puedo contártelo.

Y le explicó que su más preciado tesoro, su manuscrito, había desaparecido. Vero no podía evitar que se le saltaran las lágrimas al confesarle a su nuevo amigo lo que le ocurría.

Al otro lado, Daniel apretaba los puños, enloquecido, enamorado…, furioso.