Capítulo 21
Laura
P ongo la palabra «fin» y, de inmediato, siento como si unas cadenas enormes se rompieran y liberaran mi cuello.
Eran las cinco de la mañana cuando el sueño me abandonó, así que me puse a escribir. Si todo iba bien, para la hora del desayuno estaría listo y se cumplirían mis expectativas. Ahora son las ocho y media de la mañana y me dirijo a la cocina, donde encuentro a Petra limpiando la encimera.
Al verme, pregunta: «¿Café?».
—Si me puedes hacer una manzanilla, te lo agradecería, me duele un poco la tripa —digo, y sé a qué se debe; los nervios, la euforia de saber que ya no tendré que desayunar nunca más en este lugar.
—Enseguida, niña. La verdad es que tienes mala cara, ¿eh…?
—No he dormido del todo bien.
—Ay, el Gonzalito, que te trae por la calle de la amargura, ¿me equivoco?
La miro con las cejas alzadas.
—No, qué va…
—Anda que no.
Decido no añadir nada más, diga lo que diga, Petra lo rebatirá y, como no tengo ganas de andar replicando constantemente, calladita estoy más guapa.
—He terminado. Hoy me voy de aquí —anuncio con demasiada alegría.
—Hija, ni que te hubiéramos tratado mal o algo. Qué ganas tienes de irte…
—No, si no tengo queja —miento—, pero tengo ganas de estar en mi casa.
—Ya lo entiendo, mujer, no hace falta que me des explicaciones. Además, comprendo que quieras irte; el ambiente en esta casa no es muy sano que digamos.
—¿No? —pregunto cuando veo que Petra tiene intenciones de soltar la lengua, algo raro en ella.
—Candela no ha sido la misma desde que se separó de Gonzalito.
—Ya imagino —digo mientras intento ocultar una pequeña punzada de culpabilidad tras un tono neutro—. Además, si tienen un hijo en común, todo se complica.
Petra me mira con el ceño fruncido y una mueca de extrañeza.
—Un hijo… ¿Qué hijo?
—Su hijo, ella siempre habla de él, pero no lo he visto en todo el tiempo que llevo aquí. ¿Está en algún colegio interno o algo así? —indago.
Petra niega con la cabeza.
—No, nada de eso.
—La verdad es que no comprendo a Gonzalo. Tengo la impresión de que no le importa nada su pequeño —digo removiendo la cuchara de la taza de manzanilla que Petra acaba de poner delante de mí.
—Normal… —suelta con un tono cada vez más extraño.
Es como si mis palabras le causaran terror.
—¿Tú has visto alguna vez al hijo de Candela?
Petra se yergue y apoya una mano en la encimera.
—No, muchacha, no he visto al hijo de Candela. Nunca. Y no lo he visto por la sencilla razón de que ella no tiene hijos.
—¿Cómo?
—Lo que has oído. Candela ni tiene hijos ni los puede tener.
—No, no puede ser —digo ojiplática y añado—: ella misma me habló de él en varias ocasiones. Si hace poco lo operaron y estuvo un par de días fuera. ¿Acaso no te acuerdas?
—¡No! Y deja de decir gilipolleces ya, niña. Es cruel.
—Pero ¿qué…?
—Pero nada. No han operado a ningún hijo inexistente de Candela, así que deja ya de desvariar.
—Ella misma me dijo que operaban a su pequeño, que Gonzalo trabajaba y que se había negado a estar a su lado cuando más lo necesitaba.
—¡¡Cállate!! Estás completamente loca.
—¿Cómo? —indago sin entender nada de nada.
—Mira, será mejor que te marches de una maldita vez si ya has terminado con tu trabajo. Es más, no te quiero ver por aquí, ¿me has escuchado? Aléjate de Candela —sentencia, y no puedo más que marcharme de la cocina a la carrera.
Subo a mi habitación y comienzo a meter ropa en mi pequeña maleta. Vacío el lavabo de mis pertenencias y me corto sin querer con el vaso que tengo para lavarme los dientes, pues se rompe a causa de mis movimientos bruscos.
La sangre mana sin control y envuelvo mi mano con una toalla.
Observo mi reflejo en el espejo; tengo el rostro manchado de sangre y una expresión de horror extremo.
Solo pienso en marcharme de esta casa, pero luego escucho la voz que no abandona mi cabeza.
Entonces, respiro profundamente y recuerdo que ya he levantado los cimientos que me llevarán directa a cumplir con mi cometido, el que en realidad me trajo aquí.
Sonrío y niego con la cabeza; todo va a pedir de boca.