Capítulo 20
Laura
G onzalo me deja en casa de Candela cuando todavía no ha amanecido.
He conseguido dormir un poco, aunque estaba intranquila.
No quería que ella se levantara y se diera cuenta de que no había dormido en su casa.
Quizá haría preguntas, no quiero que vuelva a encerrarme en mi habitación.
Todavía estoy asimilando que lo hizo y que sus motivos me parecieron de lo más surrealistas.
He de dormir antes de ponerme a trabajar. Me gustaría dejar listo el manuscrito antes de que termine la semana.
Al entrar en la casa, la energía densa de esta se cuela en mi organismo y hace que me sienta muy pero que muy agotada.
Doy un respingo cuando camino por el pasillo que conduce a mi habitación, pues me topo con Hakim, que lleva un plumero en la mano.
—Ay Dios. Qué susto me has dado —digo con el corazón al galope y la respiración agitada.
—Debes tener cuidado con Gonzalo —suelta sin paños calientes.
—Si vas a decirme eso de que voy a ser su capricho y luego me dejará, ahórratelo. Soy una persona adulta y conozco bien a los hombres como él —replico con los brazos en jarras.
Hakim eleva una ceja y me escruta con expresión seria.
—No busco novio. Así que no te preocupes por mí —digo encogiéndome de hombros, mientras paso el dedo índice con suavidad por su rostro.
Él me hace una pequeña cobra.
—¿Qué haces? —inquiere.
—Solo era un gesto cariñoso...
—Vete a dormir, Laura —sentencia en tono condescendiente.
No digo nada más, me alejo unos pasos y entro en mi habitación.
Deslizo mi espalda por la puerta hasta sentarme en el suelo.
Este Hakim cada día me desconcierta más.
¿Qué narices le importará a él con quién yo me acueste?
A menos que… No, no creo que sienta algo por mí.
Él tiene novia, ¿no? Una de esas chicas de cabello cubierto por un velo, no una loca que se va por la noche con el primero que la llama.
Bueno, que yo no suelo hacer esas cosas, aunque es la imagen que doy al irme a altas horas de la madrugada con Gonzalo y volver a casa oliendo a sexo.
En fin, me derrumbo en la cama sin quitarme la ropa. No tardo nada en dormirme.
Despierto a las once de la mañana a causa del perro, que no deja de ladrar.
Abandono la cama, salgo de la habitación y me dirijo a la ducha. Al desnudarme, compruebo que mi ropa huele a humanidad que tira para atrás.
Dejo que el agua resbale por mi cuerpo mientras recuerdo la imagen de Gonzalo acariciándome con su navaja.
Sigo pensando que es surrealista, pero también que fue uno de los momentos más sensuales de toda mi vida.
Quizá esté enferma y tenga algún desorden mental que me lleve a sentirme excitada ante la posibilidad de tener sobre mí a un asesino en serie.
Destierro la idea de inmediato. Un escalofrío de terror recorre mi cuerpo y ni el agua caliente lo aminora.
El pensamiento humano, en ocasiones, puede ser espeluznante.
La diferencia entre una persona normal y alguien con instintos homicidas es que el primero siente pavor e intenta desterrar el pensamiento de inmediato; el segundo, sin embargo, se recrea en su fantasía horrible.
Creo que estoy entre los dos perfiles ahora mismo y me siento una extraña, una criatura que habita por debajo de mi piel y no soy yo.
Puedo constatarlo al mirarme en el espejo y no reconocerme en su reflejo.
Escribo durante todo el día con el estómago vacío. Tengo náuseas en una ocasión y me siento algo mareada. El vino de anoche no me sentó del todo bien.
Al anochecer, solo me queda escribir el epílogo. Lo dejo para el día siguiente.
Cierro el portátil y Candela entra en la estancia.
—Menuda cara llevas —suelta observándome con sus ojos escrutadores, mientras hace una mueca de desagrado con sus labios de quirófano.
—Mañana terminaré el manuscrito —respondo obviando su comentario fuera de lugar.
—Muy bien, querida. Has escrito en un tiempo récord. Si quedo contenta con el resultado, quizá valore otra nueva colaboración pronto.
Sonrío. Quiero gritarle a la cara que ni de coña. No lo hago, aunque mi expresión no deja lugar a dudas, y ella nota mi indignación y mis pocas ganas de volver a esta casa.
—Oye, Lau, siento haberte encerrado en tu habitación. No era mi intención, de verdad.
—Me iré mañana. Cuando escriba la última palabra.
—De acuerdo. Pero quiero que sepas que… sin rencor. Ha sido un placer colaborar contigo.
Asiento de nuevo y me levanto del escritorio, cojo mi portátil y salgo de la estancia. Por fin mañana seré libre.