Capítulo 19
Laura
E scribo de un modo frenético, más que de costumbre; con rabia y urgencia.
Necesito terminar con este manuscrito de una maldita vez, pues es el equivalente a un canto de sirena y a cada momento siento en mi interior unas ansias brutales de apropiármelo.
Ella se lo merece, ella no tiene respeto por la literatura.
Estoy realmente alterada. Me invade un desasosiego continuo y tengo ganas de perder de vista esta casa para siempre. ¿Quién me lo iba a decir? A mí, que adoro el estilo modernista y soy feliz contemplando la obra de Gaudí cuando voy a Barcelona.
Son cerca de las once de la noche cuando decido terminar mi jornada de escritura con siete mil palabras. Queda ya muy poco, estoy en ese momento en que el héroe cae en desgracia, para luego renacer como el ave fénix.
Cierro la tapa del portátil y me lo llevo a mi habitación antes de bajar a la cocina para picar algo. Petra me avisó a la hora de cenar, pero le dije que no tenía hambre. No le hizo mucha gracia, y mucho menos a Candela. Si quiere su puñetero libro, tendrá que ser a mi manera.
De seguir a este ritmo, en unos días lo terminaré. El contrato no incluía reescrituras ni ningún tipo de edición, solo un manuscrito a pulir: un borrador.
Me hago un tazón de cereales y me lo como con ganas. Era una soberana mentira mi falta de hambre.
De pronto, un suave trino me indica que he recibido un wasap. Saco el móvil del bolsillo de la sudadera y lo abro con una sonrisa al comprobar que es Gonzalo. Quiere verme. Me pasará a buscar en veinte minutos.
En teoría, debo pedirle disculpas por mis palabras del otro día. Aunque parece que no se tomó a mal, pues de nuevo quiere pasar tiempo conmigo.
Tomo una ducha rápida y me pongo un pantalón vaquero y una blusa negra trasparente. Normalmente, la llevo con un pequeño top debajo, pero hoy solo me he puesto un sujetador muy sugerente. Completo el atuendo con una cazadora perfecto negra.
Recibo un mensaje de Gonzalo avisándome de que ya ha llegado. Es tarde y la casa está en calma, cosa que agradezco, pues no quiero tener que darle explicaciones a Candela.
Fuera, vislumbro el coche de Gonzalo y a él haciendo aspavientos con los brazos para que lo vea, pues lleva las luces apagadas.
Cuando llego a su altura, me toma de la cintura, me atrae hacia sí y me besa con voracidad, sí, esa es la palabra correcta. Parece tener un hambre voraz de mí.
—Estás loco —digo mirándolo con picardía y añado—: Candela nos matará si se entera de esto.
—Ya te he dicho que a ella no le importa lo que yo haga con mi vida. ¿Nos vamos?
Asiento y me subo al oscuro deportivo.
Gonzalo conduce muy despacio hasta alejarse de la casa. Una vez en la carretera, acelera y me deja pegada al asiento.
Me siento temeraria, invadida por una atracción brutal por este hombre, que huele tan bien y destila sensualidad por todos los poros de su piel. Imagino de nuevo su cuerpo sobre el mío, su boca sobre mis pezones, y tiemblo.
—¿Qué te ocurre?
—Nada, estoy bien —digo mientras me encojo de hombros.
Gonzalo sonríe.
Pasamos cerca de veinte minutos en el coche y llegamos a una urbanización de casitas adosadas.
—¿Dónde estamos? —pregunto divertida.
—Es una sorpresa…
—¿Es tu casa?
—Vaya —suelta con fingido fastidio—, me has pillado.
—Hombre, te acabo de ver activar un mando y la puerta del garaje se está abriendo…
—Al parecer, no soy bueno para las sorpresas —dice entre risas.
Gonzalo estaciona el coche en el amplio aparcamiento y me abre la puerta para que salga de este.
—Ven, tengo una sorpresa, ahora sí de verdad, para ti.
Me toma de la mano y lo sigo intrigada hasta la terraza trasera de la minimalista casa, que está decorada de modo muy aséptico para mi gusto. Prefiero los estilos arquitectónicos antiguos, creo que nací en el siglo equivocado.
Hay una mesa preparada para dos bajo el porche decorado con pequeñas lucecitas.
—Oh, es precioso.
—¿A que sí? Se me dan bien estas cosas —admite antes de preguntar—: ¿Qué quieres tomar?
—Una cerveza estaría bien.
—Oh, vamos. Hoy no estamos en el pub . ¿Quieres una copa de vino? Tengo un rioja de primera.
Me encojo de hombros y pienso: «¿Por qué no?». Gonzalo entra en la casa y a los dos minutos sale con una botella sin etiqueta.
Lo miro extrañada.
—Este vino es artesano, lo elabora mi padre y es una verdadera delicia, de verdad…
—No será de esos vinos que se hacen con los pies, ¿no?
—Oh, no. Nada de eso.
Gonzalo me llena la copa y luego hace lo mismo con la suya, que seguidamente alza para hacer un brindis.
—Por ti, preciosa —dice mientras me guiña un ojo.
—Y por ti, guapetón —respondo con sorna.
Ambos damos un sorbo a nuestras correspondientes copas y compruebo que el vino artesano del padre de Gonzalo es muy diferente al rioja al que yo estoy acostumbrada. Un momento, ¿pero no había dicho que era un rioja?
Estoy a punto de preguntárselo, sin embargo, me muerdo la lengua. Gonzalo no parece catalán y puede que su padre sea de La Rioja.
Quizá sea como todo, lo artesano siempre es diferente y suele ser más bueno, aunque, en este caso, parece que es lo contrario. Este vino es muy denso y tiene un sabor que me es familiar y no por agradable precisamente.
De súbito, el sonido de una alarma me hace dar un respingo. Es el móvil de Gonzalo.
—Ya está el asado. Enseguida cenaremos.
Gonzalo se aleja hacia la cocina a paso enérgico y vuelve minutos después con un delantal y una bandeja entre las manos que protege con manoplas. También lleva un paño doblado sobre el hombro.
Me sirve un trozo de carne con salsa en mi plato y espero a que él tenga el suyo también antes de empezar a cenar. Confieso que estoy famélica y el olorcito de la salsa me atrae como la miel a las moscas.
Cuando él se deshace del delantal y el trapo, se sienta frente a mí y ambos comenzamos a comer.
Pruebo la carne; es una verdadera delicia.
—Madre mía, esto es un pecado. Qué bueno está. ¿Qué es?
—Ah… Secreto del chef.
—No, en serio, dime qué es. Jamás había probado una carne tan buena.
—Es solo una pieza gourmet . Tengo un amigo carnicero que me guarda los mejores cortes.
—¿Es cerdo?
—Sí, cerdo autóctono.
—¿De la provincia?
—Te sorprendería la cantidad de carne espectacular que hay a dos pasos de casa. Nos empeñamos en el cerdo ibérico, pero el que tenemos aquí es una verdadera delicia, como has podido comprobar.
Me encojo de hombros. Estoy tan acostumbrada a las bandejas de carne del súper que esto es demasiado para mí. Creo que podría acostumbrarme a este tipo de carne demasiado pronto y me recuerdo a mí misma que dentro de poco volveré a la comida insulsa y a los fideos rápidos e insalubres precocinados.
Gonzalo cierra los ojos cada vez que mastica un trozo de su carne. Es como si se excitara con cada bocado. Está buenísimo el asado, como he dicho, aunque yo no soy tan expresiva, la verdad.
—Es una verdadera maravilla, la carne, la sangre…
—La sangre —repito y suelto una risilla tonta.
—El vino es la sangre de Cristo, ¿cierto?
—Uy, yo no soy religiosa, pero creo recordar que eso decían en la iglesia de mi barrio.
—Este vino y esta carne no tienen precio, te aseguro que pocas veces me doy semejante festín. Hoy necesitaba compartirlo contigo.
Gonzalo se levanta y toma mi mano. Tira de ella para que yo haga lo mismo, aunque no he terminado de comer. Por un momento, estoy tentada a decírselo, pero creo que, si lo hago, rompería la magia y eso es algo que no quiero.
Me lleva a su habitación, a conjunto con toda la casa, impersonal y fría. Hay una cama muy grande, cubierta por un nórdico blanco, como casi toda la decoración.
—Túmbate ahí.
Hago lo propio, y él comienza a desabotonar cada uno de los botones de mi blusa. Luego sonríe con malicia y saca del bolsillo de su pantalón una navaja.
—Joder —digo aterrorizada.
—Shhh… Silencio, no te preocupes, no voy a hacerte daño.
—Esas palabras no son tranquilizadoras precisamente —balbuceo.
Gonzalo acaricia la afilada punta de la navaja y pregunta:
—¿Confías en mí?
La lujuria arde en su mirada, y asiento como un corderito antes de ir al matadero.
De súbito, corta la pieza que une las dos copas de mi caro sujetador de encaje y mis pechos quedan al descubierto.
Aunque la situación podría parecer aterradora, yo estoy muy excitada y tengo unas ganas locas de que este hombre haga lo mismo con mi tanga.
Él parece leerme el pensamiento y desabrocha el primer botón de mi pantalón vaquero para luego abrir la cremallera y deshacerse de este con maestría.
Cuando solo llevo un tanga y me ha quitado los calcetines, huele uno de mis pies y yo me quiero morir. Pero me doy cuenta de que a él parece gustarle mi olor, estaba preocupada porque le echara para atrás, que un pie es siempre un pie y no huelen precisamente bien.
Gonzalo desliza la hoja plana de la navaja con suavidad por mi pierna hasta llegar a mi muslo.
Lo ha hecho con tanta suavidad que he sentido cosquillas, en contraposición con el temor a que me cortara sin querer continuamente.
No ha ocurrido. Creo que me puedo fiar de este hombre.
Ahora solo quiero que corte mi tanga y quiero que lo haga ya.
Abro los ojos y lo veo mirándome como si fuera lo que más desea sobre la tierra. De una cuchillada certera, cumple mi deseo.