El silencio de la escritora Capítulo 18
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Capítulo 18

Laura

F uriosa de nuevo, busco a Candela, mas no la hallo por ninguna parte.

En el salón, el pequeño caniche mueve la cola. No soy muy dada a los perros, así que lo ignoro y él gime, sintiéndose desatendido.

Es ahí cuando los recuerdos me abordan y evoco una fatídica noche.

Los ladridos me despiertan, es él y ha vuelto. Salgo de la cama y corro hasta el comedor, abro la puerta que da a la minúscula terraza. Ahí está, abajo, ladrando, mi perro de siete razas y ninguna conocida.

Trato de salir de casa para ir a buscarlo; estoy encerrada con llave.

Voy a la habitación de mis padres; no están.

Mi hermana tampoco duerme en la suya. Busco las llaves en el mueble color vino del recibidor, pero no las encuentro.

Solo se me ocurre una cosa: llamar a la vecina. Sé su número de memoria porque es muy fácil.

Le digo que mi perro se escapó ayer y ha vuelto, que mis padres no están y me han cerrado con llave. Necesito que me abra la puerta para coger a mi perro, que no deja de ladrar y gimotear en la acera.

Segundos después, ella, que tiene una llave de repuesto de mi casa, abre con cara de sueño y bata de estar por casa. Salgo como una exhalación y bajo las escaleras más rápido aún.

Dejo entrar a mi perro. Está sucio y cansado, aunque tan contento de verme…

Al día siguiente, mi padre me despierta. Tiene que llevarme a casa de mi tía porque mi hermana está ingresada. Le pregunto por el perro. ¿Qué pasará con él al final?

Me responde que esté tranquila, que lo llevarán a sacrificar. Pero yo no me quedo tranquila. No quiero que lo sacrifiquen, sin embargo, el veterinario fue claro: su vida será un infierno de no hacerlo.

Es injusto, es mi perro. Lo quiero.

El día antes no se escapó. Eso fue una mentira piadosa para tapar lo que habían hecho mis padres. Abandonarlo para no pagar para sacrificarlo. Era caro y no tenían dinero.

Los odié por ello, por lanzar a mi perro por el muro de contención del río. Aunque yo sabía que volvería, creía que podría convencerlos de que se quedara con nosotros. Fue imposible, debía ser sacrificado, sacrificado, sacrificado…

Algo más de dos semanas estuvo mi hermana en el hospital y al final todo quedó en un susto.

Tenía un bulto extraño en el cuello, un bulto que resultó ser la propia forma de su tráquea, o algo así.

Ahora estoy otra vez en mi casa, pero mi perro no está.

Lo sacrificó el veterinario. Lloro su ausencia, hago un dibujo de él en mi diario y le escribo una carta, para que me escuche desde el cielo de los perros.

Creo que nunca lo hace, y lo sé de la peor manera, cuando voy al antiguo quiosco y el maldito innombrable que lo atiende me pregunta por el perro, yo le explico lo ocurrido y él me dice que deje de mentir, que vieron a mi padre en el muelle atándole una cuerda al cuello con una piedra en el otro extremo y tirándolo al agua.

El corazón prácticamente se me para. Las piernas me flaquean. Las lágrimas brotan mientras digo en un grito: ¡Eso es mentira!

Salgo del quiosco, corro hacia mi casa, subo y grito, grito muy fuerte. Pregunto. La respuesta es una cabeza gacha y una mirada huidiza. Solo tengo once años y me han roto el corazón.

La voz de Hakim me saca de mi horrible recuerdo de la niñez, posiblemente el más tétrico, el que más me ha marcado. Estoy llorando a lágrima viva y el mayordomo, al percatarse, me abraza.

—Tranquila, tranquila… —susurra mientras me da un pequeño beso en el cabello.

Me sorprende, pero en este momento necesito esto más que cualquier otra cosa.

—¿Qué ocurre? —pregunta tras separarse de mí con suavidad.

—Nada. Quizá sea el día, que está tristón, me ha hecho toparme con los fantasmas del pasado.

—A veces va bien encontrárselos de cara, hacerles frente.

—No, si te arañan el corazón.

—Tú eres fuerte, Laura —responde con sus ojos de ciencia ficción clavados en los míos de andar por casa.

—Gracias… —digo con sinceridad.

—No hay de qué.

—Oye… ¿Sabes dónde está Candela?

—Está fuera, hablando por teléfono. ¿Necesitabas algo?

—Mi portátil, no está en el despacho y estoy segura de que lo dejé allí.

—Está en tu habitación. Yo mismo lo vi allí hace un rato, cuando le llevé a Candela un café y aproveché para quitar el polvo en tu cuarto.

—No, no está. He ido expresamente al despacho porque es ahí donde lo dejé.

Hakim se encoge de hombros.

—Ve a la habitación, está ahí, encima del escritorio.

Obedezco a pies juntillas y, segundos después, entro en mi habitación. Cierro los ojos cuando lo veo, tal y como ha dicho Hakim, sobre el escritorio.

En la tapa no hay señal de las múltiples notas, tampoco en el suelo del despacho ni sobre el escritorio de este las había. ¿Me estaré volviendo loca?

Empiezo a pensar que sí, que esta casa, su dueña y el trabajo que estoy haciendo para ella me están pasando factura.