El silencio de la escritora Capítulo 17
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Capítulo 17

E l curso comenzó con una Vero despampanante recorriendo los pasillos ante la admiración de todos los que se encontraba a su paso.

Daba la sensación de flotar a cámara lenta. A su lado caminaba Marina, que quedaba opacada por la belleza de la morena de ojos enormes que la acompañaba.

El verano había sido un cúmulo de aventuras nuevas para Vero, que incluso había tenido sus primeros besos con un par de chicos. Ya no era la chica apocada que todos conocían, sino una leona de garras plateadas que todos querían frecuentar.

Incluso Daniel, que siempre se había metido con Vero y había sido el matón número uno en su lista, cambió de parecer e intentaba en vano acercarse a la nueva chica más popular del instituto.

Al principio, Marina se sentía orgullosa de su trabajo, de haber convertido a un sapo en princesa, como ella decía. Pero con el paso de las semanas, y al ver que su creación amenazaba con opacarla del todo, empezó a sentir una creciente antipatía por Vero.

La relación se tensaba por momentos, y Marina prefería a la chica tierna y algo friki que, en teoría, la tenía que ayudar con sus asignaturas para pagarle el gran favor que le había hecho.

Algo le decía que no lo haría, que la deuda quedaría pendiente para siempre, pues a Vero no se la veía por la labor de pasarse las tardes en casa enseñándole cómo colocar las comas correctamente.

Necesitaba que Vero la ayudara con eso, tenía un serio problema con la ortografía y también con sus escritos.

Aunque no se lo decía a nadie, su sueño era ser escritora de éxito.

Sí, no solo quería escribir libros, sino ser famosa, tener una cola enorme de personas para firmarles su ejemplar, salir en televisión, etc.

El problema…; su profesor, quien le había dicho que no tenía talento, que sus escritos tenían menos alma que un berberecho. Y eso le dolía.

Vero era otra historia. Aquel profesor la adoraba. Don Servando, como le llamaban, estaba a punto de jubilarse y era de la vieja escuela. Era fan incondicional de El Quijote y un adorador de la lengua castellana.

Le encantaban los libros y animaba a todos sus alumnos a escribir. Vero era la mejor con diferencia y eso a Marina le hacía sentir ganas de estrangularla.

Una tarde, cuando llevaban poco más de un mes del último curso de la ESO, Marina le envió un mensaje al móvil a Vero para que fuera a su casa a ayudarla.

Esta le respondió que si podía ir ella a la suya, pues tenía que cuidar de su hermana pequeña, quien tenía un poco de fiebre, mientras sus padres trabajaban.

Marina, que no había pisado todavía la casa de su amiga, acudió con ganas de cobrarse todos los favores y una gran curiosidad por saber dónde vivía la nueva sensación del instituto.

Pronto comprobó que su cómodo adosado no tenía nada que ver con el piso minúsculo donde vivía su amiga.

Todo estaba muy limpio y daba la sensación de ser muy confortable, a diferencia de la casa de sus padres adoptivos, donde siempre se respiraba un aire extraño de frialdad.

La habitación de Vero era modesta; la compartía con su hermana, cuatro años menor que ella.

—Enana, ve al comedor; Marina y yo tenemos que estudiar aquí.

—Jooo, la mama se enfadará, ha dicho que me quede en la cama.

—No lo hará si no se lo decimos, ¿no crees?

—Vale. Pero no os sentéis en mi cama.

—Lo que tú digas —zanjó Vero cerrándole la puerta en las narices a su hermana, que acababa de salir de la estancia con una manta a rastras.

Cuando ambas se quedaron a solas, Marina recorrió la habitación con la mirada.

—No está mal tu cuarto…

—Es una caca, no hace falta que finjas.

—Bueno, he dormido en sitios peores.

Vero apretó las mandíbulas. Marina había pasado sus primeros años de vida en un orfanato, así que no siempre había vivido como lo hacía a sus quince años.

Pasaron la tarde entre risas; los deberes quedaron aparcados, era mucho más divertido hablar por el Messenger con Daniel, haciéndose pasar por una mujer de pechos muy grandes con ganas de irse a la cama con un jovencito.

—¿Tú crees que sabrá que somos nosotras? —indagó Vero.

—Ni de coña. Ese estará pajeándose delante del ordenador mientras lee a trompicones las gilipolleces que le hemos escrito.

—Nos hemos pasado un huevo.

—Bueno, que se joda. Eso le pasa por imbécil.

De pronto, la voz de la madre de Vero se escuchó en la casa, y ella le pidió a Marina que esperara un momento.

Salió de la habitación, y Marina se quedó sola.

Esta, algo inquieta, curioseó, miró los cuadernos que había apilados en el escritorio. Abrió los ojos con sorpresa cuando descubrió qué eran.