El silencio de la escritora Capítulo 16
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Capítulo 16

Laura

D espierto tras un susto enorme por soñar algo que se borra de mis recuerdos de inmediato. Por suerte.

Encuentro a Candela de pie, con los brazos cruzados, mirándome.

—¿Qué haces aquí? —inquiero.

—Asegurarme de que no haces ninguna tontería.

—¿Y por eso te cuelas en mi habitación? ¿Para vigilarme?

—Si quieres verlo así…, yo no puedo hacer nada por convencerte de lo contrario. Créeme cuando te digo que me preocupas. Pensé que eras diferente, más fuerte, pero veo que no vas a poder llevar a cabo una colaboración entre las dos.

—No es una colaboración, Candela —digo mientras me siento en la cama y busco mis zapatillas en el suelo.

—Tú escribes y yo edito lo que creo conveniente. Así lo han hecho grandes escritores durante la historia.

—Esos escritores no amaban su oficio, si lo hubieran hecho, jamás dejarían que nadie tocara sus obras.

—El toque final siempre lo daré yo, no se publicará nada sin mi completa supervisión.

—¿Estás segura? Porque yo he vuelto a pegar los trozos originales, sin los cambios que hiciste; siento decirte que no estaban a la altura de una autora de éxito como tú.

—Uy, noto cierto deje de inquina y prepotencia en tus palabras. Mira, sé que es frustrante llevar años escribiendo y no tener el reconocimiento que crees que te mereces, pero yo no tengo la culpa.

»Soy una marca, además de una autora. Todo lo que publico se convierte en best seller sin apenas esfuerzo.

—Claro, el esfuerzo lo hace otra persona. Tú solo recoges los frutos de los árboles que no plantaste.

—No te olvides de que la semilla es mía. La idea principal. Tú misma te has dado cuenta de que es buena, mucho más buena que la de tus libros publicados, ¿cierto?

Aprieto las mandíbulas, no quiero reconocer que sí, que su idea es cojonuda y que ha activado en mi interior una chispa creativa brutal. Pero la historia, sus personajes, todo lo que he creado en esas páginas es mío.

—Sigo sin poder entender que una autora no escriba sus propios libros.

—Eso pasa con el arte en general. En la música, en el diseño de moda…

y en la literatura tenemos ejemplos probados de ello.

El conde de Montecristo , una obra maestra de la literatura decimonónica, fue en gran parte escrita por Auguste Maquet, el negro literario más famoso.

Llevó a Alexandre Dumas padre a juicio, sin embargo, jamás pudo poner su nombre en las novelas en las que había colaborado con él.

»Auguste Maquet se dio cuenta de que todo lo que tocaba Dumas se convertía en oro. No tenía fama, pero estaba bien pagado. Era Dumas quien ponía la guinda al pastel, quien aportaba su chispa…, su toque.

»Por ello, deberías estar agradecida por esta oportunidad. Como te dije, yo puedo hacer que tus propios escritos suban como la espuma con solo chasquear los dedos.

Aprieto los puños. Si he de aguantar sus desvaríos, no merece la pena.

—De acuerdo, me has convencido. Tú eres la reina y yo solo un peón, así que seguiré escribiendo, terminaré la novela y brillará en los estantes de las librerías con tu nombre. Sin embargo, tengo mis condiciones y no son negociables.

—Tú dirás. Aunque, si me vas a pedir más dinero, tendrás que hablar con mi agente.

—No es eso.

—¿Entonces?

—No quiero ver el archivo editado. Yo escribiré, pero no me pidas que le eche un vistazo a la versión final.

—No hay problema. Además, tengo un archivo con todos los cambios que he ido aplicando.

Abro los ojos, sorprendida.

—¿Pensabas que no me daría cuenta? —inquiere negando con la cabeza.

—Bien. Y otra cosa, no quiero volver a ver mi ordenador plagado de notas pegadas en la tapa. Si quieres decirme algo, hazlo de tú a tú.

—¿Notas? ¿A qué te refieres? —El móvil de Candela suena y ella me hace un gesto antes de atenderlo—. Hola, Gonzalo… —dice y sale de la habitación, mientras hace rodar su dedo índice para indicarme que seguiremos hablando más tarde.

Me muerdo el labio inferior y a punto estoy de hacerme sangre.

He de despejar mi mente. Es más, se me ha quedado en el tintero decirle que no vuelva a encerrarme en su puñetera vida, además de aclarar lo de las dichosas notas. Muy oportuno este Gonzalo.

De nuevo, la imagen de este desnudo sobre mí me hace sentir un cosquilleo extraño en el bajo vientre.

Creo que él debe de estar enfadado conmigo por lo que le dije, pero no era para menos, se merecía unas palabras bien dichas. Para más inri, acababa de despertarme de una noche de juerga máxima con resaca. Era el equivalente a un ogro. No tengo muy buen despertar que digamos.

Pienso en llamarlo para disculparme, sin embargo, descarto de inmediato la idea.

Salgo de la habitación y me dirijo al despacho de Candela. El biombo está puesto de tal forma que no se ve mi maltrecho escritorio. Lo retiro con cuidado y aparto la silla. Mi sorpresa es mayúscula cuando veo que mi portátil no está donde lo dejé.