Capítulo 15
Laura
E stoy en mi habitación. Eran más de las ocho de la mañana cuando llegué, la casa estaba en calma. Algo bastante extraño teniendo en cuenta lo riguroso de los horarios del personal de servicio.
Me duele la cabeza y tengo el estómago algo revuelto. Siento un ligero temblor en el cuerpo, que está como destemplado. Necesito más horas de sueño, pero he de trabajar.
Un ligero tufillo me hace recordar que tengo que pasar por la ducha, y así lo hago.
El agua caliente me reconforta, aunque mi mente no para de intentar recordar lo que ocurrió anoche. Tengo claro lo básico, que Gonzalo me dio una pastilla que acepté sin remilgos y acabé por acostarme con él.
¿Lo deseaba? Sí, y he de decir que recuerdo un sexo increíble, no sé si por el efecto de la droga o por el tiempo que llevaba sin practicarlo.
Me divertí y no lo puedo negar. Eso no quita que me sienta mal, muy mal, por haberme pasado la noche retozando con un padre irresponsable y alejándolo así de su pequeño.
Bajo a la cocina y cojo un poco de fruta de la nevera. Como despacio, sin muchas ganas, sin embargo, la fruta me sienta bien.
Petra entra en la cocina de pronto. Lleva un balde con ropa recién lavada. Señal inequívoca de que, además de cocinar, se ocupa de diferentes tareas en la casa, como lavar la ropa.
—Hola, niña. ¿Qué te ha pasado? Menuda resaca me llevas.
Cierro los ojos y sonrío. Pensé que podría disimularlo, pero no. Menos mal que no está Candela.
—Anoche salí un rato.
—Sí, se te nota. Yo hace tanto tiempo que no me pego una fiesta… Te juro que, a estas alturas, de mi casa no me sacan ni los GEO.
»Donde esté un buen sofá y un marido cojín, que se quite toda la fiesta del mundo.
—No sabía que estuvieras casada.
—Sí, mujer. Hace ya años que me casé con mi Paco. Por cierto…, y hablando de hombres, que me ha dicho un pajarito que estás muy pegadita al Gonzalito.
Trago saliva.
—Solo somos amigos —digo en un intento de esconder mi noche de sexo desenfrenado con él.
—Amigos… Conmigo no hace falta que disimules, tanto me da lo que hagas con tu vida. Gonzalo es algo golfo, eso sí.
—¿Y? —pregunto molesta.
—No te enfades, mujer, si yo te lo digo por tu bien. Que está muy bueno y eso no se puede negar, pero es para un ratito, ya me entiendes. Jamás sería bueno como marido cojín.
—Te aseguro que no busco marido y mucho menos quiero uno que se pase el día, con el mando a distancia, sentado en el sofá.
—Bueno, yo tampoco querría uno que tomara drogas y fuera de fiesta en fiesta…
Petra sale de la estancia y se dirige al patio trasero, donde hay un tendedero.
Me termino la fruta y abandono la cocina, ya he tenido bastante conversación para todo el día.
Subo a mi habitación para coger el portátil. Una vez en el despacho, lo enciendo y, de inmediato, me llega un aviso de que tengo un nuevo correo electrónico de Candela.
Lo siento, Lau, no he podido leer lo que has escrito. Hoy sin falta me pongo a ello.
Le contesto diciéndole que no pasa nada —mejor para mí que no lo haya hecho— y le pregunto por su hijo. Ella no me responde, así que abro el archivo del proyecto de novela y releo lo que escribí ayer. Las ideas empiezan a bullir en mi cabeza y comienzo a teclear de modo enérgico.
Son las tres de la tarde cuando decido descansar. Al no estar Candela, en esta casa no hay horarios.
La cocina está solitaria, y veo una nota de Petra: ha dejado canelones hechos, están en la nevera.
Me encantan los canelones, aunque creo que ahora mismo estoy para sopitas; mi estómago sigue algo tocado. En cambio, mis tripas rugen, así que me caliento una ración.
He de decir que me sientan de vicio y me proporcionan fuerzas para seguir con mi trabajo.
Creo que, de seguir así, esta noche alcanzaré mi objetivo, las cincuenta mil palabras, cifra con la que ya se podrá considerar que tengo una novela.
No pensé que lo conseguiría tan pronto, parece mentira que pueda ser capaz de alcanzar semejantes niveles de producción con el resacón que llevo.
A las nueve de la noche, consigo mi objetivo, sin embargo, ya no soy persona y lo único que quiero y necesito es dormir. Así que apago el portátil, bajo la tapa y me voy a mi habitación. Mañana volverá Candela y, con ella, el desasosiego.
Al día siguiente, tras ducharme y desayunar, me dirijo al despacho. Al entrar, siento que algo no va bien, pronto comprendo que mi intuición no falla.
La tapa de mi portátil está de nuevo llena de notas ofensivas.
«Eres patética, la peor escritora que conozco»; «Menudo truño has escrito, da asco»; «Deja en paz a mi hombre, zorra», etc.
—Ay Dios… —susurro.
Me creo todos y cada uno de los insultos de Candela; ahora mismo me siento un fracaso como escritora. Sin embargo, no puedo evitar que la rabia invada mi pecho con fuerza y, de nuevo, rompo los pósits: los hago trizas.
Las lágrimas no tardan en brotar, y mi boca se lanza a maldecir. Espero que, en esta ocasión, Candela no se haga la loca y admita que ha escrito todas estas notas.
Salgo de la habitación como una exhalación mientras llamo a gritos a mi jefa. Que, obviamente, debió de llegar durante la noche o demasiado temprano para que la oyera.
Escucho su voz, está en el salón. Entro y la encuentro con su caniche sobre el regazo; tiene un collar isabelino.
—¿Qué ocurre, Lau?
—No sé, Candela, ¿dímelo tú?
—¿Qué tendría que decirte? ¿No te han gustado mis comentarios?
—Pues fíjate que no. No sé cómo se puede ser tan malvada, retorcida y asquerosa… Sí, asquerosa.
—Oye, pensé que quedaron claras las condiciones del contrato. El libro es mío, así que voy a editar y a cambiar cuanto me convenga.
—Me parece muy bien, si quieres destrozar mi manuscrito con tus escritos planos e insulsos, allá tú, pero de ahí a tener que aguantar insultos y vejaciones hay un trecho.
—¿Insultos? ¿Vejaciones? Además, ¿desde cuándo es tu manuscrito?
—Desde que he sido yo y no tú quien lo ha escrito…
—Hay un contrato. ¿Eres consciente de lo que implicaría el incumplimiento?
—Me da igual, asumiré todas las consecuencias, pero no pienso permitir que vuelvas a poner tus manazas en mi novela.
—Mira, será mejor que te tomes un respiro. Me ha dicho Hakim que te has pasado todo el tiempo escribiendo sin parar, y eso es… peligroso.
»Así que descansa, solo así seguiremos hablando.
Candela llama a Hakim, y este aparece en la sala de inmediato.
—Acompaña a Laura a su habitación, necesita descansar. Y dile a Petra que le prepare una infusión. Está muy nerviosa.
—Yo no estoy nerviosa, solo indignada —suelto con el mentón alzado.
Hakim clava sus ojos en mí y asiente con la cabeza antes de decir: «Vamos».
Un corderito sería menos obediente que yo.
No sé qué tiene la mirada de Hakim, que me transmite calma de inmediato.
Así que lo obedezco y, poco después, entro en mi habitación.
Me tiendo en la cama; estoy tan cansada que cualquiera diría que no he dormido nada.
Soltar la rabia con Candela ha sido agotador.
Hakim me dice que vuelve en unos minutos, y así lo hace, con una taza humeante. Espero un poco a que se enfríe, antes de beberme la infusión… No sé de qué planta es, solo sé que me hace caer en un estado total de sopor y somnolencia. Me dejo llevar.
—Tranquila, descansa… —susurra Hakim antes de alejarse de mí.
Lo último que escucho es el sonido de la llave. ¿Me ha encerrado?