Capítulo 14
Laura
E s cerca de la una de la madrugada y no puedo dormir. He pasado casi todo el día escribiendo. La novela está muy adelantada, y creo que pronto llegaré a las cincuenta mil palabras.
Siento los personajes muy vivos, y la trama es una verdadera pasada. Precisamente, no puedo dormir porque no dejo de darle vueltas a cómo voy a seguir.
Mi mente va muy rápido y no soy capaz de relajarme. Por ello, decido salir de mi habitación y bajar a la cocina. Hallo la puerta cerrada y la abro con cuidado. Sentado en un taburete, y con los codos apoyados en la isla, encuentro a Hakim.
Lo saludo y él me devuelve una mirada vidriosa.
—¿Qué te ocurre? —indago mientras me acerco a él.
Lleva una camiseta gris ajustada al torso y unos pantalones de chándal negros. No puedo evitar mirar sus brazos marcados y bronceados.
—No es nada. Noticias de mi país.
—¿Marruecos?
—Sí —dice con una sonrisa tensa.
—Si quieres, puedes contármelo. A veces va bien desahogarse…
—No sería apropiado.
—¿Por qué? No me salgas con alguna historia religiosa ahora, ¿eh?
—Oh, no. No tiene nada que ver con eso. ¿Se puede saber por qué los españoles os pensáis que todo lo que hacemos los marroquís es por nuestra religión?
—Ufff, desconocimiento, quizá. Vosotros también pensáis que todo cuanto hacemos o decimos es racista.
—Creo que será mejor que me vaya a dormir —anuncia Hakim, mientras se levanta del taburete.
Lo agarro del antebrazo y mi mirada se cruza con la suya. Me pierdo en sus ojos pardos.
—Lo siento, no quería ofenderte. Será mejor que no hablemos de gilipolleces y prejuicios.
—Sí, puede que sea mejor dejar ciertos temas a un lado —responde mientras se sienta de nuevo.
—Verás…, no puedo dormir. Me he pasado el día escribiendo y mi cabeza se niega a detenerse; continúa tejiendo tramas, diálogos… Un verdadero caos —digo con el fin de romper el hielo.
Hakim sonríe levemente. Creo que es la primera vez que veo en su rostro un atisbo de sonrisa. Ya podría hacerlo más, está verdaderamente guapo.
—Es difícil dormir en esta casa.
—¿Por qué?
—Es vieja, fantasmagórica.
—A mí me parece preciosa.
—Cruje; es fría y siniestra.
—Creo que tenemos diferentes puntos de vista también en esto. Aunque ya sabes lo que dicen de los polos opuestos…
Hakim me mira de soslayo.
—Es tarde —suelta cortante—. Me iré a dormir. Mañana tengo mucho trabajo. Tú deberías hacer lo mismo.
El joven mayordomo se levanta y sale de la cocina, dejándome abrumada por mi incontinencia verbal.
«¿A qué venía eso de los polos opuestos…? Madre mía, estoy fatal», pienso.
Me hago una manzanilla y decido ser más comedida de ahora en adelante. Un hombre acaba de huir de mí como de la peste.
Saco mi móvil del bolsillo central de la vieja sudadera que me he puesto para bajar aquí. Tengo un wasap de Gonzalo. Entrecierro los ojos y abro el chat.
¿Qué haces?
Lo ha enviado hace media hora y no sé si contestarle. Dudo unos segundos, hasta que pienso: «a la mierda», y lo hago.
No puedo dormir. Esta casa cruje.
Suelto con el fin de emular a Hakim, yo ni me había dado cuenta de que lo hiciera. Además, no sé qué decirle.
He llegado hace un par de horas de Madrid, te paso a buscar, conozco un sitio que te va a encantar.
Me echo hacia atrás el cabello. No creo que sea buena idea. La advertencia de Candela todavía resuena en mi mente; además, este hombre tendría que estar al lado de su hijo y, en lugar de ello, está proponiéndome una cita clandestina totalmente fuera de lugar.
No pienses cosas raras. Soy un buen chico.
Sí, claro, él es un buen chico, pero yo no soy muy de fiar; llevo meses sin sexo y Gonzalo es una tentación demasiado tentadora, valga la redundancia.
Estoy fuera, esperándote.
Esto empieza a rozar lo perturbador. Lo peor de todo es que mi interior está gritándome: «Ve, desgraciada, para una vez que un hombre escultural se fija en ti… Ya has visto al mayordomo, huye de ti, sin embargo, este… Aprovecha, joder».
Ahora salgo. Diez minutos.
Nada más escribirlo, me arrepiento y estoy a punto de borrarlo, de hecho, intento hacerlo. Pero algo ocurre, algo extraño, mi dedo se va al botón de enviar. Mentira, yo misma lo pongo ahí con una sonrisa ladina, solo me falta relamerme. Lo envío.
Recibido.
Leído…
Gonzalo está escribiendo.
Aquí te espero.
✽✽✽
Estoy bailando. Las luces azules de la discoteca acarician mi piel. El alcohol recorre mis venas; el alcohol y algo más. Una pastilla que Gonzalo me ha dado.
Nunca había probado el éxtasis, hasta hace un rato.
Gonzalo me esperaba con su impresionante deportivo, tenía las luces del vehículo apagadas y me costó un poco localizarlo. Fue su sonrisa de anuncio de dentífrico lo que lo delató.
Yo me había puesto unos vaqueros y una camiseta básica. Lo completé con unas deportivas tipo Converse sin marca visible por ninguna parte. Incómodas pero resultonas.
El pelo me lo dejé suelto y abandoné en la mesa de noche mis gafas progresivas.
Mi cita clandestina me dijo que estaba espectacular. Yo no lo veía así, aunque me subió la autoestima.
Luego vinimos aquí, a una discoteca a cincuenta kilómetros de la casa de Candela, aproximadamente.
Ya es sábado, aunque soy de esas personas que alargan el día hasta que se levantan por la mañana. Por esa razón, para mí es noche de viernes hasta que se demuestre lo contrario.
Gonzalo trae dos cubatas y bebemos, reímos, nos abrazamos. Los cubatas se caen al suelo y pedimos otros. Estoy subida sobre su espalda, a caballito. Este tío sabe divertirse, y yo también.
La noche transcurre como un cúmulo de imágenes sin nexo.
Todas excesivas, divertidas. Hasta el momento en el que estoy en una cama bocarriba, y Gonzalo se quita su camisa negra para dejarme ver unos pectorales alucinantes, unos brazos tatuados y unos labios realmente apetecibles.
Me besa, lo beso. Me dejo embriagar por su cuerpo, por nuestra desnudez, por el sexo más increíble que he tenido en toda mi vida.
Me despierto cuando la luz de la mañana me ciega. Todo indica que me encuentro en una habitación de hotel, y Gonzalo duerme plácidamente a mi lado.
—Dios, ¿qué he hecho? —mascullo llevándome ambas manos al rostro.
Gonzalo se despereza y me observa.
—Joder… —dice y cierra los ojos.
Creo que encontrarme en su cama no le ha hecho ni pizca de gracia.
—Sí, joder es lo que hemos hecho —digo mientras me levanto de la cama envuelta en una sábana cual canelón y busco mi ropa con desesperación.
—Pero si estuvo genial, ¿no te lo parece?
—Lo que me parece es que tu ex me matará si se entera.
—Candela no tiene nada que decir. Yo puedo follar con quién quiera, faltaría más —dice molesto.
—Se supone que operaban a tu hijo ayer. No deberías estar aquí, y yo tampoco.
—¿Qué?
—Eres un pésimo padre, que lo sepas.
—¿A qué viene esto ahora? ¿Estás loca?
—Sí, posiblemente sea una loca peligrosa, así que llévame a casa de tu ex de inmediato. Todo esto ha sido un error.
—Como la señorita quiera —sentencia y se levanta como su madre lo trajo al mundo; luego añade—: ¿Podré ducharme al menos?
Asiento con la cabeza y me llevo las manos a las sienes. Necesito una ducha, huelo a humanidad y a alcohol rancio, pero prefiero esperar a llegar a casa de Candela. No puedo hacerlo con ese hombre ahí dentro; temo abalanzarme sobre él de nuevo y sería un gran error, error que no se puede repetir.