El silencio de la escritora Capítulo 11
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Capítulo 11

Laura

T ras mi metida de pata, no me queda otro remedio que volver a la casa con las orejas gachas para enfrentarme a unos capítulos mancillados por una censora sin sentimiento en la pluma.

Estoy triste y no sé por qué, la verdad.

Me gusta tanto escribir que todos los proyectos los hago míos.

En todos me dejo la vida. Aunque en este en concreto no debería.

Candela me llama nada más escuchar mi voz, está en el salón, ni rastro de Gonzalo. Acudo sin muchas ganas.

—Hola, Lau. ¿Qué tal llevas la resaca?

—Ya mucho mejor; salir un rato me ha hecho bien.

—Ah, entiendo. Qué te iba a decir…, ¿viste los cambios?

—Sí…

—¿Y qué te han parecido? ¿A que ahora tiene mucha más fuerza la historia? Es impresionante lo que pueden hacer unos ligeros cambios.

«Lo que tú digas», pienso.

—Sí, claro, tiene más fuerza.

—Sabía que te gustarían. Tú y yo estamos en sintonía; nos compenetramos.

«Y una mierda», dice mi voz interior.

—Sí, claro, totalmente compenetradas.

—Genial…

—Pues nada, Candela. Voy a seguir…

—Muy bien.

Me doy media vuelta y me alejo unos pasos, pero ella me llama.

—Dime.

—Esto… Veo que has conocido a mi exmarido. Solo quiero avisarte de que tengas cuidado. Gonzalo es, cómo diría sin que suene excesivo, un depredador nato.

Enarco las cejas.

—No hay problema con eso. Solo ha sido amable y cordial conmigo —digo una verdad a medias, y sé que ella lo sabe.

—Gonzalo puede ser encantador, aunque tiene un lado oscuro. Espero que te tomes mis palabras como lo que son, un aviso.

—Por supuesto, pero repito que no habrá problema. No me interesa tu exmarido ni nadie en este momento.

—Perfecto.

—Perfecto. Hasta luego, Candela.

Salgo de la estancia rezando para que esta mujer no vuelva a llamarme y mucho menos por ese odioso diminutivo que odio a rabiar.

Entro en el despacho y me derrumbo en la silla de oficina. Levanto la tapa de mi portátil y espero a que se encienda. Abro el dichoso archivo compartido.

Trato de escribir; no puedo. Mi mente llora la pérdida de la pequeña semilla que había germinado tan bien. Ahora tengo un puñetero sinsentido entre mis manos.

Me paso la próxima media hora escribiendo y borrando, consigo completar una página de pura basura. No fluye.

Decido dejarlo y me traslado a mi habitación con el portátil, quizá allí se me dé mejor.

Varios intentos me hacen entender que no podré seguir adelante, aunque estuviera en el rincón más bonito del mundo.

Me quedo mirando la pantalla con el cursor parpadeando en el final de una preposición. No sé cuántos minutos llevo así, cuando mi móvil suena: es Gonzalo.

Atiendo la llamada.

—Hola, soy Laura —digo sin esperar a que él diga nada.

—¿Qué Laura?

—Trabajo con Candela.

—Ah, esa Laura. ¿Necesitabas algo?

—Sí, te llamé porque he de hablar contigo.

—Lamentablemente, estoy fuera un par de días. Pero dime, ¿de qué se trata?

—Bufff, es bastante complicado lo que te voy a decir. Resulta que Candela ha editado mi manuscrito —suelto sin pensar en la magnitud de mis palabras.

Me muerdo el labio al caer en la cuenta de la metida de pata.

—Entiendo —responde Gonzalo obviando que he llamado «mi manuscrito» al que se supone que es de Candela.

—No soy capaz de seguir adelante con la escritura. Ambas tenemos una forma de escribir muy distinta.

—Pues es simple, no lo hagas.

—Necesito el dinero —digo con sinceridad.

—No me has entendido. Escribe, claro, pero no continúes con ese archivo editado, hazlo con el que tú tenías antes de que Candela metiera mano.

No puedo ocultar mi sorpresa…

—Candela se enfadará si hago eso.

—Créeme, no se dará ni cuenta.

—¿Estás seguro?

—Segurísimo.

—Pero ahora el archivo es compartido y lo puede ver.

—Copia tu texto y pégalo en el archivo compartido. Te lo digo en serio.

Sonrío con malicia.

—Está bien, lo haré.

—Oye, Laura, tengo que dejarte, me llaman. ¿Te parece bien que tomemos un café cuando vuelva y me cuentas qué tal ha ido el trapicheo?

—Sí —digo con una risilla repelente.

Termino la llamada tras despedirme de Gonzalo macizo y me froto las manos. Creo que cambiaré macizo por maquiavélico. Me encanta.