Capítulo 12
Laura
R espiro hondo antes de pegar los capítulos que tengo preparados en el portapapeles en el archivo de Candela.
Le doy a pegar. Me muerdo el labio. Sin darle más vueltas, releo el último capítulo que escribí y las ideas fluyen de inmediato.
Piden paso en mis dedos para materializarse en pantalla. Dejo que ocurra la magia.
Me sorprendo muchísimo cuando me doy cuenta de que llevo más de tres mil palabras.
La felicidad me abruma; estoy muy arriba.
Pero mi dicha se esfuma cuando vuelvo de nuevo a recordarme para qué estoy aquí.
Aprieto los puños; posiblemente sea lo mejor que he escrito en toda mi vida y no saldrá publicado con mi nombre. Joder.
Un pensamiento fugaz cruza mi mente. Mi manuscrito, el que estoy editando, no tiene ni punto de comparación con esto.
Podría ir pegando un capítulo por día y escribiendo mientras tanto mi propio libro, porque lo que tengo delante es mío, solo he de cambiar el nombre de los personajes, total, si como dice Gonzalo, Candela no se va a dar ni cuenta, ¿qué más da?
Pego el contenido del manuscrito de Candela en un documento en blanco y copio varios capítulos, hasta llegar más o menos a lo que tengo escrito en el archivo compartido.
«Fueron meses de trabajo duro. No lo hagas, es tu manuscrito. No se lo regales a ella, no se lo merece».
Deshago los cambios y me quedo como estaba, con mis palabras alucinantes escritas para el libro de una falsa escritora sin talento.
Pero tampoco me parece justo.
Me arrepiento de haberle hecho caso a Gonzalo, debería haber dejado el fiasco de Candela como estaba y dedicarme a editar mi propia novela. Sí, eso debería haber hecho.
Tengo la cabeza hecha un lío y creo que debo alejarme del ordenador antes de que se me ocurra hacer alguna locura irremediable.
Durante la cena, hablo lo justo con Candela. Está como ausente. Yo me limito a degustar la sopa que ha preparado Petra sin apenas pronunciarme, hasta que ella lo hace.
—He de salir mañana a primera hora. Tengo que llevar a mi pequeño al médico. Tienen que intervenirlo.
—Ah, ¿sí? ¿Qué le ocurre?
—Nada importante. Aunque estaré en la ciudad un par de días, necesito estar cerca de él.
—Ya… entiendo.
—Mientras espero a que lo operen, intentaré entrar a revisar lo que has escrito hoy. No quiero que se me acumule, luego es más complicado.
—Ajá…
—En fin. Yo me iré a acostar, mañana me espera un largo día.
—Sí, descansa. Buenas noches, Candela. Y que no sea nada lo de tu niño.
Candela me mira con los ojos entrecerrados. Suspira y suelta la servilleta encima de la mesa en un gesto algo tosco. Luego se levanta y sale de la estancia sin decir nada más.
Yo me quedo sentada a la mesa sumida en mis pensamientos.
Un trueno rompe el silencio. Me abrazo a mí misma.
Cada día que pasa estoy más incómoda en esta casa.
Sin embargo, jamás me había sentido tan conectada con unas páginas escritas por mí, así que mi cabeza no deja de excretar ideas, conversaciones entre personajes, situaciones, giros…
Debería irme a la cama, descansar, al fin y al cabo, el día ha sido agotador. No puedo. Estoy inquieta, deseosa de seguir adelante con la escritura, y eso hago en mi cama, con el portátil, durante horas.
La tormenta es la banda sonora, la trama el equivalente al viento que sopla en el barco de mi mente. Mis dedos el motor que lo impulsan. Amo escribir, amo vivir de ello.
Me despierto al escuchar voces; no sé ni cuándo me quedé dormida. Es Candela, parece que habla con alguien por teléfono y discute. No sé qué hora debe de ser, por ello trato de alcanzar mi móvil para comprobarlo. Son las cinco y media de la mañana.
Pego la oreja a la pared y escucho con claridad que habla con Gonzalo, porque dice su nombre de vez en cuando.
Lo que más me llama la atención es el motivo de dicha llamada.
Resulta que el señor macizo no estará presente durante la operación del niño.
Es increíble el pasotismo de este hombre con respecto a su pequeño.
Al parecer, dice que tiene que quedarse en Madrid, se ve que es ahí donde está estos días, trabajando. Candela responde que es más importante la salud de su pequeño que el dichoso trabajo. Luego ella se enfada porque él, supuestamente, la ha llamado enferma mental. Madre mía, no entiendo nada.
Siento un fuerte golpe contra la pared y doy un respingo. Me llevo la mano al pecho mientras mi corazón late con fuerza. ¿Habrá descubierto Candela que escuchaba su conversación?
Espero de rodillas en la cama; aguanto la respiración. Un nuevo golpe me sorprende y el sonido de tacones que se alejan me confirma que Candela ha dado un portazo y ya se marcha.
Suelto el aire y siento un alivio enorme, no sé qué me pasa, pero cuando ella no está en casa, el aire es más respirable. Dejo el portátil en el escritorio y me meto en la cama otra vez. Escribí muchas horas durante la noche, creo que me he ganado un buen descanso.