Capítulo 10
Laura
M e despierto aturdida. La celebración con Candela se extendió hasta altas horas de la madrugada.
No recuerdo muy bien nada desde la tercera o cuarta copa de cava.
La verdad es que Candela es muy divertida, pero tengo que dejar de beber como una cosaca cuando a ella se le ocurre celebrar algo, pues no sé qué barbaridades puedo llegar a decir cuando estoy borracha como una cuba.
Tras ducharme y vestirme con ropa cómoda, bajo a la cocina; necesito café, aunque me siente como una patada en el estómago.
Petra me dice que está limpiando la cafetera y que suba al despacho, que ella misma me lo llevará.
Asiento sin rechistar; hoy estoy para que me mimen.
Paso por la habitación a recoger mi portátil y me dirijo al despacho. Las notas adhesivas que despegué de él y dejé en mi destartalado escritorio ya no están.
Empiezo a pensar que el síndrome del impostor me jugó una mala pasada y me lo imaginé todo.
Pero rápido descarto la idea, las notas eran tan reales como que una de ellas la rompí y un trocito quedó pegado a la tapa de mi PC.
Esa es la confirmación de que estoy muy cuerda y las notas fueron pura realidad.
Enciendo el ordenador y abro la aplicación del correo.
Candela me ha dicho que me ha pasado el archivo con el que debo continuar de ahora en adelante.
Es un documento de Word compartido con ella, así podrá entrar cuando quiera y comentar sobre la marcha.
Eso me hace sentirme observada, pues estoy acostumbrada a trabajar sola.
Nada más entrar, noto que algo no va bien. Primero de todo, Candela ha puesto su estrafalario título en letras grandes, y no solo eso, pues ha editado el documento; ha cambiado lo que no le parecía bien de mi texto.
Leo con desespero todo lo que llevaba escrito mientras no dejo de mirar que ahora ya no hay quince mil palabras, sino doce mil. Candela ha quitado párrafos enteros, ha cambiado expresiones, incluso ha incluido algún párrafo de su autoría.
«Esto es una colaboración, Laura, tienes que ser fuerte y comprender que este libro no es tuyo. ¿Qué más te da que Candela se haya cargado una historia que prometía?». Porque sí, se la ha cargado.
Hay párrafos que son para mear y no echar gota. Con una pluma plana, sin vida. No hay sentimiento, joder. Solo narra, solo escribe cual máquina. No me lo puedo creer.
Esto no es lo que yo he leído en sus novelas. Lo que me hace sospechar otra vez que no he sido la única «colaboradora» que ha tenido.
¿Qué se supone que tengo que hacer ahora?
Me muerdo el labio. Necesito hablar con alguien que pueda orientarme y creo saber quién puede hacerlo.
Salgo de la casa a la carrera, ante la estupefacción de Petra, que me traía el café y a la que casi arrollo. Me dirijo al cobertizo. Un hombre mayor que ya había visto por los alrededores y, según Gonzalo, es el jardinero, me pregunta qué quiero.
—Una bicicleta para ir al pueblo.
El hombre, de unos sesenta años, cabello blanco y barba poblada, entra en el cobertizo y me saca una bicicleta blanca clásica de paseo. Con su cestita y todo.
—Oh, muchas gracias —digo y le dedico una sonrisa.
El hombre no dice nada, pero me hace un gesto que podría significar que no hay de qué, al menos así lo interpreto.
—Hasta luego —me despido tras montarme en la bicicleta.
El jardinero alza el mentón. Me alejo con un pedaleo algo frenético, creo que no era una bicicleta de paseo lo que necesitaba hoy.
Llego a la cafetería bastante cansada. El camino en coche parece mucho más corto, la verdad.
Al entrar, miro hacia todas partes, aunque no localizo a Gonzalo. La verdad es que no sé por qué he pensado que podría encontrarlo aquí.
Feli me ve y se acerca a mí, sonriente.
—Hola, niña.
—Hola, Feli. ¿Por casualidad no sabrás dónde puedo encontrar a Gonzalo?
Feli me devuelve un gesto pícaro.
—Pues la verdad es que no. Aunque puedo darte su teléfono.
—¿En serio?
—En estos tiempos que corren, con eso de la Ley de Protección de Datos, la cosa está muy negra, pero yo soy de la vieja escuela.
—Oye, pues sí, dámelo.
—Espera un momento —dice mientras se encamina hacia detrás de la pequeña barra.
Me hace un gesto para que me acerque, tras poner sobre esta un cuaderno de tapas de cuero, que ha conocido tiempos infinitamente mejores.
Lo abre, es una agenda telefónica, hacía siglos que no veía una.
Localiza la pestaña de la G, que está a punto de deshacerse de tanto uso y el transcurso de los años; busca entre los contactos, escritos en diferentes bolígrafos, el que me interesa.
—Aquí está… Gonzalo macizo.
Entrecierro los ojos.
—¿Ese es su apellido?
—Oh, no, chiquilla. Es para saber quién es: tengo a Gonzalo tirillas, a Gonzalo borracho… Y como él es tan guapísimo, pues macizo.
Saco mi móvil y apunto su nombre, yo solo tengo un Gonzalo, pero me ha hecho tanta gracia Felipa con su original modo de apuntar los contactos que lo guardo exactamente de la misma forma que ella.
Le pido a Feli un té y me siento en una de las mesas. Llamo a Gonzalo macizo, Gonzalo macizo me responde somnoliento, Gonzalo macizo no está solo, lo sé por la voz femenina que le dice: «Deja eso y vuelve aquí conmigo».
Conozco muy bien esa voz, es la de Candela.