Capítulo 9
V ero se quedó en el porche de la casa de su nueva amiga Marina. Aquel chalé adosado era muy diferente al austero hogar en el que se había criado: un edificio prefabricado en el barrio, donde los cuatro que eran en casa tenían que pelearse para poder ir al único y minúsculo lavabo.
—Pasa, Vero, no me como a nadie —dijo Marina haciéndole un gesto con la mano—. Además, Daniel no está, si es lo que te preocupa. Va a pasar el fin de semana con su padre.
Vero torció el gesto y Marina le aclaró: «El biológico, el que se parece a él y lo ha convertido en el patán que es».
Marina le contó que sus padres la habían adoptado. Que era huérfana y estas personas la criaron. También que empezaba a estar harta de ellos.
Vero no sabía qué decirle, pues se sentía afortunada por tener unos padres maravillosos, aunque les costara tanto llegar a fin de mes por sus precarios trabajos.
—¿Te vas a quedar ahí todo el día? —indagó Marina con el ceño fruncido.
Vero, más tranquila al saber que no se iba a encontrar con el matón de su clase, decidió seguir a Marina, que la condujo hacia su maravillosa habitación.
Era como una de esas que salían en las películas y series norteamericanas: con una cama tubular blanca, paneles de corcho con fotos divertidas y detalles por doquier.
—Mira —dijo Marina señalando un tocador con bombillas alrededor del espejo, como el de las actrices de Hollywood, y luego añadió—: Ahí es donde se producirá la magia.
—¿Tú crees? —preguntó Vero, observándola con sus grandes gafas de aumento y la ortodoncia, que la hacía hablar de un modo extraño.
—Has traído las lentillas, ¿cierto?
—Sí, pero ya te dije que no las soporto…
—¿Tú quieres ser popular?
—Tampoco eso.
—¿Entonces qué quieres?
—Ser como los demás y salir de clase sin temer las burlas de gente como tu hermano.
—Hermanastro… Si tuviera una gota de sangre de ese anormal, me metería bajo tierra y no saldría nunca más, te lo juro.
Vero se rio por primera vez. Por alguna extraña razón, empezaba a caerle bien Marina. Siempre la había visto como una diva intocable, ahora podía verla como alguien capaz de sacarle una sonrisa.
—Vero…
—Dime.
—Vamos a tener que hacer algo con tus aparatos.