Capítulo 8
Laura
L a sorpresa de Gonzalo, cuando me ve con el abrigo y el bolso, me hace pensar que debería volver a mi habitación de inmediato.
Me he lavado la cara, pero creo que no puedo disimular que he llorado, pues él lo nota.
—Oh, ¿qué ocurre? Candela, ¿cierto?
—Asiento con la cabeza y, aunque no soy muy dada al contacto físico, creo que ahora mismo necesito un abrazo.
No tengo que pedirlo, pues él me lo da y me siento reconfortada, comprendida incluso.
—Anda, tomaremos ese café; tenemos que hablar.
Tardamos poco más de cinco minutos en llegar al pueblo. No sabía que estuviera tan cerca y así se lo digo.
—Hay bicicletas en el cobertizo. Tanto aislamiento agobia, así que cuando te sientas asfixiada, ni te lo pienses. Y si no, puedes llamarme a mí, si alguien puede entenderte soy yo, bueno, yo y los otros tres…
—Sí, que se casó cuatro veces, según tengo entendido.
Gonzalo se encoge de hombros.
—Ya hemos llegado —dice mostrándome la puerta de una casa antigua de piedra, en la que un rótulo de madera tallada con el nombre Ca la Feli me sugiere un lugar de comida casera y café del bueno.
El ex de Candela me franquea el paso y yo entro en el local, que huele a café, a pan tostado y a chimenea.
—¿Lo ves? Un oasis en el caos de mi exmujer.
—Quizá el caos no sea el de ella, sino el mío —digo y me arrepiento de inmediato por haber sonado victimista.
Nos sentamos en una mesa muy cercana al acogedor fuego.
—Hola, cariño y compañía. ¿Qué os pongo? —pregunta una mujer de unos sesenta y tantos años, regordeta y simpática, me recuerda mucho a…
—Es la madre de Petra, ya sabes, la cocinera de Candela —suelta de pronto Gonzalo sin dejarme terminar de pensar de qué me suena su rostro.
—¿Tú eres la nueva sirvienta? —pregunta de pronto la mujer.
—Oh, no —digo y me detengo. ¿Quién he de decir que soy?, nadie puede saber que soy la escritora fantasma de Candela Rojo—. Soy una prima lejana de Candela.
La mujer frunce el ceño y Gonzalo me mira con cara de circunstancias. Parece que he metido la pata y no sé por qué.
—Tráenos dos cortados, Feli —dice de pronto Gonzalo con sequedad.
Cuando la camarera se aleja, miro a Gonzalo de modo inquisidor. ¿Por qué demonios ha pedido por mí? No puedo tomar café, me sienta fatal. Debería decírselo, pero otro tema solapa lo importante y es el porqué de la mirada extraña de la tal Feli.
—¿Qué le pasa a Felisa? —indago.
—Es Felipa. Feli para los amigos. Resulta que Candela no tiene familia, y eso todo el pueblo lo sabe.
Me doy un golpe con la mano en la frente.
—Es verdad, qué estúpida soy.
—No pasa nada, se habrá pensado que eres mi ligue y has mentido para no meterme en un lío. Sí, sé lo que estás pensando, estamos separados, no tendría por qué ser un problema. Aunque Feli sabe por su hija cómo se las gasta Candela.
—¿Petra habla a espaldas de Candela? Si parece la persona más íntegra que conozco.
—Y lo es, créeme, pero Feli es su madre; confía en ella.
—Entonces, ¿puede que también le haya hablado de mí y de mi cometido en su casa?
—Ufff, de eso no creo. No se jugaría el puesto así.
—Ah… —digo extrañada.
—En fin, ¿qué te ha pasado a ti con mi ex?
—Ha leído lo que llevaba escrito y me lo ha hecho borrar. Quiere que empiece de nuevo. Llevaba ya quince mil palabras.
—Ostras, qué putadón. No le hagas mucho caso, hoy no le gusta y mañana le apasiona. Ella es así.
—¿En serio?
—Candela es una buena persona, quizá la más buena que he conocido jamás; sin embargo, tiene un problema para regular sus emociones. Desde que nos separamos, no ha sido la misma, y yo me siento fatal, pero no podíamos seguir juntos, no así.
—No, ¿cómo?
—Soy más joven que ella, no queríamos las mismas cosas.
Tuerzo el gesto. Si tienen un hijo incluso. ¿Acaso fue un capricho y ahora él prefiere vivir su vida sin ataduras? ¿Es eso?
—Bueno, el amor es un sentimiento de ida y vuelta. Hoy te enamoras, mañana dejas de estarlo —suelto sin pensar, pues es lo que me ocurrió a mí con Luca, mi pareja hasta hace tres años.
—¿Ves?, tú lo entiendes. Candela no. Es todo o nada; para ella no hay término medio. Yo necesito una relación más calmada, pero llena de emoción, de viajes, de experiencias…
—Bueno, en ocasiones hay que pensar bien las cosas antes de dar determinados pasos —digo porque, aunque esté de acuerdo con su forma de pensar, no lo estoy con que haya tenido un hijo con Candela y luego haya decidido que quiere vivir la vida sin ataduras.
La camarera nos trae los cortados.
—Disculpad, he tardado un poco. La cafetera no iba muy bien. Aquí tenéis lo vuestro.
—Gracias, Feli —dice Gonzalo, y yo asiento con la cabeza mientras sonrío a modo de gratitud.
Feli me observa ceñuda de nuevo y se marcha.
Un rato después, Gonzalo me deja delante de la casa de Candela. Ella ya ha debido de llegar, pues su coche está aparcado cerca de los peldaños que conducen a la puerta principal.
Me he despedido de él con premura, solo faltaría que Candela nos hubiera visto llegar juntos, no quiero ni pensarlo.
Entro en la casa y me dirijo a mi habitación.
Es casi la hora de comer, pero necesito estar un rato a solas, digerir lo que ha pasado en las últimas horas, quitarme de la cabeza la imagen de mi portátil lleno de notitas humillantes.
Bufff… Creo que me arrepiento de haber aceptado este trabajo, no creo que pueda llevarlo a cabo si Candela se dedica a boicotearlo.
Llevo un par de minutos caminando de un lado al otro de la estancia, cuando oigo unos toquecitos en la puerta. Respiro profundamente y me dirijo a abrirla, esperando encontrar al otro lado a una enfurecida Candela, sin embargo, lo que me encuentro me desconcierta aún más.
Es ella. Sonríe de oreja a oreja. Lleva una botella de cava en la mano y, en cuanto me ve, me abraza con fuerza.
—Gracias, muchas gracias.
—¿Cómo?
Candela se separa de mí y me mira con cara de circunstancias.
—Los capítulos, mujer…
—Sí, ¿qué ocurre con ellos? Oye, siento que no te hayan gustado, que mi escritura no se adapte a lo que tú estás buscando. Quizá haya sido un error aceptar este trabajo; puede que no esté a la altura.
—Pero ¿qué dices? No, por Dios, no digas eso.
—No entiendo nada. Entonces, ¿las notas?
Candela tuerce el gesto y suelta:
—¿Qué notas?
A ver, que ahora no me aclaro. ¿Por qué me da la sensación de que esta mujer no sabe de lo que le estoy hablando? ¿Y si sus problemas tras el divorcio incluyen que se le haya ido del todo la cabeza?
—Entonces, por lo que veo —digo señalando el cava—, ¿estás contenta con lo que llevo escrito?
—Oh, más que eso, estoy encantada con lo que llevamos. Creo que esta será la mejor colaboración en años. Nadie, me oyes, nadie ha conseguido captar mi esencia como lo has hecho tú en esos capítulos.
Vale, ahora sí que me he perdido. Si dice que le encanta, ¿a qué venía semejante humillación? Escribió cosas muy duras sobre mí, sobre mi valía como escritora, ¿y ahora quiere celebrar conmigo y me halaga hasta límites que no consigo comprender?
—Va, mujer, vayamos al salón y celebremos que hoy es un gran día. Lucille bajo cero va viento en popa.
—¿ Lucille bajo cero ?
—Oh, sí. ¿No te parece ideal?
—Bueno…
«Me parece vomitivo», pienso. Si yo le pusiera semejante título a uno de mis libros, me lo comería con toda clase de verduras y hasta en estofado.
Soy solo una simple mortal, en cambio, Candela se puede permitir ponerles títulos ridículos a sus novelas, todas maravillosas, eso sí, pero ¿en realidad las ha escrito ella?