El silencio de la escritora Capítulo 7
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Capítulo 7

Laura

L levo varios días escribiendo sin parar, ya he llegado a las quince mil palabras.

La rutina en esta casa ha sido más o menos la misma.

Candela sale bastante, así que con la persona que más trato es Petra.

Ella habla de todo y de nada; pero cuando mi vena cotilla asoma, se cierra en banda.

Así que no es una aliada válida, y si hablamos de Hakim, ni te cuento.

El tal Gonzalo ha venido un par de veces cuando Candela no estaba y se ha quedado hablando con Hakim, así que no he tenido que cruzar ni una palabra con él.

Mi refugio ahora mismo son las teclas del portátil, que me están haciendo darle vida a una maravillosa historia que ya quisiera yo para mí.

Por desgracia, la idea no es mía, es de ella, de Candela.

Aunque he conseguido que los personajes sean más míos que nunca, están vivos gracias a mí.

Han salido de un esquema garabateado para que, con mis dedos, los convirtiera en algo tangible.

El acuerdo era escribir una novela de ochenta mil palabras como máximo, espero poder conseguirlo.

Desde aquel primer día, Candela no ha vuelto a supervisar lo escrito. Dice que confía en mí, que sabe que voy a hacer un gran trabajo, así que yo he seguido mi propia senda y he llevado su idea original a mi terreno.

Podría haber seguido así hasta completar el manuscrito, pero creo que no va a ser posible, pues ella subió hace exactamente diez minutos para decirme que me tome el día libre, que ha de leer mis páginas para saber si voy o no por el buen camino.

Estoy muerta de miedo desde que me lo ha dicho, con una expresión seria e incluso diría que malhumorada. Ahora todo lo que he escrito me parece una soberana mierda y el síndrome del impostor me ataca con saña.

Por correo electrónico le envío el archivo de Word, dice que me lo devolverá con comentarios.

Me digo a mí misma que no tengo por qué preocuparme, que le encantó el primer capítulo de la novela y los otros son tan buenos o más que este.

Trato de calmar mis nervios; respiro con profundidad mientras intento dejar la mente en blanco.

Adjunto el archivo en el correo y le doy a enviar. La suerte está echada.

Cojo mi abrigo del armario y salgo de la casa. Necesito despejarme, dar un paseo, aunque sea por el impresionante parque.

Cuando llevo cerca de dos minutos caminando, un coche deportivo se detiene a mi altura.

—Hola, Laura —saluda un sonriente Gonzalo.

—Hola —contesto con sequedad.

—¿A dónde vas?

—Candela me ha dado el día libre y he salido a dar un paseo.

—Por aquí te vas a aburrir como una ostra. Muy bonito, muy verde, nada interesante.

Me encojo de hombros. Si quiero salir he de hablar con Hakim, que ahora mismo no está en la casa, o coger un taxi, y la verdad es que no estoy por la labor. Mi intención era dar un pequeño paseo y meterme en la casa a editar mi novela, pues llevo muchos días sin tocarla.

—Estoy bien, es agradable.

Gonzalo rueda los ojos.

—No creo que opines lo mismo dentro de unas semanas, créeme.

—El tiempo lo dirá…

—Tal vez. Por cierto, te pido disculpas por mi actitud del otro día, estaba un poco estresado y quizá lo pagué contigo.

—No tiene importancia.

—Entonces, ¿olvidado?

—Sí, claro.

—Genial. Oye, conozco un sitio muy agradable para tomar un café y no está lejos de aquí.

Me tenso. Sí, es un hombre de lo más atractivo que acaba de disculparse por haber sido un gilipollas conmigo, pero también es el ex de mi jefa y ya se sabe que no se puede meter cierta parte del cuerpo donde tengas el sustento.

—No puedo, Gonzalo, he de trabajar en mi novela.

—¿Estás escribiendo una novela además de la de Candela?

—No, la mía ya está terminada, estoy editando, corrigiendo, reescribiendo antes de enviarla a corregir por un profesional.

—Ufff, es un planazo.

—¿A que sí?

—Oh, sí. Pero si cambias de opinión, no dudes en decírmelo; andaré por la casa, hay que aprovechar que la jefa no está —dice y dibuja una sonrisa pícara.

Se despide de mí con un «que te sea leve» y se dirige hacia la casa quemando neumáticos.

Niego con la cabeza, este tío es de lo más raro.

Paseo durante una hora, el paisaje es increíble y me dejo acariciar por el sol de la mañana.

Cuando regreso a la casa, veo que Gonzalo le está lanzando la pelota al caniche que vi el otro día, mientras ríe a carcajadas.

Él me guiña el ojo en cuanto me ve pasar. De pronto, me entran ganas de tomar ese café y a punto estoy de decirle a Gonzalo que me saque de aquí, mas me contengo, he de centrarme en lo importante y lo importante ahora es mi novela, pues he de aprovechar el tiempo que Candela me ha brindado hoy.

Entro en el despacho para coger mi portátil, pero mi sorpresa es mayúscula cuando me lo encuentro plagado de notas adhesivas pegadas por todas partes, al menos hay cincuenta.

En todas ellas Candela parece estar muy enfadada. Dice que no entiende al protagonista, que es un ser anodino y plano. De la chica me dice que si me he inspirado en mí misma para crearla. Según ella, el vocabulario es de primero de la ESO y la historia en sí es mediocre.

No los leo todos, no puedo. Ahora mismo estoy temblando de pies a cabeza y la ansiedad se está apoderando de mi organismo sin darme tregua.

Recibo un mensaje en el móvil, un correo explicándome todo lo que ya me ha dicho en las notas.

La última frase me pone los pelos de punta: «He borrado el archivo, tú deberías hacer lo mismo».

Quiere que empiece otra vez de cero, no me lo puedo creer, si ella misma dijo que el principio le había encantado.

Las lágrimas recorren mi rostro. Despego todas las notas de mi portátil con furia y me dirijo, con él bajo el brazo, a la habitación que ocupo. Cierro la puerta y me deslizo por esta, hasta sentarme en el suelo abrazando mi ordenador como si la vida me fuera en ello.

—¡Hija de puta! —exclamo entre sollozos.

Es mentira, es que es una soberana mentira. Llevo muchos años en esto, aunque no sea una escritora famosa como ella, sé cuando algo es bueno, incluso si es mío.

Aprieto las mandíbulas y escucho de nuevo a Gonzalo reír. Me levanto del suelo y camino hacia la ventana. Deposito el ordenador en el escritorio y miro al exterior. Sonrío con malicia y tomo una decisión poco acertada, como casi todas las de mi vida.