El silencio de la escritora Capítulo 6
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Capítulo 6

Laura

C andela entra en el despacho con una amplia sonrisa. Yo he estado editando las páginas escritas, reescribiendo lo que no se entendía del todo bien y puliendo la ortografía.

—Madre mía, Laura, he de felicitarte. Menudo primer capítulo. Auguro un éxito y tú eres la mano ejecutora del mismo.

Sonrío algo avergonzada.

—Muchas gracias, Candela.

—Cande, cariño, es más cercano. Candela me hace mayor y creo que no hay mucha diferencia de edad entre nosotras, ¿cierto?

Me encojo de hombros, no me gusta decir mi edad, así que miento y me quito un par de años.

—No lo sé. Yo nací en el noventa y cuatro.

—Uy, pues pensaba que eras más o menos de mi edad. Yo tengo treinta y siete.

—No los aparentas —digo por cumplir.

—Oh, gracias. Trato de cuidarme —dice sonriendo con sus gruesos labios de quirófano.

Agacho la cabeza. Últimamente no me cuido nada. Encima se me rompieron las gafas y ahora uso las de repuesto, las más baratas y feas que pude permitirme.

Para añadir más sal a la herida, mi ropa está tan lavada que no luce, aunque todavía mi figura no haya acusado el paso del tiempo.

—Bueno, volviendo al tema del libro, he de decir que estoy muy contenta. Has captado mi esencia como nadie.

«¿Cómo nadie?», pienso. Quizá, después de todo, no sea su primera escritora fantasma.

No sé qué pensar y tengo la pregunta en la punta de la lengua, pero el sentido común me hace callar, pues necesito el dinero.

No quiero cabrear a Candela Rojo, es demasiado influyente; podría destruirme con solo un comentario en una publicación en las redes sociales.

—Me alegro de que te haya gustado.

—Más que eso, me ha encantado.

Asiento con la cabeza y sonrío, no todos los días alguien como ella halaga tus escritos, aunque nunca vayan a ver la luz con tu nombre.

—Pues… me has alegrado la tarde. Así que voy a seguir un rato más.

—De acuerdo, pero no tardes. La cena se sirve a las ocho y media, creo que tenemos que celebrar nuestro primer logro juntas.

Tuerzo el gesto involuntariamente; no puedo evitarlo. Me irrita que alguien se atribuya mis méritos.

«Es un trabajo, Laura, míralo como tal y no te dejes envolver por la escritura de esta novela; toma distancia», me digo para tranquilizarme.

Candela me observa de brazos cruzados, sus ojos parecen adivinar lo que estoy pensando. Antes de que diga una palabra, lo hago yo:

—Sí, formamos un gran equipo.

Sigo tecleando un rato más, en esta ocasión, sí he comprobado las palabras. Un buen número para empezar.

Cuando siento que ya tengo que forzar lo que escribo, decido parar. Miro la hora, pues suelo perder la noción del tiempo mientras trabajo, y me sorprendo al ver que quedan dos minutos para las ocho y media.

Candela y yo cenamos entre risas. El vino blanco que ella me ofrece entra tan bien que ni cuenta me doy de que acabo achispada, diciendo tonterías, para variar.

El alcohol ejerce un efecto euforizante en mí. Es como si fuera otra persona, como si me liberara de mi piel y mostrara mi verdadera esencia.

No sé cómo ocurre, pero Candela y yo acabamos bailando por la sala, mientras ella saca el relleno de un cojín que, según ella, ha roto su pequeño.

Pequeño al que todavía no he visto, no sé si el tal Gonzalo vino hoy para visitarlo, no he escuchado voces infantiles ni he visto a ningún ser bípedo de menos de metro cincuenta pululando por la casa.

Hakim entra en la sala un par de veces y me mira con cara de pocos amigos. No sé dónde tengo mis gafas y la blusa que llevo muestra parte del sujetador. En su última entrada le devuelvo una mirada lasciva y creo que no le hace ninguna gracia.

—No le hagas eso al pobre Hakim. No es de piedra y tiene a su chica muy lejos.

—Si yo no he hecho nada. Soy muy buena —digo entre risas.

—Sí, sí, buena. Me da que nos hemos juntado el hambre con las ganas de comer, ¿no te lo parece?

De pronto me pongo tensa y dejo de reír.

—Creo que será mejor que me vaya a la cama —digo con firmeza.

—¿Qué dices? ¿Ahora que se estaba poniendo interesante el asunto?

—Será lo mejor, Cande. Mañana hay que madrugar, ya sabes, la novela.

—Oh, sí. La novela es muy importante, me va a dar un montón de dinero y éxito… Y todo gracias a ti —suelta derrumbándose en el sofá.

Asiento con la mandíbula apretada. El alcohol está abandonando mi organismo y prefiero refugiarme en la soledad de mi habitación. No sea que la frustración me juegue una mala pasada. No puede ocurrir, no aún.