El silencio de la escritora Capítulo 4
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Capítulo 4

Laura

A bro los ojos y escucho gritos. Parece que alguien está manteniendo una acalorada discusión en la habitación de al lado.

No quiero ser cotilla, pero no puedo remediarlo; necesito escuchar. Así que salgo de la cama y pego la oreja a la pared. Apenas puedo entender lo que se están diciendo dos personas, un hombre y una mujer.

Por el tono, parece que la mujer es Candela.

El hombre suena muy enfadado y, antes de escuchar un fuerte portazo, he alcanzado a entender una palabra: impostora.

Si se refiere a que Candela lo es, no se equivoca. He aquí la persona que escribe por ella en este momento.

Me pregunto si he sido la única. Su agente me dijo que Candela pasaba por una situación difícil y había tenido que recurrir a un negro para cumplir con el contrato editorial, de modo puntual.

Así que tiene toda la pinta de que nadie más ha ocupado la mesa destartalada del despacho, salvo la misma Candela en sus humildes inicios en la escritura.

Sigo con la oreja pegada a la pared y me sorprende escuchar a Candela llorar. Pensé que no era de las que se dejaba llevar con facilidad por los sentimientos.

Quizá se sienta incomprendida en el amor después de cuatro matrimonios frustrados.

Me retiro de la pared, ya he cotilleado demasiado en la vida de mi nueva jefa. También he dormido muchísimo, pues al mirar el móvil me doy cuenta de que son las seis de la tarde y ya está oscureciendo. Madre mía.

Me adecento la ropa. Busco una puerta que me lleve a un servicio en la habitación, mas no la encuentro.

Necesito lavarme los dientes con urgencia, también ir al lavabo.

He visto uno en el pasillo. Así que, con mi neceser, salgo de la habitación.

Camino con sigilo hasta dar con la puerta que conduce al cuarto de baño.

Ahora está cerrada, por lo que no es fácil acertar.

Trato de abrir dos puertas sin suerte, pues están cerradas a cal y canto, antes de encontrar la correcta.

Justo cuando estoy cruzando el umbral, una voz me hace dar un respingo.

—Tú debes de ser Laura. Yo soy Gonzalo. Encantado —dice ofreciéndome su mano el hombre más impresionante que he visto en mi vida.

Tiene unos ojos verdes capaces de hipnotizar a la más escéptica y un rostro perfecto, cuya barba de varios días le da ese toque rebelde que tanto me gusta en los hombres.

—Yo soy Laura —respondo sintiéndome ridícula en el acto.

—Encantado —repite con picardía y luego añade—: Por cierto, guapa, este es el lavabo de los hombres. El de las damas está al fondo del pasillo a la derecha.

—Ah, lo siento…

—Esta casa parece pequeña desde fuera, ¿a que sí?

—Sí, la verdad. Pero por dentro es muy espaciosa.

—A mí me irrita. Tanto pasillo, tanta habitación sin utilidad… De todos modos, ya no es de mi incumbencia, pobres de los que viven en este verdadero laberinto.

Mi atontamiento no me ha dejado deducir quién es él. Ni más ni menos que el exmarido de Candela, el padre de su hijo.

—Bueno, yo estaré aquí poco tiempo.

—Sí, lo sé. Lo que cueste parir el nuevo éxito de mi ex.

Me encojo de hombros.

—Espero acabar pronto —confieso con un pequeño deje de maldad en la voz.

—¿Quieres un consejo? No te dejes el alma en un libro que no va a llevar tu nombre de autora. Las buenas obras, déjalas para ti. Total, la gente solo consume bazofia.

—Eso es insultar a los lectores, ¿no crees? —suelto desafiante. Qué rabia me dan este tipo de comentarios, de verdad.

—Por desgracia, Laurita, la media de inteligencia en España no es muy prometedora. Y cada vez vamos a peor con las nuevas generaciones.

Que me llame «Laurita» es el colmo. Tengo que hacer un gran esfuerzo por no mandar a este individuo a la mierda. Creo que Candela ha ganado al separarse de él.

—Voy al lavabo, he de trabajar.

Camino a paso vivo hacia el fondo del pasillo y trato de abrir la puerta que justo me encuentro de frente.

—Esto…, no te recomiendo que abras esa puerta. No es el lavabo y te meterás en un verdadero lío si mi ex te ve.

—¿Por?

Por respuesta solo recibo un encogimiento de hombros. Luego se da media vuelta y se aleja como si las personas pintadas en los cuadros de las paredes tuvieran que hacerle una reverencia al pasar.

No puedo evitar mirarle el trasero perfecto enfundado en unos vaqueros que a ningún mortal le sientan como a este. Lástima que solo sea un hombre para alegrarse la vista, porque lo que tiene de guapo, lo tiene de gilipollas.

Esta vez sí, entro en el lavabo. Es sencillo, de baldosas blancas y suelo de gres. El típico de casa noventera. Tras aliviar mi vejiga, me lavo las manos, los dientes y la cara. Desenredo mi pelo y me hago una coleta alta.

Minutos después, estoy otra vez delante de mi portátil.

Repaso los apuntes y las restricciones de Candela.

Sigue sin fluir la escritura. No puede ser…

Acepté este trabajo precisamente por mi facilidad para crear historias, así que no entiendo qué coño está pasando.

Creo que estoy bloqueada y, de ser así, me puede ir muy mal.

Son las siete de la tarde y he conseguido completar cuatro páginas; no he contado las palabras ni tan siquiera.

Estoy tan frustrada que no quiero ni hacerlo.

Lo que he escrito es poco más que basura y, para colmo de males, Candela me ha enviado un wasap, pidiéndome que le pasara las primeras páginas de su novela. Su novela…, me meo de la risa.

En cuanto las estaba escribiendo sentía que disfrutaba, que tenía un buen arranque, que el primer capítulo era la bomba.

Hasta que he recibido el dichoso mensaje y he empezado a releer.

Ahí se me ha venido el mundo abajo y así me encuentro, desbordada por la ansiedad más extrema, por el miedo a ser juzgada.

Estoy a punto de darle al botón de enviar. Espero que Candela no piense que soy una autora mediocre, espero… estar a la altura.