El silencio de la escritora Capítulo 3
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Capítulo 3

Laura

S on cerca de las tres de la tarde y el estómago me ruge.

No sé qué hacer. Tampoco nadie me ha dicho: «A tal hora se come».

En el contrato decía que las dietas estaban incluidas, así que, en teoría, he de comer aquí; sin embargo, temo enfrentarme a Candela, pues no he conseguido escribir una línea, algo muy extraño en mí.

Con tanta restricción, cincuenta ni más ni menos, y el dichoso síndrome del impostor, que me está golpeando más fuerte que nunca, no he podido hacer más que borrar y borrar, total, el documento sigue en blanco y yo frustrada y muerta de hambre.

«De hambre te vas a morir como no le eches morro, bonita», dice la voz interior que siempre me acompaña.

De pronto, escucho unos golpecitos en la puerta.

—¡Adelante! —exclamo.

Hakim asoma la cabeza y anuncia:

—Es hora de comer.

Mis ojos chisporrotean y creo que el mayordomo lo nota.

—Genial, estoy hambrienta.

—En la casa se come siempre a las dos y media —dice con seriedad.

Sé de buena tinta que son más de las tres, pues el reloj de la pantalla de mi portátil y mis tripas rugientes llevaban rato recordándome que soy un ser humano que necesita carburante para poder funcionar.

—Ah, lo siento, perdí la noción del tiempo.

—Por hoy no hay problema, pero la señora es muy estricta.

—Ah…, lo tendré en cuenta.

Hakim asiente inexpresivo y me invita a que lo acompañe.

De camino al salón, veo en una habitación abierta a un perrito, que me observa con curiosidad, subido en un pequeño sofá.

Creo que es un caniche. No estoy muy puesta en razas de perro, pero juraría que lo es. Es bastante pequeño y mono. Me inspiran ternura los animales, no sé por qué.

Llegamos al comedor, adyacente a la sala en la que me recibió Candela el primer día. Allí no hay nadie, y Hakim me ruega que tome asiento donde quiera.

—¿No espero a Candela?

—La señora comerá fuera hoy.

Asiento, aliviada.

Me siento en una silla, en la parte lateral de la larguísima mesa. Varios minutos después, entra una mujer de unos cuarenta y tantos años; es regordeta y bastante guapa.

—Soy Petra, la cocinera. Encantada. He tenido que recordarle a ese sieso de Hakim que tenías que comer. Tú, como en tu casa, si no está la señora no hay problema; si está, hay que comer a las dos y media. Es muy rigurosa con eso —dice repitiendo las palabras del mayordomo.

—Lo tendré en cuenta.

Pocos minutos después, me trae el primer plato; según ella, una sopa de ajo que está buenísima.

Cuando la termino, me dice que le haga sitio al segundo con un divertido desparpajo.

—No sé si podré comer más…

—¿Y vas a desperdiciar este pedazo de entrecot que se deshace en la boca?

Me encojo de hombros. La verdad es que tiene una pinta estupenda, así que no discuto más y lo acepto de buena gana.

Al acabar le digo que no puedo más, pues Petra tiene intención de servirme el postre.

—De verdad, estoy muy llena. Si eso, a media tarde bajo a por una pieza de fruta.

—Vale…, pero baja, ¿eh? Que no tenga que decirle más a Hakim que vaya a buscarte al despacho de la señora.

—No, tranquila.

—Ven, te enseñaré dónde está la cocina. Si no estoy, sírvete tú misma. Siempre hay táperes en la nevera y postres, que me salen bien ricos, ya lo verás.

Asiento y le prometo que los probaré, aunque no ahora que estoy que no puedo moverme. Solo de pensar en que tengo que ponerme a escribir el libro de Candela, me entra una modorra enorme.

«¿Y si me echara una cabezadita?», pienso, pero enseguida caigo en la cuenta de que todavía no sé cuál es mi habitación, así que se lo pregunto a Petra.

—¿Ves por qué te digo que este Hakim es un sieso? Anda que no enseñarte dónde vas a dormir. Ven, mujer, yo te acompaño.

—Candela quería que me pusiera a trabajar cuanto antes. Esta vez no ha sido cosa de Hakim.

Sigo a Petra, que ha visto que estoy demasiado cansada para ver la cocina ahora, y subimos a la segunda planta por la torre, por la que entra la luz a raudales gracias a un tragaluz que hay arriba, con vitrales, como el ventanal del despacho de Candela.

—Esta casa es una verdadera maravilla.

—Sí, ¿verdad? Perteneció a un médico, un pariente lejano de Candela que murió sin descendencia, y como ella está sola en el mundo…

—¿No tiene familia?

—Solo un ejército de exmaridos, cuatro, para ser exactos y nadie más. Sus padres murieron cuando ella todavía era muy joven. Es un asunto del que no le gusta hablar.

Estoy a punto de preguntarle por su hijo, pues parece que es la única familia que le queda, pero prefiero no hacerlo, ya Petra me ha mirado ceñuda por mi indiscreta pregunta y me he dado por enterada al momento. No más cotilleo, por ahora.

En la planta superior, accedemos a un pasillo angosto, vestido de pasilleras algo anticuadas para mi gusto. En las paredes hay pinturas al óleo; parecen muy viejas. Este lugar da algo de repelús y contrasta en demasía con la planta de abajo, decorada con más mimo.

Petra abre una de las puertas de madera tallada. Chirría, al más puro estilo peli de terror, cómo no. Una puerta de una casa fantasmagórica para una escritora fantasma. Ruedo los ojos y niego con la cabeza antes de seguir a la cocinera al interior de la habitación.

Ella se apresura a cerrar las ventanas. Hace bastante frío y me abrazo a mí misma para mitigarlo.

Miro en derredor. La habitación es bonita y, ahora que los ventanales están cerrados, parece acogedora.

Tiene una pequeña chimenea; una cama que, aunque debe de tener sus años, es más que decente; un armario ropero y un escritorio, todo el mobiliario a conjunto, eso sí.

No sería, claro está, el que yo elegiría para mi propia casa, pero para una estancia temporal, no me parece mal.

—Te dejo que te acomodes, no haces más que bostezar, chica, búscame más tarde para que te muestre la cocina.

—Me levanté muy temprano hoy —digo, aunque hice más que eso, pues no dormí en toda la noche pensando en las semanas que me esperaban.

Localizo mi maleta junto a la cama y paso de largo. Necesito echar un sueñecito… y lo necesito ya.