El silencio de la escritora Capítulo 2
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Capítulo 2

Laura

E s muy temprano cuando Hakim me recoge frente al edificio donde vivo.

Llevo una maleta pequeña; espero terminar pronto el manuscrito para recibir el segundo pago pactado.

El agente de Candela me llamó el mismo día de la reunión entre ambas para avisarme de que ya me habían hecho una transferencia con el adelanto prometido.

Suficiente como para pagar mis recibos atrasados de la hipoteca.

El mayordomo metido a chófer me ayuda a colocar mi pequeño equipaje en el maletero, y luego ambos subimos a la elegante berlina.

—¿Llevas mucho tiempo trabajando para Candela? —pregunto para romper el incómodo silencio.

—Cuatro años… —responde algo seco.

—¿Y qué tal?

—Bien…, normal.

—Ah.

No sé qué más decirle. Hakim no parece muy interesado en conversar, así que decido callarme.

—Es un buen trabajo, pero no es para todo el mundo.

—¿Por qué?

—La señora Rojo es muy exigente. Ya lo verá.

Asiento con la cabeza. Solo tengo que permanecer en la casa unas semanas. Me siento capaz de aguantar cierta disciplina. Necesito el dinero más que nunca.

—Bueno, yo también lo soy con mi trabajo.

—No lo creo. Lo de la señora está a otro nivel…

Frunzo el ceño. ¿Acaso piensa él que mi trabajo es menos importante que el de Candela?

—No me malinterprete. Enseguida entenderá por qué lo digo.

El teléfono de Hakim suena de pronto, y él lo atiende, pasando por alto la prohibición del uso de móviles al volante.

Comienza a hablar en su lengua materna. Parece enfadado. Tras un par de minutos, termina la llamada y se hace el silencio. Saco mi móvil del bolso y entro en la página donde tengo mis libros publicados para ver cómo van las ventas. Me desanimo al ver que no llevo ni tres euros hoy.

Trato de no pensar en ello, de olvidarme de mis cifras cada vez más bajas. Confío en que este trabajo me dé un poco de aire para poder terminar de editar mi novela y así entregarla a un profesional que la corrija y no me cobre de más por un trabajo deficiente, como me ocurrió la última vez.

De pronto, Hakim rompe el silencio para decirme que hemos llegado.

Salgo del coche y me dirijo al maletero para coger mi equipaje, pero Hakim se adelanta y me hace un gesto para que vaya hacia la entrada de la casa, donde me espera una sonriente Candela.

—Hola —saludo con timidez.

—Hola, guapísima. —Me da dos besos y luego añade—: ¿Cómo estás?

—Aquí estoy —digo sintiéndome algo ridícula.

—Sí, ya te veo. Va, entra, que te vas a quedar helada. Quiero empezar a trabajar contigo cuanto antes.

Candela se interna en la casa, y yo la sigo; no puedo evitar sentir un frío lacerante.

—He pasado el fin de semana leyendo los libros que me recomendaste —digo con determinación.

Evito decirle a Candela que he tenido que comprarlos en e-book y que no son precisamente baratos.

—¿No me digas que los has comprado? Madre mía, soy un desastre; tendría que haberle dicho a mi agente que te proporcionara ejemplares en físico. No te preocupes, si me dices cuánto te han costado, te devolveré el dinero. ¿Un bizum te irá bien?

—No…, no pasa nada. Suelo comprar libros y los tuyos me han encantado. Eres realmente buena.

—Gracias —responde mientras abre la puerta de su despacho.

Me quedo boquiabierta al observar semejante maravilla. Es una sala amplia, abrigada por una maravillosa chimenea.

Los muebles son de madera, de muy buena calidad.

Las paredes están revestidas de estanterías plagadas de libros, perfectamente ordenados.

El sol de la mañana entra por el amplio ventanal, adornado con vitrales en tonos verde, azul y amarillo.

Un escritorio que tiene pinta de datar de principios del siglo XX, como la casa, parece observarnos majestuoso con su, en apariencia, cómodo sillón de oficina de cuero negro.

—Tú trabajarás aquí —dice Candela, señalándome una vieja mesa metálica de oficina que hay tras un biombo.

Un halo de tristeza impregna de pronto mi mirada. Tiene todo el sentido, ella es Candela Rojo y yo su escritora fantasma, por ello mi sitio está en el único rincón feo del despacho más bonito que he visto en toda mi vida.

Candela me observa con curiosidad.

—Genial —digo entre dientes.

—Sé que no es gran cosa, pero fue mi primera mesa cuando empecé a escribir hace ya más de veinte años. La conseguí en un rastro, imagínate. Aunque sea fea y esté algo destartalada, con ella escribí mis mejores obras. La conservo con cariño y es un honor para mí que tú la utilices ahora.

—Gracias —digo sintiéndome algo mejor. Que una autora de su talla mantenga en su impresionante despacho su primer escritorio me produce algo de ternura, aunque no puedo olvidar que ella no escribe sus obras, al menos, no últimamente.

Eso me hace pensar que no es la maravillosa escritora que siempre pensé que era.

—Bueno, dicho esto…, comencemos con el libro cuanto antes. Más tarde le diré a Hakim que te enseñe tu habitación. Es muy acogedora, ya lo verás.

Ella me hace un gesto para que la siga y se sienta en su sillón de oficina. Yo tomo asiento en la sencilla silla de madera que hay al otro lado del escritorio.

—Toma nota… —dice entregándome un cuaderno y un bolígrafo Bic de toda la vida.

Empieza a dictarme una serie de normas sobre sus personajes y la historia en sí. Yo voy apuntando por inercia y sin hacer mucho caso a lo que me dice, hasta que suelta: «Nada de sexo explícito».

—No te preocupes, ya he visto que sueles hacer escenas sugerentes, aunque no profundizas en la materia —bromeo, pero Candela me observa con seriedad.

—Lo digo muy en serio, Lau. A mis lectores no les gusta. Sé que tú lo utilizas como gancho. El sexo vende mucho. ¿Cómo le llaman ahora? Spicy …

—Yo no lo utilizo como gancho. Solo creo que el sexo forma parte de la vida de las personas, y una escena elegante de sexo, en mi opinión, suma en lugar de restar.

—Sí, sí… ¿Pero acaso explicas con detalle cómo comes? Corté el trozo de pizza y lo mordí, luego dejé que los tropezones de bacon poblaran mi boca… ¿A que es ridículo?

—No si, por ejemplo, hablamos de una novela ambientada en una cocina.

Candela rueda los ojos.

—Si te refieres a las novelas románticas ñoñas…

—Mujer, no son ñoñas, cada uno tiene sus gustos. A mí me gusta cualquier género. Adoro el thriller psicológico, sin embargo, escribo romance. Lo disfruto.

—Pero tú no eres ñoña. Eres diferente.

Me encojo de hombros, no sé bien a qué se refiere con ese «diferente». No soporto a las personas que menosprecian un género porque a ellas no les gusta o les parece literatura de segunda división. Los libros son libros y para gustos los colores.

—No sé cómo tomarme eso, ¡ja, ja, ja!

—Es positivo, nena.

—Pues gracias. —No sé qué decirle, lo juro. Así que opto por la salida fácil.

Candela sigue dictándome hasta que tengo cerca de cincuenta indicaciones para la novela. Cuando termino de escribir la última línea, se levanta de su sillón.

—Bueno, pues creo que ya lo tienes todo para empezar. Así que… a por ello, campeona.

Ella me ofrece el puño para chocarlo con el mío, y yo hago lo propio. ¿Se puede sentir una más ridícula? Yo creo que no.