El silencio de la escritora Capítulo 1
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Capítulo 1

Laura

Los árboles quedan atrás mientras el coche avanza. Tengo frío, pues esos días del mes en los que todo se vuelve rojo están muy cerca. Lo suelo pasar mal. No es un dolor incapacitante, pero sí molesto.

Me abrazo a mí misma y le pregunto al taxista si queda mucho para llegar a mi destino.

El hombre, nada hablador, me responde que estamos ya muy cerca.

Me zambullo de nuevo en mis pensamientos, es la mejor forma de que el tiempo gire y sienta que no necesito hablar para estar cómoda. No soy muy amiga del silencio, aunque tampoco lo soy de la conversación de rigor.

—Ya hemos llegado —anuncia el taxista.

—¿Cuánto es? —pregunto mientras busco la cartera en mi caótico bolso.

—Son veintidós con cincuenta.

Le entrego al taxista un billete de cincuenta euros con la sensación de haber sido estafada.

El trayecto ha durado poco más de quince minutos, y la última vez que cogí un taxi, tan solo unos meses atrás, fueron poco más de dieciséis.

No fue un trayecto muy superior en tiempo, aunque se me hizo mucho más ameno gracias a la conversación del taxista, que no tenía nada que ver con el hombre con expresión ceñuda que me devuelve el cambio en este momento.

—Muy bien, hasta luego —me despido.

—Que tenga un buen día —responde el taxista mirándome de un modo extraño, como si sintiera pesar al hacerlo.

Me dirijo a la casa y paro en seco un momento para observarla. Es preciosa. Debe de ser de principios del siglo XX, calculo. No es muy grande, de estilo modernista. Tiene dos plantas y una torre hexagonal.

Muy cerca de la casa, hay un pozo. Pienso enseguida en el primer cuento que escribí de niña, un cuento al que le puse el título de: El pozo de los deseos.

Instintivamente, me entran ganas de lanzar una moneda y contar los segundos que tarda en llegar al fondo, pero abandono la idea cuando veo la pesada tapa de hormigón que lo cubre.

La casa tiene parque, como las de los protagonistas de las novelas de época que escribo. ¿Es que acaso estoy metida en uno de mis libros? Sonrío ante la fantasiosa posibilidad.

Devuelvo la vista a la casa y me encamino hacia los tres peldaños de piedra que conducen a la puerta principal. Los subo con la sensación de iniciar un nuevo capítulo de mi vida y llamo al moderno timbre, tan fuera de lugar en este conjunto de cuento de hadas…

Segundos después se abre la puerta, y un hombre cercano a la treintena, de rasgos árabes y ojos verdes, me pregunta si soy la señorita Laura Peña.

—Sí, soy yo.

—Pase, la señora la espera —dice con un suave acento.

Sigo al sirviente hasta un pequeño saloncito, en el que un fuego crepitante danza ante los ojos penetrantes de una mujer, que abandona el libro que está leyendo y se levanta con ímpetu.

—Hola, querida —dice acercándose a mí y dándome dos besos—. ¿Te ha costado encontrar la casa?

—No, he venido en taxi.

—Oh, genial.

Asiento sin saber qué decir. En ocasiones me ocurre, no soy capaz de gestionar mis interacciones con los demás.

—Soy Laura Peña. Encantada —suelto con la sensación de que lo que digo no es lo que toca en este momento, pues la mujer que tengo frente a mí sabe muy bien mi nombre.

—Sí, querida. Yo soy Candela, pero puedes llamarme Cande. ¿Te gusta que te llamen de un modo especial?

—No. Laura, solo Laura.

—Muy bien. En fin, siéntate, Hakim nos traerá café enseguida.

—Oh, yo no tomo café, solo descafeinado o té.

—Uy, no sabes la alegría que le vas a dar a Hakim, le encanta prepararlo, oye. Yo odio el té, así que no tiene muchas ocasiones para hacerlo, salvo cuando se lo hace para sí mismo o para Petra, mi cocinera.

El sirviente se retira al acto, y nos quedamos a solas.

—Hakim es mi mayordomo, siéntete libre de pedirle cuanto te haga falta; es un fiel sirviente. No es muy dado a la conversación, eso sí, pero es un buen hombre.

Yo, que no me veo capaz de pedirle a otro ser humano que me sirva, asiento sin mucha convicción.

Tras varias preguntas sin importancia entre ambas, el mayordomo entra con una bandeja que Candela le hace depositar en la mesa, pues da la sensación de que quiere quedarse a solas conmigo cuanto antes. Puedo constatar que así es cuando, tras decirle al sirviente que se retire, cierra la puerta.

—Muy bien, Laura. Ahora pasemos a hablar de lo importante. Creo que mi agente ya te ha puesto al corriente de todo, aunque hay detalles que quiero comentar contigo antes de que empecemos a trabajar juntas.

—De acuerdo —respondo mientras asiento con la cabeza.

—Verás, necesito que empieces cuanto antes. Me urge publicar este libro. ¿Has leído mi obra, Laura?

—Sí, algunos de sus últimos libros.

Candela tuerce el gesto.

—Convendría que leyeras los anteriores a los tres últimos años. Son más yo…, no sé si me explico.

» Mar de plata, Orillas de piedra, La muerte no te quiere … Esos son ideales para que puedas hacerte una idea de lo que busco.

Saca una carpeta de un revistero y me la entrega. La abro y me sorprendo al ver una única hoja de papel garabateada con bolígrafo. Solo hay apuntes, flechas y etiquetas, todo escrito con una letra ininteligible.

—¿Solo esto? —pregunto a la espera de más información que la de la triste hoja.

—Es mi método. He escrito más de una treintena de libros tan solo con una hoja como la que ves ahí. Mi problema no son las ideas, es el modo de llevarlas a la práctica, no sé si me explico.

Asiento de nuevo. Me voy a convertir en la diosa de la hipocresía, pues solo tengo que ponerme ante un teclado para que las palabras fluyan sin esfuerzo.

—Sí, claro, cada escritor tiene el suyo y todos son muy respetables.

—Puede que sí, pero yo necesito que, desde el principio, se hagan las cosas como las haría yo; de lo contrario, se notará que he tenido una colaboradora y eso es algo que no me puedo permitir.

—Soy consciente de ello —admito con un deje de resignación.

—A ver, Laura, no me andaré con rodeos, necesito que mi colaboradora crea en el proyecto y lo haga suyo mientras lo ejecuta. Luego, cuando termine, eso sí, deberá soltarlo, dejarlo ir. Pensar que solo fue un trabajo más por el que se le pagó una muy buena suma.

—Todo eso lo tengo claro.

—Pero te pesa, ¿cierto?

—Mentiría si dijera que me apasiona escribir un libro que llevará el nombre de otra escritora.

—Eres sincera; me gusta. Eso sí, si vamos a colaborar, necesito garantías de que luego no habrá malas caras ni mensajes extraños en las redes sociales, ya me entiendes. Ambas somos adultas y tú has firmado un contrato que te prohíbe expresamente decir nada sobre nuestra colaboración.

Asiento tratando de parecer convencida. Odio que Candela llame «colaboración» una y otra vez a la delegación completa de la escritura de su propio éxito.

He llorado durante semanas ante la idea de tener que aceptar por obligación convertirme en escritora fantasma.

Pero no me ha quedado otro remedio que hacerlo.

Debo tres meses de hipoteca y mis últimos libros no han ido tan bien como esperaba, y todo por arriesgar, por salirme de mi zona de confort.

Así que, en cuanto recibí la llamada del agente de ni más ni menos que Candela Rojo (una de mis autoras de referencia), vi una salida al angosto túnel en el que se había convertido mi vida.

—Soy consciente de ello. Lo he pensado mucho antes de aceptar su propuesta. Estoy totalmente convencida del paso que voy a dar.

—Piensa que, si te elegí a ti, no fue por casualidad.

—¿Qué quiere decir?

—Te he leído.

—Ah, ¿sí? —pregunto esperanzada. Cada vez que alguien me lo dice, los sentimientos encontrados de vergüenza y orgullo se ciernen sobre mí.

—Sí, y tu pluma es similar a la mía. No igual del todo, ¿eh?, pero esos giros inesperados, el hecho de que consigas remover sentimientos… Todo eso me hace pensar que eres la candidata idónea para el puesto.

—Muchas gracias.

—Nada, nena. Eres buena y por eso estás aquí.

Estoy segura de que va a ser una experiencia enriquecedora para ambas.

Y, aunque tu nombre no aparezca en el libro, puedo hacer que los tuyos suban como la espuma.

La gente siempre confía en la palabra de su autora favorita. Una recomendación y de ahí al cielo…

Mis ojos chispean esperanzados, llevo tanto tiempo persiguiendo este sueño…

—Sí, yo también estoy segura de que será una experiencia cuando menos diferente. Espero aprender mucho de usted.

—Ay, pero no me llames de usted, me hace vieja y no soy mucho mayor que tú. Puedes tutearme y llamarme Cande, como ya te he dicho. Soy la mujer más sencilla que existe en el trato diario con las personas de mi entera confianza, ya lo verás.

—De acuerdo, Cande.

—Pues genial. ¿Cuándo podrías empezar?

—Estoy disponible. Acabo de terminar mi novela y he de dejarla reposar antes de ponerme a editar y editar…

—Ufff, qué fastidio. Menos mal que de eso ya no me encargo yo. Lo odiaba. Me quedaba dormida delante del teclado incluso.

Se me pasan por la cabeza las jornadas maratonianas de edición, las reescrituras, las horas en redes para ser visible, las que paso haciendo mis portadas y maquetando.

Sonrío; adoro tener el control de todas mis criaturas de papel.

Me sentiría fuera de lugar si no pudiera hacer todo eso, crear mi libro desde cero sin más intervención externa que la de una persona que lo corrija.

—Pues eso…, que puedo empezar en cualquier momento.

—¿El lunes te parece bien? Es que esta semana tengo un poco de lío. Tiene que venir mi ex a ver a mi pequeño y…

—Entiendo. No te preocupes, el lunes estaré aquí a primera hora de la mañana.

—Estupendo. Ahora tengo que dejarte, Gonzalo no tardará en llegar. Le diré a Hakim que llame a un taxi. No te preocupes, corre de mi cuenta.

—No hace falta… Yo lo pago.

—No. Además, a mí me hacen precio.

Me encojo de hombros. Si me cobran otros veintidós euros, mi economía mensual se verá francamente afectada, apenas gano para pagar los gastos y la cuota de autónomo.

Candela se levanta tras llamar a Hakim y no recibir respuesta.

—Este chico es un poco sordo cuando le conviene —dice mientras niega con la cabeza y camina hacia la puerta de la sala a paso rápido.

—Yo esperaré fuera.

—Oh, no. Con el frío que hace… Espérate aquí, Hakim te avisará en cuanto llegue el taxi. Encantada de conocerte, Lau… ¿Te puedo llamar así? Me encantan los diminutivos.

Aprieto los dientes, incómoda.

—Veo que a ti no te gustan. No te preocupes, si ves que se me escapa algún día, siéntete libre de reñirme. ¿Ok?

—No, mujer… Pues nada. Encantada. Nos vemos el lunes.

—Nos vemos el lunes.

Justo cuando Candela está a punto de salir de la sala, yo, que he tenido la pregunta en la punta de la lengua desde hace varios minutos, suelto:

—Por cierto, ¿qué libro leíste? —Candela me observa confundida, con los ojos entornados—. De los míos, ¿que qué libro leíste? —aclaro.

—Mmm… Uno. Hace ya un tiempo y no me acuerdo del título.

—Ah…

—No te lo tomes a mal, es que tengo una memoria pésima, mucho más ahora, con todo el tema de mi pequeño y… Bueno, voy a ver dónde se ha metido este chico.

Aprieto los puños por instinto. ¿Es que acaso mis libros no dejan huella? El síndrome del impostor ataca con saña en mi mente y trato de respirar profundamente, no puedo dejar que me devore, no en la casa de la mujer que ha conseguido el sueño que llevo años persiguiendo.