El silencio de la casa azul 63 Ill follow the sun
99%

63 Ill follow the sun

I'll follow the sun

—Ha sido buena idea traerte aquí —dijo él convencido.

—La mejor de las ideas —confirmó Nuria, y agarró la cámara con ambas manos, se la acercó al rostro, ajustó el diafragma y disparó la que sería la primera de muchas fotos.

Esteban había arrugado la cara en un mohín que le recordó a un niño pequeño.

No le importó: estaba guapísimo bajo aquella luz blanquecina.

No quería perder aquel recuerdo. No quería perder nada más.

—Los acantilados de Buelna son una maravilla de la naturaleza. Mejor los «sacas» a ellos, ¿no crees? —apuntó mordaz y, apoyándose con delicadeza sobre los hombros de Nuria, le dio la vuelta. Ella sonrió durante el tiempo en que Esteban mantuvo el contacto.

Después guardaron silencio. Nuria probó todos los enfoques, todas las posturas posibles y disfrutó de cada instante.

Tras la muerte de Julio, se sentía ligera como las gaviotas que rondaban la costa y se sostenían en el aire sin esfuerzo.

Ligera y valiente para defenderse a sí misma y a las personas que amaba.

Esteban se acomodó sobre una piedra plana y se limitó a observarla.

Desconocía la pasión de Nuria por la fotografía —y a buen seguro que otras muchas también—, pero en adelante dispondría del tiempo necesario para conocerla a fondo.

Aún no lograba creer que su historia de amor hubiera tenido un final feliz, como en uno de esos cuentos que terminan con un «fueron felices y comieron perdices», algo que casi nunca ocurría en la vida real y que jamás llegó a imaginar durante su encierro en la cárcel.

¿Cómo habría podido soñar con la dicha en medio de tanto dolor? ¿Cómo soñar con la libertad cuando el tiempo se había quedado detenido en el infierno?

* * *

Los hechos se precipitaron con la irrupción del general Orlando Vallejo en el cuartel de la Guardia Civil.

El militar apareció escoltado por el juez de instrucción y el alcalde de Llanes.

Vallejo puso a todos los guardias firmes, como si formasen parte de su ejército, y nadie se atrevió a cuestionar su autoridad.

Les dijo que quería al asesino de su hijo entre rejas y que no le importaba ni lo más mínimo que fuera su jefe.

Los guardias aceptaron sus órdenes, respaldadas por el auto de detención que había dictado el juez.

A ellos tampoco les importó que el detenido fuera su jefe: Sancristóbal siempre se había comportado como un déspota arrogante y se había granjeado un montón de enemigos.

No tenía ni un solo aliado en el cuartel.

Él mismo había cavado su propia tumba y tallado en piedra su epitafio.

Le costaría mucho encontrar a alguien dispuesto a rezar un responso por su espíritu.

Era muy probable que también tuviera que hacerlo él.

Cuando por fin los liberaron, Esteban tenía el cuerpo magullado y el alma rota.

Nuria le examinó con idéntica proporción de inquietud y devoción.

Luego se fundieron en un abrazo tan íntimo, que despertó la incomodidad de cuantos les rodeaban.

Les dio igual. Ella le preguntó por la tortura, por los golpes que podían leerse en los más variados lugares de su cuerpo como un mapa de magulladuras.

La preocupación de Nuria le conmovió, aunque él sabía que las heridas físicas cicatrizarían más rápido y mejor que las mentales.

Se preguntó si sería capaz de superar el miedo a perderlo todo.

Eso iba a ser más difícil y tardaría más tiempo.

La proximidad de la muerte, tan cercana como su sombra durante todo el encierro, le había afectado hasta el punto de ver peligrar su cordura.

Quería refugiarse en Nuria para olvidarse de lo sufrido, pero la posibilidad de que regresase a Madrid, ahora que ya no estaba atada a la voluntad de Julio, le inquietaba demasiado.

No se atrevía a preguntarle de frente y trató de enmascarar sus dudas en otras que no pudieran hacerle tanto daño.

—¿Qué vas a hacer con la Casa Azul? —Le planteó en cuanto dispusieron de tiempo para estar a solas. Nuria clavó su mirada en él y le regaló una sonrisa amplia, sincera. La libertad, en el sentido más absoluto, le sentaba bien.

—Venderla —afirmó plenamente convencida. Durante un momento pareció que iba a añadir algo más y Esteban aguardó expectante. Sin embargo, Nuria vaciló, apartó la mirada y se mantuvo en silencio.

—Los Melgar siempre han sido los propietarios de la Casa Azul. ¿No lamentas desprenderte de ella?

—No —negó rotunda—. No me siento amarrada por la voluntad de mis antepasados.

Tampoco le debo nada a mi tatarabuelo. Su tiempo pasó hace décadas.

Él fue todo lo libre que se puede ser para tomar sus decisiones y yo quiero serlo para tomar las mías.

Necesito serlo. Además, no puedo vivir allí: mi dolor resonaría como un eco entre sus paredes.

Me volvería loca. Quiero olvidar mi pasado con Julio, sepultarlo bien hondo; y si tengo que hacerlo entre las ruinas de la Casa Azul, que así sea.

—Solo vas a venderla, ¿verdad? ¿O tienes intención de echarla abajo? —preguntó irónico, aunque no tenía ganas de bromas.

—¡Qué gracioso! —dijo ella, a la vez que arrugaba la cara con un mohín de burla—. Solo voy a venderla —Nuria volvió a centrar su atención en él y en la expresión de su rostro se reflejó la duda—. ¿Qué quieres saber? ¿Qué es lo que te preocupa de verdad?

Esta vez fue Esteban quien apartó la mirada antes de que se le empañase de emoción.

Nuria cerró los ojos para hacer acopio de valor.

Tenía miedo de abrir su corazón después de su desastrosa historia reciente.

Aun así, podía sentir que el músculo palpitaba con fuerza en el interior de su pecho.

Tal vez no fuera tan frágil como ella creía.

Se recordó a sí misma el tipo de hombre que tenía enfrente, sus valores, sus principios.

La distancia entre Julio y él era abismal: dos continentes separados por un océano.

—Está bien. Tú ganas… Te diré lo que quiero yo.

Quiero quedarme aquí, en Llanes, contigo.

Deseo vivir en esa casita vuestra al borde del acantilado; despertarme y dormirme cada día oyendo el viento, el rugir del mar y la música de los Beatles.

También pretendo montar un negocio y hacer muchas fotos, tal vez colaborar con El Oriente de Asturias…

—¡Vaya…! Lo has pensado mucho —bromeó Esteban feliz, antes de acercarse a ella para abrazarla como a su más preciado tesoro. Y allí, en el calor de ese abrazo, sintió que empezaba a recomponerse y que el futuro era posible.

—No he pensado en otra cosa —confirmó Nuria con un brillo dichoso en la mirada. Sus palabras, rotundas y sinceras, acariciaron el alma de Esteban.