Epílogo Like dreamers do
EPÍLOGO
Like dreamers do
Nuria ha sido la primera de los Melgar en atreverse a hacerlo: ha vendido la Casa Azul.
El palacete construido por su tatarabuelo ya no les pertenece.
Aun así, tiene la impresión de que su familia siempre será la propietaria en la memoria del pueblo.
No importa. Puede que, a partir de ahora, ella misma consiga verla con otros ojos, como algo ajeno que se admira desde la indiferencia. O no. Solo el tiempo lo dirá.
En cualquier caso, ha encontrado cierto resarcimiento en desprenderse de ella.
El dinero de la venta le ha dado la posibilidad de hacer realidad sus sueños.
La tienda de fotografía le permite captar la felicidad de otros y disfrutar a diario de sus vidas sencillas, sin complicaciones.
Sin embargo, ya no es tan importante como lo era antes, al principio.
Ahora conoce la felicidad de primera mano; la suya, la propia.
Vive con Esteban en la casita blanca al borde del acantilado.
Cada mañana se asoma a la ventana para ver el mar y descubrir de qué color ha amanecido: argentado, verde o azul.
También vigila su estado de ánimo: sosegado, revoltoso y, a veces, violento.
Nunca es el mismo. En esta tierra, bañada por las aguas, el Cantábrico forma parte del día a día. Es uno más.
Gracias a la recomendación de Román Cueto, comenzó a colaborar con El Oriente de Asturias —, otro sueño cumplido.
En el periódico valoran su talento y le compran las fotografías que toma en las romerías y demás festejos del pueblo: la devoción del Bando de la Magdalena, el púrpura de las flores que adornan la talla, la maravillosa faz de la santa…
La imagen de la Magdalena también remueve algo en ella.
Cuando asistió a su primera procesión y Esteban la vio emocionada, le dijo que estaba seguro de que sus ancestros llaniscos habían sido partidarios del Bando, algo que se transmitía en la sangre de generación en generación.
Desde entonces, a ella le gusta pensar que tiene razón.
Su trabajo en el periódico y las conversaciones con las gentes del pueblo, que poco a poco la aceptan como uno de los suyos, le han permitido rebuscar en la memoria de Llanes.
No ha podido olvidarse del pasado de los Melgar.
La sombra de sus ancestros, de Mario, Malena y Dimas, está pegada a ella como su propia sombra.
Tampoco le importa: cuanto más conoce de ellos, más completa se siente.
¡En la vida de cada uno encuentra explicación a tantas cosas!
La Casa Azul será un hotel de lujo. No sabe si los propietarios mantendrán su nombre o la bautizarán de nuevo.
Después de tantos años de soledad y abandono, todos sus huecos —escaleras, habitaciones y pasillos— se llenarán de gente y de actividad.
A veces se pregunta si eso le gustará a la casa.
Sí; entiende que es una tontería preguntarse si algo le gustará a un edificio, como si el lugar estuviera animado por algún espíritu.
Aunque solo ella sabe lo que vio allí. Nunca se lo ha contado a nadie, ni siquiera a Esteban, pero está convencida de que fue Malena, su bisabuela, quien trató de advertirla del peligro que corría.
Malena atravesó océanos de tiempo para cuidar de ella, de su familia.
La historia de los Melgar está conclusa. Nuria ha sido capaz de cerrar el círculo.
Al fin se acaba el silencio de la Casa Azul.
Está a punto de llenarse de ruido, de vida.