62 Not guilty
Not guilty
El general Orlando Vallejo parpadeó incrédulo.
Pocas veces en su vida, y desde luego ninguna de ellas de adulto, se había sentido así.
Irguió la espalda con esfuerzo y adoptó una expresión severa para disimular su desconcierto.
Eso fue todo lo que pudo hacer. ¿Palabras?
Ninguna. Se sentía incapaz de decir algo de lo que no tuviera que arrepentirse más tarde.
Miró a las mujeres —un grupo de lo más variopinto— y al diminuto hombre que las acompañaba.
Tenía un aspecto insignificante y, sin embargo…
El general contempló el cuchillo y revisó la documentación esparcida sobre la mesa de la habitación.
Agarró uno de los papeles con tanta fuerza que lo arrugó.
Se lo acercó a la cara para volver a leerlo, pero las letras formaron borrones incomprensibles.
De pronto, se sintió muy viejo. Su vanagloriado aplomo se desvanecía y detestaba esa sensación de fragilidad con cada partícula de su alma.
—¿Está seguro de lo que afirma? —preguntó al forense, apuntándole con su informe.
—Totalmente —dijo Martirio, consciente de lo mucho que se jugaba—. Su hijo fue asesinado con el cuchillo de caza de Rafael Sancristóbal. Le clavó una puñalada en el corazón, una estocada mortal de necesidad —concluyó un tanto dramático.
—¿Y la otra herida?
—Jamás habría muerto a causa de ella; la lesión era superficial.
El general Vallejo percibió que una gota de sudor frío le resbalaba por la nuca y se adentraba en la guerrera de su uniforme.
No iba a desmoronarse ante unos extraños.
Tenía que poner fin a aquel encuentro. Paseó la vista, una vez más, sobre los papeles que le habían traído para sustentar su versión.
Necesitaba tiempo para asimilarlo. Ignoraba cuánto.
—Deben irse —les dijo haciendo un gesto autoritario con el brazo.
Las mujeres se miraron entre sí y el hombrecito hizo amago de recoger los documentos y el arma del crimen—.
¡No! —gritó Vallejo tajante, recuperando parte de su autoridad.
Así se sentía más cómodo—. Los papeles y el cuchillo se quedan aquí.
Martiño se encogió asustado y buscó apoyo en las mujeres que lo acompañaban. Su suegra movió el mentón hacia arriba, como si le exigiera hacer gala de los arrestos que le faltaban. El forense tomó aire y se resignó a hacer un último intento:
—Disculpe, general, pero tengo que llevarme las pruebas. Comprenda que son cosas del procedimiento… —dijo, al tiempo que pensaba que nada de lo que estaba haciendo respetaba el «sacrosanto» procedimiento.
Vallejo se interpuso entre Martiño y la mesa y lo fulminó con la mirada.
—¡He dicho que se quedan aquí! —Sus ojos, de un azul acerado, no admitían más réplicas.
Nadie se atrevió a contradecirlo: su cargo y sus relaciones pesaban demasiado. Abandonaron el cuarto con la impresión de que dejaban el destino de Nuria y Esteban —y en cierto modo el suyo— en manos de un hombre al que apenas conocían.
Era como caminar por la cuerda floja y sin red.
* * *
Sancristóbal dormía la siesta cuando unos golpes en la puerta lo despertaron.
Maldijo en silencio a quien se atrevía a interrumpirle el sueño, pero se limitó a darse la vuelta.
Ya se ocuparía Carmen de abrir. Necesitaba descansar un rato para disipar el poso de alcohol que le había dejado el almuerzo.
Volvieron a sonar los golpes, esta vez, más insistentes.
Apretó los ojos con fuerza y notó que la irritación se apoderaba de él, dinamitando los restos de sueño.
Le llegaron unos gritos airados, amenazantes.
Rafael se resignó a abandonar la cama, aunque también se prometió que alguien pagaría por ello.
Se limitó a ponerse los pantalones, atravesó el pasillo y abrió la puerta en camiseta interior de tirantes.
Cuatro de sus hombres esperaban fuera. Frunció el ceño extrañado.
¿Qué podía ser tan grave para que acudieran a su casa y en tropel a buscarlo?
¿Por qué no se habían limitado a llamar por teléfono?
—¡Maldita sea, Martínez! ¿Qué demonios hacéis aquí…
? —Tardó unos segundos de más en darse cuenta de que Martínez y compañía portaban sus armas reglamentarias en las manos.
De pronto, su mundo se desmoronó al completo y el miedo clamó a gritos en su interior.
Tuvo que esforzarse para que el grito no se le escapase por la boca.
—¿Rafael Sancristóbal? —preguntó el sargento Martínez, como si pudiese albergar alguna duda sobre la identidad de su jefe—. Queda detenido por el asesinato de Julio Vallejo.
Sancristóbal notó que las piernas se le tornaban blandas y que ya no le sostenían.
Pensó en mil cosas descabelladas, entre otras, en la pistola guardada en la cartuchera que colgaba de uno de los boliches de su cama.
¡Maldita siesta! Por mucho que corriese, no le daría tiempo a cogerla.
Aunque tal vez pudiera engañarlos… Tendría que matarlos para escapar, pero, si había sido capaz de hacerlo con Julio, ¿qué problema podían suponer unos hombres que le resultaban tan indiferentes como ridículos?
—Voy a acabar de vestirme —les dijo empleando su tono más altivo: no conseguiría nada mostrándose débil. Sus hombres intercambiaron una mirada dudosa. Rafael los observó sin dejar traslucir sus temores. Su rostro, hermético en apariencia, temblaba por dentro. Martínez se le acercó antes de hablar:
—Lo siento, jefe. Tengo que ponerle las esposas.
De seguido, se abalanzó sobre él, sin darle tiempo a reaccionar.
Sancristóbal trató de resistirse, pese a la juventud y la mejor forma física del sargento.
Cuando Martínez le dio la vuelta y, tirando de él, le puso en pie esposado, el comandante comprobó que lo que le había dicho su subordinado era puro fingimiento.
No lo sentía en absoluto: la expresión de su cara mostraba su más profunda satisfacción.
Rafael Sancristóbal jamás se había caracterizado por su inteligencia —que se limitaba a cierta astucia revestida de maldad—, pero, en ese momento —tal vez por instinto—, se supo perdido.
Toda su fuerza se diluyó en un mar de desesperación.
Las olas lo engulleron.