61 I need you #2
Nuria contempló la pared de enfrente, recortada por la silueta de los barrotes de su celda.
Durante el encierro había repasado cada grieta, cada desconchón y cada mancha de humedad en el muro.
Ni siquiera habían colgado un triste cartel de advertencia, así que no había nada más que ver.
Pensó en lo que sería vivir así el resto de su existencia.
No podría acostumbrarse a ello. ¿Cómo lograban sobrevivir los presos a la añoranza de los grandes espacios?
Puede que ese fuera el verdadero castigo: verse condenado a una eternidad de paredes mugrientas, sin poder mirar a otro lado.
Aburrida como estaba, y pendiente de cualquier estímulo, creyó distinguir el chirriar de cerraduras herrumbrosas y unos pasos marciales que avanzaban por el corredor.
Se preguntó qué sería de Esteban. Hacía muchas horas que no le oía gritar, aunque una idea envenenada le impedía disfrutar del silencio: la posibilidad de que aquel silencio se debiera a algo peor.
Un hombre vestido de uniforme se detuvo ante la celda.
Ella parpadeó incrédula y, de forma inconsciente, retrocedió hasta tropezar con la pared del calabozo.
Ni siquiera pensó que eso la hacía parecer más culpable: solo quería alejarse de todo lo relacionado con Julio.
El general Vallejo arrugó la nariz como si en aquel lugar oliera mal y, probablemente, así era.
Su mirada severa, más de lo habitual, le atravesó el alma y se sintió como una niña pequeña y desvalida.
La necesidad de explicarse, de justificarse, se le atragantó en la garganta.
Tuvo que recordarse a sí misma que había sido el hijo del general quien trató de matarla y no a la inversa.
—¡Maldigo el día en que acepté ayudar a tu padre! —Manifestó Vallejo con un tono pausado que helaba la sangre—. Jamás imaginé que vuestra ruindad podía llegar tan lejos…
—Yo no maté a Julio —dijo Nuria, pese a tener la certeza de que no iba a convencer a su suegro.
—No me importa si fuiste tú o fue tu amante, pagarás de igual modo. Desempolvaré el garrote vil para ti. Disfrutaré de verte morir sufriendo —afirmó acercando su rostro de asceta a los barrotes del calabozo. Después de soltar la amenaza, pareció más aliviado.
Nuria no quería escucharlo, pero esa era otra de las cosas que no podía decidir. Resignada a su suerte, se preguntó si el general habría preparado su discurso de antemano. Supuso que sí. Vallejo le dio la espalda y dio unos pasos para alejarse de ella.
—Me pegaba —se le escapó, sin saber muy bien por qué se lo contaba: así solo le daba argumentos para reforzar sus ideas.
Sin embargo, al ver que su suegro se detenía en seco, ella continuó—.
Me pegaba por cualquier motivo, por absurdo que fuera.
Con el paso del tiempo, se volvió más violento, más brutal, y comencé a temer por mi vida. No tenía a nadie a quien recurrir…
El general alzó una ceja y su rostro se revistió de escepticismo.
—No es cierto —negó Vallejo apartando la mirada de ella. Nuria iba a defender su verdad, cuando el general añadió—, tenías a tu amante…
Nuria se tambaleó como si le hubieran arreado una bofetada en la cara. Los pasos del militar se alejaron furiosos, pero la crueldad de los Vallejo se quedó en la celda con ella.
Esa sería su única compañía.
* * *
Carmen no entendía cómo habían logrado convencer al forense Martiño Seijas para que probase que el cuchillo de caza de Rafael era el arma del crimen.
No solo corría peligro su trabajo y su prestigio, sino que, a buen seguro, había mucho más en juego.
Sus reparos iniciales se desvanecieron cuando tuvo los resultados de las pruebas: restos de sangre en la hoja —que coincidían con el grupo sanguíneo de Julio Vallejo— y la irrefutable correspondencia con la profundidad y la forma de la herida.
Rafael le había clavado el cuchillo hasta el mango y la marca de la empuñadura había quedado grabada en la piel del difunto.
La cuestión más compleja era qué podían hacer con toda la información, los indicios y las pruebas que manejaban.
¿Quién los escucharía? La Guardia Civil contaba con hombres íntegros —Seijas los conocía—, pero estaban subordinados a Rafael y le debían obediencia.
No se atreverían a vulnerar la cadena de mando.
La prensa no relataría su historia, por jugosa que fuera, si no contaban con respaldo oficial.
El tiempo tampoco jugaba a su favor: el general Vallejo, el padre de Julio, apuraba los plazos y ya se hablaba de trasladar a Nuria a una cárcel de mujeres.
Además, Carmen se consumía de angustia: tarde o temprano, su marido descubriría la ausencia del cuchillo y solo encontraría una culpable.
—Tenemos que remover el avispero antes de que nos piquen —dijo Flavia, que no soportaba pensar en el maltrato que estaría sufriendo su nieto. Aunque lo había intentado varias veces, ni siquiera le habían dejado verlo.
Carmen asintió con vehemencia. Ella pensaba lo mismo, pero su dilema era justo lo opuesto a una encrucijada: no se le ocurría ni un camino ni una opción.
Miró en derredor: Matilde, Martiño, Flavia y Virtudes ocupaban el sofá y las sillas disponibles en casa de esta última; a ella le había tocado un orejero adornado con mantelitos de ganchillo en los reposabrazos.
Se habían reunido en torno a una chimenea apagada.
El otoño apenas había comenzado, pero una lluvia inclemente azotaba las ventanas.
El Galleguín se ofreció a encenderla. Virtudes lo desechó con un gesto de la mano: debían ocuparse de cosas más importantes.
Si alguien los hubiera observado a través de las ventanas, pensaría que la suya era una inocente reunión de amigos y no un conciliábulo para salvar la vida de dos personas y atrapar al verdadero culpable del asesinato de Julio Vallejo.
Carmen sintió la angustia arrebujarse en la boca del estómago.
Notaba su presión en el pecho, como si alguien le estuviera plantando su bota encima.
Ella se jugaba más que el resto. Sucediera lo que sucediese, no habría un final feliz para su familia.
Solo aspiraba a mantener a la pequeña Covadonga a salvo.
—Esta mañana estuvo en el cuartel el padre del finado. Me dijeron que es un general del Ejército de Tierra. También se rumorea que es íntimo de Franco. Hasta el alcalde quiso acompañarlo al puesto —les contó Martiño para romper el incómodo silencio.
—¿El padre de Julio es general y amigo de Franco? —preguntó Flavia asombrada. El Galleguín asintió con vehemencia. Todo lo asociado al caso le recordaba a un polvorín a punto de estallar.
Los reunidos guardaron silencio de nuevo, mientras cada mente se esforzaba en pergeñar un plan que les era esquivo.
Había demasiado en juego.
Flavia carraspeó para captar su atención.
Contempló los rostros atentos, expectantes, y notó una punzada de remordimiento.
Pensó en callar, pues no deseaba arriesgar la vida de ninguno de ellos.
No obstante, siguió adelante con su plan.
Como se había prometido desde un principio, haría cuanto estuviera en sus manos para salvar a Esteban.
Ya lo hizo una vez cuando era niño y volvería a hacerlo una y cien veces más.