61 I need you
I need you
El general Vallejo jamás se había sentido orgulloso de Julio, ni siquiera de niño, pero formaba parte de su familia y nadie tenía derecho a arrebatárselo.
Y menos esa mosquita muerta. Cuando su hijo se empecinó en casarse con Nuria Melgar, él no dudó en exponer sus recelos al enlace.
Tenía toda una lista de objeciones a la familia de la novia, pese a que Abel había sido uno de sus mejores amigos.
Una cosa era la amistad y otra el parentesco.
«De aquellos polvos vienen estos lodos», dijo para sí.
Julio jamás fue bueno tomando decisiones.
Él mismo tuvo que rescatarlo varias veces.
Detestaba pedir favores, tener que humillarse para conseguir ayuda.
Vallejo creía que la soberbia era la mejor virtud de un hombre, aunque otros la considerasen un pecado capital.
Sin soberbia, jamás habría llegado tan lejos.
Y ahora que rondaba la senectud, se amarraba a su arrogancia como a un salvavidas que lo mantenía a flote.
Cuando recibió la llamada que le comunicó la muerte de su hijo, sintió que el peso de los años se le acumulaba en las piernas y que ya no podrían sostenerlo por más tiempo.
No obstante, se negó el derecho a sentarse.
La debilidad no formaba parte de su carácter.
Colocó el puño sobre la mesa y se mantuvo en pie a golpe de voluntad.
Así aguantó las explicaciones y las condolencias que vinieron después.
Cuando colgó, su mente, rápida como la centella, ya había pergeñado un plan.
Su estrategia comenzaba con una visita al Pardo.
Iba a viajar hasta Asturias en busca de respuestas y necesitaba el respaldo de Franco para hacer y deshacer a su antojo.
Se prometió que ese sería el último favor que pediría por Julio, al que solo le quedaba el derecho a una memoria digna.
Vallejo cumplió con su plan paso por paso.
Había llegado a Llanes la noche antes y se hospedó en un pequeño hotel, poco más que una pensión, del casco antiguo de la villa.
Podría haberse alojado en la Casa Azul, pero prefería mantenerse alejado de todo lo que le recordase a los Melgar.
El general se ajustó la corbata, enderezó las medallas que jalonaban su pechera y se puso la gorra de plato.
Se había ataviado con el uniforme de general: así reforzaba su autoridad y el respeto que le profesaban; un respeto que estaba teñido de miedo, sin duda, pero eso era algo de lo que siempre supo sacar ventaja.
Desde el momento en que lució los galones por primera vez, descubrió que el poder resultaba sumamente adictivo.
Sus decisiones, incluso sus caprichos, controlaban la vida de otros.
Tal certeza le caldeaba las venas y le compensaba por el resto de las miserias que había que afrontar cada día.
Se echó un último vistazo en el espejo, solo para comprobar que todo estaba en orden.
Aceró la mirada y sus ojos azules, casi grises, irradiaron un brillo metálico.
Vallejo le brindó una firme cabezada a la imagen del espejo, que se la devolvió junto a una buena dosis de confianza.
Poco después, abandonaba el hotel para reunirse con la viuda de su hijo y su amante.
* * *
Los brotes de rebeldía estaban ahí, a punto de germinar, pero le asustaba pensar que se pudrirían antes de nacer.
Sus manos temblaban animadas por el nerviosismo que agitaba su alma.
Tenía miedo, sí, pero no podía dejar de buscar.
Algo se había apoderado de ella, algo que no controlaba y que, de seguir por el mismo camino, la conduciría al abismo, a la perdición.
Aun así, cogió una banqueta, la arrimó al armario y se subió a ella.
Palpó con una de las manos, mientras se agarraba al borde del mueble con la otra.
Lo primero que se encontró fue el polvo acumulado sobre las cajas de cartón.
En otro momento de su vida, se habría recriminado por ello.
Ahora no. A pesar de la silla, el ropero era tan alto que le costó recorrer cada esquina.
No encontró lo que buscaba y los brazos se le resintieron del esfuerzo. No le importó.
Se detuvo a pensar. Debía ponerse en la piel de su esposo.
¿Dónde escondería sus secretos más oscuros?
Jamás se arriesgaría a hacerlo en el cuartel.
Rafael era astuto, de un modo primitivo, aunque muy eficaz.
Él elegiría un lugar inocente, neutro, donde a nadie más se le ocurriese buscar.
Un estremecimiento le sacudió el cuerpo.
Fue como si la atravesara una revelación.
Por primera vez se preguntó si debía continuar.
No había pensado en las repercusiones que sus actos tendrían para su hija.
Hasta la mejor de las resoluciones les cambiaría la vida para siempre.
«No importa», se dijo una vez más, «pase lo que pase, será mejor así».
Los brotes de rebeldía habían enraizado con fuerza.
Decidida, se dirigió a la habitación de Covadonga que, ajena a todo, dormitaba una placentera siesta en el corralito instalado en el salón.
Si su intuición resultaba acertada, Rafael no tendría perdón de Dios.
Cerró la puerta tras ella y contempló las cuatro paredes de aquella habitación que había decorado con tanta ilusión y amor.
Un error bastante frecuente era pensar que un bebé podía salvar un matrimonio.
Ahora sabía que no era así y se sentía culpable por haberle dado a su esposo potestad sobre la vida de otro ser humano.
Se afanó en buscar antes de que la culpa atenazase sus manos.
Movió cada mueble del cuarto a la caza de los escondrijos menos obvios.
Repasó la parte inferior de los cajones de la cómoda.
Tuvo que emplearse a fondo para llegar al extremo más alejado.
La embocadura de los cajones le rozaba los antebrazos.
Estiró los dedos y los movió de arriba abajo.
Notó una irregularidad, algo que no debería estar allí, y se le desbocó el corazón.
Retiró las manos como si el bulto quemase.
Se alejó un poco, se sentó sobre los talones y contempló el mueble con disgusto, como si en el fondo no quisiera verlo.
Tardó un buen rato en reunir el valor para arrancar el cajón y darle la vuelta.
Al otro lado, sujeto con cinta americana, estaba el cuchillo de caza de Rafael y unas tijeras de podar que no había visto antes.
Sofocó un grito de horror y se llevó la mano derecha a la garganta.
Sintió que su respiración se desbocaba y que iba a sufrir un ataque de pánico.
Cerró los ojos y balanceó el cuerpo de manera inconsciente.
Solo consiguió marearse. Se apoyó en el suelo y trató de reprimir la necesidad de hundirse, de dejarse caer hasta el fondo.
Arrancó la cinta americana con torpeza y envolvió el cuchillo y las tijeras en uno de los trapos que usaba de pañal para la pequeña Covadonga.
Devolvió el cajón a su sitio y, a punto de preguntarse qué hacer con lo que había encontrado, oyó el sonido del timbre.
Dos veces. Pensó en ignorarlo, pero la persona que estaba al otro lado de la puerta no tenía intención de rendirse: los golpes con la aldaba, tan insistentes como martillazos, así lo atestiguaban.
Se dirigió a la entrada para librarse rápidamente de la inoportuna visita.
Compuso una sonrisa impostada, que tenía más de mueca que de otra cosa, y abrió la puerta.
Primero una rendija. Después, al comprobar que solo era una anciana, se apoyó en el umbral dispuesta a escucharla.
—Disculpe la molestia; ya sé que no me conoce. Mi amiga Virtudes me explicó dónde vivía. Lamento importunarla, pero tengo que hablar de algo con usted. Es importante…, muy importante.
Carmen la observó: los ojos de la mujer reflejaban una tristeza profunda. Sensible como estaba, aquella emoción le tocó el alma. Las lágrimas se le agolparon en las pestañas, convocadas por todo el sufrimiento acumulado.
—¿Se encuentra bien? —se interesó la mujer, acercándose solícita.
Carmen negó con la cabeza. Era evidente que no estaba bien y se preguntó si volvería a estarlo alguna vez.
—¿Quién es usted? —Las palabras le salieron atragantadas por el llanto.
—Soy Flavia, Flavia Carcedo. Mi nieto, Esteban Carcedo, era el jardinero de la Casa Azul…
—Y ahora está detenido por el asesinato de Julio Vallejo —añadió Carmen para rematar la explicación.
—Sí, pero él no lo hizo. Nuria y Esteban son inocentes —aseguró la anciana tratando de resultar convincente—. Sé que es una petición absurda, desesperada… Necesito saber si puede ayudarme de algún modo.
Sus miradas se cruzaron y sus ojos se quedaron enganchados, estableciendo un diálogo silencioso.
Carmen admiró la fortaleza que se escondía en ellos; Flavia intuyó su bondad y un conato de rebeldía.
Quiso pensar que había esperanza para su nieto.
Con un ademán, Carmen la invitó a pasar y cerró la puerta a su espalda.
En el angosto recibidor —alumbrado por la cicatera luz del zaguán—, las separaba poco más de un metro.
Carmen se giró hacia la consola adornada con un jarrón repleto de hortensias y agarró un bulto de tela.
Lo sostuvo en la palma de la mano izquierda mientras lo desenvolvía con la derecha.
Su modo de actuar tenía algo de ceremonial y Flavia, consciente de la importancia del momento, le prestó atención.
Un brillo metálico destelló en la semioscuridad del zaguán cuando Carmen le mostró el contenido como si fuese una ofrenda. Y en cierto modo lo era.
—Ojalá esté equivocada, pero creo que este es el cuchillo con el que mi marido asesinó a Julio Vallejo.
* * *