60 Because #2
Ese gesto, que podía parecer banal, formaba parte de un código secreto que Matilde dominaba a la perfección.
Al cruzar los brazos, su pecho ascendía hasta que el escote revelaba el inicio de sus redondeces.
Era una manera de recordarle, sin demasiada sutileza, lo que estaba en juego.
El forense, que en el fondo tenía locura por su mujer, valoró los pros y los contras de la situación.
No le gustaba el cariz que estaba tomando la investigación; ni las prisas con las que actuaba Sancristóbal.
El comandante se había empeñado en dar carpetazo a la muerte de Julio Vallejo sin tomarse el tiempo necesario para atar los cabos sueltos.
Incluso se había atrevido a sugerirle que simplificara el informe de la autopsia y eliminase parte de las conclusiones, algo a lo que Seijas se había negado rotundamente.
Por mucho que le fastidiase reconocerlo, su suegra tenía razón: la verdad era lo único que daba sentido a su profesión, lo mínimo que les debía a los cuerpos que pasaban por sus manos.
—Espero que no nos arrepintamos de esto —musitó convencido de que sus actos tendrían consecuencias muy desafortunadas—. Avise a su amiga Flavia —añadió levantando la voz y dirigiéndose a su suegra—. Ya que voy a romper la confidencialidad de mi cargo, prefiero no tener que contarlo dos veces.
Su mujer se acercó y lo abrazó satisfecha, como siempre que se salía con la suya.
Seijas sintió la calidez del cuerpo de Matilde, algo que normalmente disipaba sus recelos y le dejaba un poso de satisfacción.
Sin embargo, esta vez no fue así y Martiño no pudo evitar preguntarse si, en esa lucha de principios y voluntades, había errado el tiro.
* * *
Flavia se acercó a la chimenea y colocó dos leños sobre los morillos.
Con eso sería suficiente para mantener el fuego hasta que se acostase, si es que aquella noche conseguía dormir.
Se recostó en el orejero y colocó los cojines de manera estratégica para calmar el dolor de huesos que la martirizaba desde hacía días.
Se avecinaba lluvia; esa era la razón. Flavia deseaba que descargase de una maldita vez y se acabase el suplicio.
Recuperó la taza con la infusión de manzanilla que había dejado sobre la mesa.
La rodeó con ambas manos y dejó que el calor y la sensación de bienestar se expandiesen por su cuerpo.
Cada temporada, al final de la primavera, recolectaba la manzanilla junto a su nieto, una tradición que conservaban desde que Esteban era un chiquillo.
Las flores se extendían por la pradera como un manto oloroso, siempre avariciosas de espacio.
Ellos se conformaban con llenar una cesta de mimbre, suficiente para un año de infusiones, y dejaban el resto campando a sus anchas.
Paladeó la bebida, a la que le había añadido un chorrito de miel, y volvió a repasar la conversación que esa misma tarde había mantenido con el Galleguín, el yerno de Virtudes:
—Que quede claro que solo hago esto porque no me gusta cómo se está llevando la investigación —explicó Martiño para empezar.
—Estoy segura de que tus reparos van mucho más allá de un simple «no me gusta» —replicó la anciana tratando de imprimir convicción a su voz. Había mucho en juego y el forense era un peón que no podía perder.
—¿Por qué dice eso? ¿Qué sabe? —preguntó el forense extrañado.
—Sé dos cosas. La primera, que mi nieto y Nuria son inocentes. La segunda, que no arriesgarías tu trabajo y tu posición por nada. Virtudes me ha dicho que eres un hombre íntegro, de fiar. Eso te honra, pero sabrás que la integridad siempre se cobra un precio. ¿Estás dispuesto a pagarlo?
Martiño parpadeó varias veces, desconcertado por la intensidad de Flavia. Miró a su suegra, que cabeceó levemente para infundirle ánimos, y luego a su mujer, que compuso una sonrisa nerviosa. Tardó unos segundos en continuar; los necesarios para organizar sus ideas o para reunir el valor necesario.
—Las heridas de Vallejo hablan por sí solas. Le clavaron algo poco afilado, es probable que unas tijeras, en el brazo. Esa herida no le habría causado la muerte: no afectaba a ningún órgano vital. La causa de su muerte fue una puñalada en el corazón.
—¿Una puñalada? —Flavia separó la espalda del respaldo del asiento.
—Sí, le clavaron un cuchillo en el corazón. Por lo que tengo entendido, no aparecieron armas en la escena del crimen.
—¿Pudo arrancárselas él?
—Quizás las tijeras, pero el cuchillo le aseguró que no. La herida era mortal de necesidad. Fue una puñalada profunda y violenta —Martiño calló un instante, antes de añadir—, como si hubiera sido la venganza de un amante…
—Galleguín, no seas peliculero —le reprochó Virtudes, aunque luego cruzó una mirada especulativa con su amiga.
—No pudo ser Esteban —le dijo Flavia—. Él no me ocultaría algo así…
—La quiere mucho… Tú misma lo has dicho —replicó Virtudes, ejerciendo de abogado del diablo.
—Pero estaba dispuesto a dejarla para mantenerme a salvo. Mi nieto respeta la vida más que nada. Nunca llegaría tan lejos.
—Entonces, ¿quién puede estar detrás de todo esto? ¿Una mujer? —le preguntó Matilde a su esposo. Martiño reflexionó antes de responder:
—Una mujer enfurecida, tal vez… Hay algo que no me encaja. Las tijeras se clavaron casi al descuido, con poca fuerza. La puñalada, en cambio, tiene otra intensidad, otra intención… Si tuviera que apostar, lo haría por un hombre.
—Y si descartamos a Esteban, ¿quién nos queda? Los Vallejo llevaban poco tiempo viviendo aquí, apenas tenían relaciones y mucho menos enemigos… —dijo Flavia pensando en voz alta.
—En el cuartel se comenta que el difunto era íntimo de Rafael Sancristóbal… —apostilló Martiño.
—¡¿Cómo?! —Flavia se incorporó más en su asiento, casi a punto de ponerse en pie—. ¿Qué quieres decir con eso de que eran íntimos?
—¡No, no! —negó el forense, que fruncía el ceño agobiado—. No quise insinuar que hubiera algo entre ellos. ¡Válgame, Dios! No se me habría ocurrido nunca.
—Pues no sería tan raro… —afirmó Virtudes que, sin haber salido del pueblo, tenía más mundo que el Galleguín—. Mi hermano Luis, sin ir más lejos. El pobre se marchó al seminario para no tener que asumir eso de él…
—Pero Sancristóbal está casado y tiene una hija —dijo Martiño—. Además, él se las da de macho. Siempre está presumiendo de lo mucho que le gustan las mujeres.
—Dime de qué presumes y te diré de qué careces —cacareó Virtudes, empecinada en su idea.
—¿Quién puede saber la verdad? —preguntó Matilde para poner fin al rifirrafe.
El silencio inundó la sala de estar donde se habían reunido los cuatro. Si se prestaba suficiente atención, podrían oírse los engranajes de los cerebros en busca de respuestas. Flavia fue la primera en hallarlas:
—Si alguien sabe de lo que es capaz Sancristóbal, esa debería ser su mujer. Necesito hablar con ella. ¿La conocéis?
Matilde y Virtudes negaron con la cabeza. Flavia miró a Martiño, que de nuevo se convirtió en el centro de atención.
—No sé si abordar a la mujer del comandante es la estrategia más acertada —planteó dudoso.
—Galleguííín… —dijo Virtudes alargando mucho la «i»; lo que en realidad no significaba nada, pero fue suficiente para vencer los últimos recelos del forense.
—Carmen, la mujer de Sancristóbal se llama Carmen. Viven en una de las casitas del puerto, cerca del puente —confesó resignado.
—Pues ruego a Dios que Carmen sea una buena mujer —dijo Flavia antes de irse.
—Y valiente —concluyó Virtudes. A ella siempre le gustaba decir la última palabra.