60 Because
Because
Sancristóbal se paseaba ufano haciendo resonar con fuerza los tacones de sus botas.
Se planchó la chaqueta del uniforme con las manos y contempló los botones dorados razonablemente satisfecho.
Había dedicado buena parte de la mañana a sacarles brillo con un paño inmaculado que guardaba en el cajón superior de su escritorio.
El comandante siempre se encargaba de esa tarea en persona y lo hacía por dos razones: su mujer jamás podría satisfacer su nivel de exigencia y él hallaba cierto gozo en la concentración y precisión que requería.
Le gustaban las cosas bien hechas, casi cuadriculadas.
Quizás por eso había encontrado su sitio, casi un hogar, en la Guardia Civil.
Esbozó una sonrisa al pensar que no iba a ser el único en valorar un trabajo bien hecho.
A sus superiores les gustaban los asuntos bien rematados.
No quedaba ningún cabo suelto en el asesinato de Julio Vallejo.
Nuria y Esteban, los amantes de Teruel, formaban una pareja de sospechosos de lo más convincente.
Y, además, les habían pillado in fraganti, o así lo creían sus hombres.
Con eso sería más que suficiente a todos los efectos.
¡Había que ser muy necio para regresar al lugar de los hechos!
Pero siempre había alguien que se beneficiaba de la estupidez de otros y ese alguien, en aquel caso, era él.
Para rematar una jugada perfecta, Rafael debía obtener la confesión de alguno de los dos.
Sus hombres habían empezado con Esteban Carcedo, aunque el jardinero estaba mostrando más resistencia de la esperada.
«No importa, pensó Sancristóbal, tarde o temprano todos se rompen».
Dejó de pasear y se sentó en la mesa. Contempló con atención la superficie de madera: pulcra y ordenada a ojos del resto; solo que él no era como los demás.
Recolocó una fila de lápices que no estaban perfectamente alineados y desechó una mota de polvo, invisible para cualquiera que no hubiera sido él mismo.
Al tomar asiento, percibió que parte de su satisfacción decaía: pese a ver su venganza cumplida, no lograba exorcizar el rencor que sentía hacia Julio.
Por una vez, se dejó llevar por sus emociones —algo contrario a su carácter— y recordó el preciso momento en que Vallejo le comunicó que regresaba a Madrid.
Sus palabras le sonaron crueles, descarnadas: él no tenía derecho a decidir absolutamente nada; nadie le había preguntado.
Fue esa certeza, la constancia de que a ojos de Julio era totalmente prescindible, lo que clavó muy hondo la semilla de la discordia.
La simiente maduró en la soledad de su hogar, cuando se percató del intenso malestar que le causaba la traición de Vallejo.
Un agujero negro y profundo, alimentado de ira y rencor, que fue creciendo hasta devorar sus escrúpulos.
Resultaba más fácil borrar la decencia cuando solo era un esbozo a carboncillo.
Rafael no sentía ningún remordimiento por el destino que tendrían que soportar Nuria y Esteban.
Su pecado debía tener castigo. Solo Dios podía salvarlos.
Pero Dios no acostumbraba a ayudar a los adúlteros, y menos aún a los que no se arrepentían.
Los condenarían y nadie movería un dedo por ellos.
Una sucesión de imágenes se amontonaron en su mente, a pesar del esfuerzo por relegarlas. El olor de la sangre de Julio había penetrado en sus fosas nasales y se había adueñado de ellas. Empezaba a temer que ya no saldría de allí. Recordó las manos de su amante: duras, fuertes y violentas…
Con Julio había descubierto que el peor de los tormentos también tenía un reverso de placer. O tal vez había sido al revés:
—No vale para todos —le había dicho en una ocasión—. Piensa que solo los santos sufren calvario… —Añadió con una voz susurrante, muy distinta a la que empleaba el resto del tiempo—. Los timoratos jamás llegarán a entender el deleite que conlleva el dolor.
A Sancristóbal no le costó asumir la parte física de la relación, que reforzaba su idea de que aquello era asunto de «machos».
Fue el dolor del alma lo que no pudo soportar.
No iba a tolerar que otro hombre lo manejase a su antojo para olvidarlo después.
No había perdón para eso, ni para la humillación que traía consigo.
Arrugó el gesto y notó un picor que le ascendía desde las muñecas hasta el antebrazo, como una procesión de insectos bajo la piel.
Desabrochó el botón, se arremangó la camisa, cogió uno de los lápices y volvió a alinear el resto.
Observó la punta del lapicero, tan afilada como un cuchillo, y se la clavó en la muñeca izquierda, donde la piel era más tierna.
No se equivocaba. Nunca lo hacía. Podía soportar con creces esa tortura que se infligía a sí mismo. Sin embargo, no había podido hacer lo mismo con la locura que Julio había sembrado en él. Aquella pasión insana le había envenenado la sangre y aún tenía que purgarla.
Rafael sacó del bolsillo del uniforme un pañuelo impoluto y cubrió la herida y el humor escarlata que derramaba.
El lienzo se tiñó de rojo al instante; de continuar siendo el que era, tendría que haberse molestado por la mancha.
Sin embargo, se alivió al percibir que la rabia se le escapaba del cuerpo con la misma facilidad que la sangre.
* * *
Flavia no iba a permitir que le arrancasen lo único que le quedaba en la vida.
Puede que les confundiera su avanzada edad, su andar fatigoso, casi rendido.
Mejor así. Si las mujeres vencían alguna batalla, se debía a que los hombres siempre las subestimaban.
Ese era su peor error y ella podría sacarle provecho.
Recordó, una por una, las palabras de su nieto cuando fue a visitarlo a la cárcel.
Estaban bañadas en desesperanza y sinrazón.
Apartó las emociones a un lado y se centró en los hechos desnudos y objetivos.
La explicación más sencilla pasaba por culpar a Nuria y a Esteban, y semejante realidad pesaba como una piedra de la que sería muy difícil desprenderse.
Debía encontrar la forma de demostrar lo contrario: la pareja tendría que probar su inocencia.
Flavia fue dolorosamente consciente de que ella no lograría gran cosa sola.
Necesitaba aliados, mas su mente se había quedado huérfana de nombres y de rostros.
No se le ocurría nadie a quien recurrir y la soledad y el miedo formaban un tándem mortal.
Se negó a asomarse al abismo que se abría ante ella.
Pensó en visitar a Virtudes, la única amiga que le quedaba.
Virtudes era una mujer humilde —como ella—, acostumbrada a luchar por todo y carente de influencias, pero al menos la escucharía sin juzgar a Esteban.
Siempre lo había querido como marido para su única hija, hasta que Matilde, harta de esperar, se casó con un médico de El Ferrol que había obtenido la plaza de forense…
De pronto, su mente se frenó y casi pudo sentir que el cerebro se le expandía y chisporroteaba de gusto.
El marido de Matilde sería el forense encargado del caso y su mejor oportunidad para conocer de primera mano lo ocurrido la noche del crimen.
Por más que se esforzó, no logró recordar el nombre del buen doctor.
Virtudes, empeñada en quitarle importancia, siempre le llamaba «el Galleguín», en alusión a su origen y su baja estatura.
Aquel olvido no tenía la menor importancia: su vieja amiga le pondría remedio.
«Tendré que visitar a Virtudes», murmuró para sí misma, y se sintió afortunada por algo que sí sabía: el Galleguín jamás se atrevía a llevarle la contraria a su suegra.
* * *
Martiño Seijas había asumido mucho tiempo atrás que su vida familiar estaba manejada por su mujer y su suegra; en particular, por esta última, que ejercía de matriarca incontestable.
Lo que podría parecer un drama, o cuando menos un incordio a ojos de hombres más tozudos y dominantes, no lo era en su caso: Matilde y Virtudes cuidaban de él con primor excelso.
A cambio, solo tenía que dejarse gobernar por ellas o simularlo siquiera.
Pocas veces conseguía salirse con la suya, aunque intentarlo se había convertido en una lucha de inteligencias y voluntades que añadía nuevos alicientes a su día a día.
Martiño solo conservaba un espacio ajeno a las injerencias de su familia política: el trabajo.
Así había sido hasta ahora, pero la alargada sombra de Virtudes no se conformaba con decidir a qué hora se acostaba, qué desayunaba o cuándo se tomaba el café.
El forense, que consideraba su trabajo casi sagrado, les plantó cara por primera vez. Y lo hizo de frente, sin subterfugios:
—¡No y no! Me niego en redondo. Los muertos tienen sus secretos y la Guardia Civil, mi lealtad —les dijo estirando su cuerpecito de apenas metro sesenta, como si con ello pudiese reforzar su escasa autoridad.
—Paparruchas, Galleguín —respondió su suegra y, con dos palabras, le arrebató el pundonor que le quedaba—; solo le debes lealtad a la verdad.
—Sé razonable, Martiño —le pidió su mujer, que le guiñó un ojo con coquetería antes de cruzar los brazos.