El silencio de la casa azul 59 Do you want to know a secret?
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59 Do you want to know a secret?

Do you want to know a secret?

No lo supo por Rafael. Su marido, como hacía con todos los asuntos que olían a turbio, guardó un silencio absoluto.

Lo supo por Telma, su vecina. Carmen le había hablado más de una vez de su incipiente amistad con Nuria Melgar y de la maravillosa cena que les había ofrecido en la Casa Azul.

Todo el pueblo sentía curiosidad por la pareja y las reformas que estaban ejecutando en el palacete.

Telma no sería la excepción. Disfrutó del cotilleo, de cada una de las anécdotas de Carmen, aunque al final de la conversación su mirada reflejaba la envidia de no haberlo vivido en primera persona.

Y ahora se cobraba la revancha; siempre lo hacía.

Su satisfacción al descubrir que Carmen ignoraba lo sucedido con Julio Vallejo, así como el arresto de su nueva amiga, resultó demasiado evidente.

Ni siquiera se inquietó por la conmoción que provocaron sus palabras.

—¿El «comandante» no te ha contado nada? —le preguntó con retintín y con el único afán de ahondar en la herida. Telma, cuyo padre había muerto al pie de una cuneta olvidada, no dejaba pasar la oportunidad de mofarse de Rafael y de la Benemérita.

Carmen la dejó con la pregunta en la boca y se fue apoyándose en las paredes para no caer.

Una vez que consiguió recorrer la distancia hasta su casa, se resguardó al otro lado de la puerta y se permitió reflexionar sobre el verdadero significado de la historia de Telma.

No era tan cándida como para pensar que la intervención de Rafael en la detención de Nuria se limitaba estrictamente a su cargo.

Puede que lo hubiera sido antes, al principio del matrimonio, cuando todavía estaba fascinada por la fuerte personalidad de Rafael.

Entonces había confundido la tiranía con entusiasmo y carácter.

No tardó en descubrir que se equivocaba, aunque ya era demasiado tarde para remendar el error.

Por si fuera poca atadura haberse casado con un comandante de la Guardia Civil, el embarazo terminó de amarrarla a un hombre que cada día despreciaba más.

Inspiró con fuerza al notar que su corazón avanzaba a trompicones.

¿Cuánto dolor se podía aguantar sin rendirse?

No quería averiguarlo, así que hizo un esfuerzo por serenarse.

En respuesta a la pregunta, su mente le mostró las imágenes de cada situación alarmante que había compartido con su esposo.

Negó con la cabeza varias veces, pero con un simple gesto no podría desechar toda la crueldad que arrastraba su memoria. Fue un esfuerzo inútil.

Hasta ese momento, ella había sido la única agraviada por la crueldad de Rafael, o eso quería pensar.

Lo había aceptado así, en parte por resignación y en parte por cobardía.

Sin embargo, no estaba dispuesta a permitir que la maldad de su marido se extendiera como un miasma capaz de destruir a Nuria, la única persona que se había comportado con ella como una amiga.

Puede que no conociera a Rafael todo lo bien que una mujer debe conocer a su esposo, pero sí lo suficiente para saber dónde ocultaba sus secretos.

Hizo acopio del valor que era capaz de atesorar, el que le había faltado siempre.

Pese a ello, se preguntó si su coraje sería suficiente para ganar la guerra que estaba a punto de emprender.

* * *

Aún le dolía el cuello al tragar. Deslizó los dedos por la piel y creyó notar las huellas que las manos de Julio habían dejado en ella, aunque eso no fuera posible.

Se preguntó si las marcas —y no solo las físicas— tardarían mucho en desaparecer ahora que estaba muerto.

Imaginó que sí: ni siquiera la muerte lograría extinguir tan pronto su influjo maligno.

Tal vez lo haría el tiempo, pero debía dejar que transcurriera para saberlo.

De hecho, estar encerrada en una celda sucia y angosta formaba parte de la sombra tenebrosa que Julio proyectaba desde el más allá.

Un escalofrío le erizó la piel y se resguardó bajo la manta rasposa que parecía estar fabricada de arpillera.

Oyó unos gritos de varón que provenían de todas partes.

Rezó para que no fuese Esteban. Jamás podría perdonarse haberle arrastrado a la perdición con ella.

El miedo, tan venenoso, le había impedido ver el egoísmo que acarreaba y la había mantenido más ciega que si hubiera tenido los ojos cerrados.

Los gritos cesaron, pero lo peor era saber que, tarde o temprano, volvería a oírlos.

Para ahuyentar su sufrimiento, se concentró en repasar lo sucedido la noche anterior.

Una vez que se esfumó la confusión de los primeros momentos, tuvo la absoluta certeza de que ella no había sido la causante de la muerte de Julio.

Ella solo le había clavado las tijeras en el hombro, para salir huyendo justo después.

Las heridas del cadáver y la desaparición de las tijeras no tenían más que una explicación posible: alguien se había presentado en la Casa Azul y había aprovechado la oportunidad para asesinar a Julio.

La tentación de ponerle nombre al asesino, sobre todo tras su irrupción en la escena del crimen, era demasiado fuerte para vencerla.

La sospecha de que había existido algo más que una amistad entre Rafael y Julio cobró sentido al recordar la noche en que cenaron juntos en el palacete.

De hecho, la reacción de su esposo al descubrir su extraña intimidad había sido tan violenta que únicamente podía justificarse así.

¡Resultaba tan injusto que no se hubiese sincerado con ella!

Tal vez habría sido la única capaz de entenderlo.

Pero le tocó pagar los platos rotos de las frustraciones y el egocentrismo de su esposo.

Seguro que Julio no había encontrado la misma comprensión en Sancristóbal.

Aunque, ¿quién podía saber cuáles habían sido sus razones?

Solo él lo sabía. Y tampoco le importaban a Nuria, si no servían para salvar a Esteban y salvarse ella misma.

De pronto, fue dolorosamente consciente de que esa sería una tarea imposible.

No contaban con ningún aliado en Llanes y todo el peso del poder político y militar les caería encima como una losa.

Estaban muertos y enterrados, más enterrados incluso que Julio.

La angustia volvía a apoderarse de su mente y le impedía pensar con claridad.

Se preguntó si Malena se habría sentido igual de desesperada durante su estancia en prisión.

La maldición de la Casa Azul se cebaba en las mujeres que se atrevían a vivir allí. No le costó entender que su bisabuela hubiese escapado de su influjo en cuanto tuvo oportunidad de hacerlo. Al menos, Malena consiguió demostrar su inocencia y recuperar la libertad.

Encerrada entre aquellas cuatro paredes, dudaba que ella pudiera lograr lo mismo.