El silencio de la casa azul 58 While my guitar gently weeps
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58 While my guitar gently weeps

While my guitar gently weeps

Caminaron cogidos de la mano, como si ese lazo, a pesar de su evidente fragilidad, les aportase la fuerza necesaria para seguir.

No se soltaron, ni siquiera cuando atravesaron los lindes de la Casa Azul.

No les importaba que los vieran juntos, ni que mostrar su relación pudiera agravar las consecuencias de sus actos.

A paso raudo, cruzaron el jardín en dirección al cobertizo.

La puerta permanecía cerrada. Nuria no recordaba haberla dejado así.

Tal vez había sido cosa del viento, pero trató de prepararse para lo que podía encontrar al otro lado.

Esteban, armado con un cuchillo que había traído consigo, empujó la puerta muy despacio.

El gozne del que colgaba la madera rechinó de un modo siniestro, como si pretendiera avivar sus miedos.

El cuerpo de Julio yacía inmóvil en el suelo del cobertizo.

Nuria se dejó caer de rodillas y sofocó un grito angustiado apretando los nudillos contra la boca.

Había deseado la muerte de Julio decenas de veces, demasiadas para un matrimonio tan breve.

No obstante, la quietud del cadáver le mostraba que la distancia entre los deseos y la dura realidad es una sima tan profunda como inabarcable, y lo hacía de la forma más cruel.

—Está muerto —dijo con el único afán de poner voz a su horror.

Esteban se agachó a su lado y alumbró el cuerpo de Julio con la linterna. Lo que vio le extrañó sobremanera: su aspecto no concordaba con la versión de Nuria. Desplazó la luz en torno al cadáver, pero no halló ni rastro de las tijeras de podar.

—Nuria, me dijiste que te habías defendido con unas tijeras, ¿no? —Ella se limitó a asentir varias veces, mientras las lágrimas desbordaban su mirada—. No puede ser… —Añadió Esteban confuso—. ¿Te llevaste las tijeras o las tiraste en el jardín…?

—No… ¿Qué dices? No hice nada de eso. Las dejé…, se las clavé en… —De pronto enmudeció al percatarse de la desaparición de la herramienta—. No, no, no…, ¿cómo es posible?

—Pero no es solo eso. Mira el cuerpo de Julio. Míralo bien —le pidió poniéndole una mano en el hombro.

Ella hizo un esfuerzo por serenarse. Desechó sus lágrimas con el dorso de la mano, que le dejó un rastro de sangre del que no fue consciente.

Inspiró profundamente y agarró la linterna que Esteban le ofrecía.

Evitó la cara de su difunto esposo. No estaba lista para afrontar la maldad del hombre que, poco antes, había tratado de asesinarla.

Encontró consuelo en la certeza de que no lo había amado nunca.

Desplazó la linterna hasta localizar el lugar donde le había clavado las tijeras: la parte superior del brazo, casi a la altura del hombro.

Desconcertada, volvió a mover la luz, que alumbró otra herida; esta vez en el pecho, demasiado cerca del corazón.

—¡¡¿Quéééé?!! —gritó—. Solo lo ataqué una vez y, cuando me soltó, salí corriendo. Tienes que creerme, Esteban. Yo no le hice esto.

Esteban la observaba con una intensidad que la asustó.

Por un momento pensó que él no la creía y se sintió más sola que nunca.

Luego descubrió que en su mirada había miedo.

Poco a poco fue entendiendo que, si ella no había asesinado a Julio, otra persona tuvo que hacerlo.

Su cuerpo volvió a temblar, agitado por todas las emociones que lo sacudían por dentro.

—Tenemos que irnos… —le pidió Esteban tirando de ella.

Sus palabras estaban teñidas de una urgencia que la alarmó más todavía.

Se incorporaba cuando oyeron los ruidos y vieron los haces de luz que barrían pequeños retazos de hierba.

Salieron resignados, a sabiendas de que nada bueno les esperaba afuera.

—¡Manos arriba! —voceó un guardia civil que les apuntó con su Mauser.

No tardaron en llegar otros guardias que los rodearon por los cuatro costados.

Ambos alzaron las manos, aunque cada uno de sus movimientos estaba impregnado de estupor.

Nuria no lograba entender cómo habían podido enterarse tan pronto de la muerte de su marido.

Solo cuando apareció Sancristóbal, con su rostro animado por un rictus maligno, comenzó a sospechar que el amigo de Julio era más peligroso de lo que había imaginado hasta entonces.

—¿Dónde está Vallejo? —preguntó el comandante, aprovechando para atizarle a Esteban con la culata del mosquetón. Nuria reprimió el lamento que había acudido a sus labios. No pensaba darle la satisfacción de verla sufrir. Uno de los guardias gritó en su lugar.

—¡Comandante! ¡Venga aquí, señor! Hemos encontrado un cadáver en el cobertizo del jardinero.

Sancristóbal le hizo una seña de entendimiento al guardia y fijó su atención en Nuria. De no ser por la oscuridad reinante, la mujer habría jurado que Rafael le guiñaba un ojo en señal de burla. Las palabras que el oficial pronunció después vinieron a respaldar esa impresión:

—¿Qué has hecho, Nuria? Con lo bien que se portaba Julio contigo… —Y cambiando el tono de voz para dirigirse a sus hombres, añadió más severo—. Ponedles las esposas a este par de asesinos. Llevadlos al cuartel y ocupaos de encerrarlos en un calabozo para que se pudran en él.

Nuria quiso chillar, gritar a los cuatro vientos que todo aquello era una trampa; que ella no había asesinado a su esposo, que solo trataba de defenderse, de salvar su vida.

Pero no dijo nada. Antes de llegar a abrir la boca, antes de formar unas frases que sonarían a excusas, supo que allí, entre aquellos hombres, no encontraría a nadie que quisiera escucharla.

Miró a Esteban por última vez antes de que los separasen.

Ella era la única culpable de haberlo arrastrado al caos.

El peso del remordimiento le consumió las pocas fuerzas que le quedaban.