El silencio de la casa azul 57 Free as a bird
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Durante el camino trató de convencerse de que su marido estaba muerto.

Tal vez porque deseaba con cada fibra de su ser que esa fuese la verdad.

A pesar de las consecuencias que tendría su crimen, prefería imaginar una vida sin Julio.

Necesitaba liberarse de las cadenas del matrimonio, aunque fuera para sustituirlas por otras.

Nada podía ser tan opresivo como la amenaza constante que pesaba sobre ella.

Desechó las lágrimas con el dorso de la mano y agradeció la oscuridad y la lluvia que ocultaban su aspecto.

Si cualquier lugareño la hubiera visto en ese estado, habría sido imposible que olvidase el encuentro.

Todavía notaba las manos de Julio en torno al cuello, la presión asfixiante que le impedía respirar y el dolor que no le dejaba ni un resquicio libre.

El pánico volvió a ascender como una ola y devoró las pocas fuerzas que le quedaban.

A punto de desmayarse, apoyó la espalda en un muro de piedra.

Su frescor le penetró la piel. Cerró los ojos y el mundo entero bailó a su alrededor.

Poco a poco, se dejó caer sobre la hierba mojada y escondió su rostro entre las manos.

No supo cuánto tiempo se mantuvo así, cuánto tiempo le llevó recuperar sus fuerzas.

Se incorporó y apuró el paso mientras pensaba qué le diría a Esteban, qué palabras servirían para contar que su marido había intentado matarla.

Estaba cansada de ver que sus peores pesadillas se hacían realidad, como si hubiese heredado el poder de adivinación de su bisabuela.

Pero no era así. De serlo, jamás se habría casado con Julio.

Esa negativa habría arruinado la reputación de su padre, pero ella habría tenido una oportunidad en la vida.

Ahora que ya no la tenía, le abrumaba pensar que podía arrastrar a Esteban en su desgracia.

Llegó a la casa y se sorprendió al descubrirlo junto a las escaleras de piedra que conducían hasta el mar.

La tormenta les había concedido una tregua, pero el viento soplaba fuerte y la noche no invitaba a exponerse a las inclemencias.

Visto así, detenido justo al borde del acantilado, le dio la impresión de que Esteban se enfrentaba al difícil dilema de qué hacer con su vida.

Nuria se asustó y sintió la imperiosa necesidad de sujetarlo y amarrarlo a ella.

Fuese cual fuese su destino, debían compartirlo, como ocurría con los amantes en los romances clásicos.

Según se había narrado desde tiempos inmemoriales, puede que no existiera amor sin tragedia.

—¡Nuria! ¿Qué haces aquí? ¿Estás bien? —le preguntó al verla llegar.

Ella se arrojó en sus brazos y el cuerpo se le deshizo en convulsiones y llanto.

Le costó sustituir los sollozos por palabras juiciosas que pudiesen explicar lo ocurrido.

Aun así, sonaban tan terribles que supo que ya no podría repetirlas:

—Creo que he matado a julio…

—¡Qué! ¡Imposible! ¿Qué ha pasado? —preguntó alarmado, mientras la sujetaba para evitar que se desplomase.

Nuria estiró el cuello y le mostró las marcas que las garras de su enemigo le habían dejado en la piel.

Solo con mover la cabeza, le abrasaba la garganta; todo un recordatorio de que había luchado por su vida.

—Me tendió una trampa. Me dejó una nota para que me reuniese con él en el panteón…

—¿En el panteón de Melgar? ¿No te extrañó que te citase allí?

—Pensé que iba a reunirme contigo —reconoció abatida.

—¿Cómo…? No entiendo. ¿Por qué conmigo? —preguntó de nuevo con el ceño fruncido, aunque no tardó en suponer la respuesta.

—Se hizo pasar por ti… Firmó con tu inicial y yo fui tan tonta que me lo creí; quería creerlo. Debí imaginar lo que iba a ocurrir. De hecho, ya lo había soñado antes —añadió conmocionada. Sus manos no paraban de temblar. Las alzó y las contempló como si fuesen las manos de otro, ajenas a ella.

—Cuéntame qué pasó exactamente —le pidió Esteban sujetándola por los brazos en un esfuerzo por tranquilizarla.

—Me pegó una bofetada tan fuerte que me hizo perder el equilibrio.

Supe que esta vez no se conformaría con hacerme daño.

Esta vez quería matarme —rompió en llanto de nuevo—.

Me escondí en el cobertizo y encontré unas tijeras.

Julio aporreaba la puerta y no tardaría en derribarla.

Nunca he tenido tanto miedo. Cuando entró, la rabia había transformado su rostro en una máscara de maldad.

Me arrancó las tijeras y volvió a tirarme al suelo.

Se sentó a horcajadas sobre mí. Sus manos atraparon mi cuello como un cepo.

No podía respirar… Pensé que iba a morir.

Palpé a mi alrededor y agarré las tijeras.

Cerré los ojos y se las clavé a ciegas. Solo noté que la presión se aliviaba y no quise saber nada más. Escapé de allí sin mirar atrás…

—Entonces no sabes si está muerto… Puede que solo esté herido.

—No importa, Esteban; sea lo que sea, muerto o herido, no hay ninguna esperanza para mí —concluyó hundida.

—No digas eso, Nuria. Tenemos que…

—No, no lo digas. Lo siento. De verdad que lo siento, pero no puedo volver —le rogó, anticipándose a las palabras de Esteban.

Él la abrazó una vez más y le acarició el cabello.

No encontró otra manera de ofrecerle consuelo.

Entendía su angustia, sus miedos y le destrozaba verla así.

Sin embargo, no podían tomar ninguna decisión sin saber a qué se enfrentaban.