El silencio de la casa azul 56 La abuela Mina
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56 La abuela Mina

La abuela Mina

Alba agarró a Candela de una mano y a Mateo de la otra.

Sujetó sus deditos con fuerza. ¡Eran tan pequeños y escurridizos!

Tal vez no debería haberlos llevado allí y menos sola.

La proximidad del acantilado convertía la tumba de Mina en un lugar peligroso para sus nietos.

Los nietos de Mina, sí. Alba quería que su hermana los conociera.

Esa era la verdadera razón de que los tres estuvieran frente al túmulo donde reposaba su cuerpo.

Sofocó un suspiro que le nació del alma.

Notó que sus ojos, siempre resecos, se humedecían para dar la bienvenida a las lágrimas.

—¡Hace frío…! —protestó Candela, que tiró del brazo de Alba para resaltar la importancia de su queja.

Diciembre estaba a las puertas y el sol de otoño no era más que un espejismo de luz y calor.

Se agachó hasta quedar a la altura de la chiquilla y le ajustó la bufanda de lana en torno al cuello.

Ella misma las había tejido para ellos; un gesto de amor y devoción, más que otra cosa.

Gracias a la herencia de Melgar y la fortuna de Malena, los niños no necesitaban de nada.

—¿Mejor así? —Candela asintió moviendo la cabeza como si tuviera un resorte en el cuello. Aparte de ser una muñeca, atesoraba un gracejo que hacía la delicia de todos. Alba sonrió y dirigió su atención al pequeño Mateo—. ¿Y tú, chiquitín? ¿También tienes frío?

Mateo la miró con los ojos más redondos y tiernos que había visto en toda su vida.

Un ramalazo de nostalgia le azotó la mente.

Se engañaba y no debía hacerlo: la ternura de Mateo era idéntica a la que había en la mirada de su querida Mina y por esa misma razón había acudido a la tumba con los niños.

Puede que no tuviera sentido para nadie más.

Le daba igual. No importaba qué quedase de su hermana allí; Mina se merecía conocer a sus nietos; ver, aunque solo fuera con los ojos del alma, los preciosos milagros que habían nacido de la unión de su hijo y Malena.

Ya lo había hecho antes —veinticuatro años atrás— cuando recuperó a Dimas del hospicio donde lo habían dejado.

En cuanto regresó a Llanes, todavía con el niño en brazos, corrió a contarle a Mina que su pequeño estaba a salvo, que se criaría con ellos, con sus padres y su hermana.

Ya no le importaban las habladurías del pueblo, ya no le importaba el desprecio de los más crueles e inflexibles.

La muerte de Mina lo había cambiado todo.

Ahora solo daba importancia a las cosas que de verdad la tenían.

—Cariño, deja las flores encima de la piedra —le pidió a Candela.

La niña le había llevado a su abuela un ramillete de brezo atado con un lazo que depositó sobre el túmulo con mucho cuidado.

A Alba le habría gustado traer un ramo de claveles escarlatas, pero Mina tendría que esperar a que llegase el fin del invierno.

No creía que le importase. ¿Cuánto tiempo llevaba esperando para ver de nuevo a los suyos?

«El dolor por la pérdida de los seres queridos nunca desaparece del todo», se explicó a sí misma, pese a ser algo que ya sabía.

Luego se esforzó por desechar los pensamientos aciagos.

Los niños no tenían por qué soportar la carga de su tristeza.

Además, no había concebido aquella visita como un velatorio.

—¿Tenéis hambre? —preguntó mientras se afanaba en ponerse en pie de nuevo. Los años no pasaban en balde para nadie.

Sus nietos, al fin y al cabo lo eran también, gritaron un sí rotundo y eufórico.

El gozo que sintió, contagiada por la alegría de ellos, tuvo la virtud de reemplazar su pesar y de borrarlo por un tiempo.

Los niños obraban esos pequeños prodigios.

Las meriendas de la abuela Alba, que ya solo ejercía de cocinera para los suyos, hacían las delicias de Candela y Mateo.

—Tengo una tarta de crema y almendras. La favorita de mamá. ¿Qué os parece si también os preparo un chocolate para remojar el pastel?

Los niños saltaron entusiasmados y Alba les sonrió. Sin soltarlos de la mano, se despidió de Mina, aunque una parte de su hermana siempre estaba con ella.

—Nos veremos muy pronto, romera —musitó antes de emprender el camino de regreso a casa. Allí la aguardaban los suyos; la familia que había construido con retazos de otras y que le había enseñado que ella también podía ser feliz.