55 Run for your life
Run for your life
«Reúnete conmigo a medianoche. Te espero en el mausoleo de Melgar. E.».
Nuria arrugó la nota en el interior del puño hasta formar una bola muy apretada y se la guardó en lo más hondo del bolsillo del cárdigan, junto a unas monedas sueltas y la barra de labios.
No quería tirarla, aunque tampoco se habría atrevido a hacerlo.
Puede que fuera la única nota que recibiese de Esteban y deseaba conservarla, ya que no podría conservarlo a él.
No era una idea sensata, ni siquiera racional, pero no le importó.
Se preguntó qué querría de ella para pedirle que se vieran a una hora tan intempestiva.
Su última conversación había tenido tintes de despedida: debían alejarse por el bien de ambos.
También para proteger a la abuela Flavia, que se había convertido en la diana de las amenazas de Rafael Sancristóbal.
No podían permitir que la integridad de la anciana peligrase por culpa de ellos.
Esteban no le habría enviado ese mensaje de no haber sucedido algo importante.
La ansiedad ascendió por su cuerpo hasta detenerse en el pecho.
Nuria supo que se quedaría allí, causando estragos en la boca del estómago y en sus nervios.
Las horas que restaban hasta que llegase la medianoche se le antojaron eternas.
* * *
La oscuridad de la noche brindaba una falsa sensación de seguridad, como si fuese una manta benévola que envolviese los cuerpos y los protegiera de los peligros.
Nuria cerró la puerta posterior de la Casa Azul con sumo cuidado de no hacer ruido.
Se había encargado de que Julio durmiera bajo los efectos del mejor whisky que pudo encontrar en Llanes.
Sus potentes ronquidos se superponían al resto de los ruidos que habitaban la casa.
Aun así, no podía confiar en que no se despertase de pronto y la pillase in fraganti.
Solo de pensarlo, le temblaba todo el cuerpo.
Cuando salió al jardín, la recibió un viento desangelado y violento, como una cuchillada en plena cara.
Un puñado de hojas vencidas, pese a que solo estaban a finales de agosto, le golpearon el cuerpo.
Por su forma alargada, supo que procedían de los magnolios de Mario Melgar.
Esteban le había contado que fue el indiano quien ordenó plantarlos tras regresar de Cuba.
A los árboles les faltaba muy poco para ser centenarios, mucho más viejos que un hombre cualquiera.
Aunque pensándolo bien, tampoco tenían gran cosa que contar.
Habían visto pasar buena parte de su existencia contemplando un lugar abandonado.
En cierto modo, los que olvidaron el palacete, los olvidaron a ellos también.
Avanzó por el terreno casi a tientas, con la poca luz que le proporcionaba una linterna que apenas se atrevió a encender.
No obstante, gracias a ella localizó el inicio del camino de lajas que conducía al panteón de Melgar.
Se le erizó la piel al evocar la pesadilla que había tenido antes de viajar a Llanes, cuando ni siquiera conocía la Casa Azul ni los dramas de su familia paterna.
Su corazón se desbocó y se obligó a recordar que al final del sendero la esperaba Esteban y que él no le haría daño jamás.
Caminó extremando el cuidado: nunca le había gustado aquel camino de piedras sueltas.
Tenía la impresión de que se escurrían bajo sus pies con el único afán de propiciar su caída.
De pronto, el panteón emergió frente a ella, alumbrado por su resplandor marmóreo.
Resultaba imponente, como todo lo que había ordenado construir su tatarabuelo, pero, al mismo tiempo, transmitía una tristeza inherente a su condición.
Se acercó a las escaleras y se preguntó dónde estaría Esteban.
El campanario ya había anunciado la medianoche para volver a sumirse en el silencio.
El viento se exaltó, más aún, y a punto estuvo de barrerla a ella con el resto de las hojas.
Un relámpago repentino fustigó el firmamento con su látigo resplandeciente.
El trueno que lo acompañó, tan próximo que fue inmediato, ocultó el rechinar de la puerta al abrirse.
La imagen que Nuria tenía ante sí se desdibujó hasta adoptar tintes de pesadilla, una pesadilla que ya había soñado antes.
El hombre que se acercaba a ella, que bajaba cada escalón como una sombra ominosa, no era su querido Esteban.
Era Julio, su esposo.
Nuria sufrió de una vez el dolor y la humillación de la trampa; algo tan físico y desgarrador que se vio como un zorro atrapado en un cepo.
El rostro de su marido estaba deformado por un rictus de ira salvaje que dejaba su pasado de violencia en un juego de niños.
La lluvia, ansiosa por añadir su propia nota dramática, descargó con furia sobre ellos.
Cuando Julio llegó al pie de las escaleras, ya tenía la ropa pegada a la piel.
Extendió su brazo sin decir una sola palabra y la abofeteó con tanta fuerza que Nuria cayó de rodillas.
Como en una revelación, supo que esta vez no se conformaría con hacerle daño: esta vez iba a matarla.
La necesidad de huir, aunque fuese a ciegas, la arrancó del aturdimiento que la mantenía paralizada.
Gateó unos metros antes de que la agarrase del pelo.
Ignoró el tirón y lanzó una patada hacia atrás, a la desesperada.
Notó que golpeaba algo blando y que su esposo sofocaba un grito al mismo tiempo que soltaba la presa.
Se irguió como pudo y corrió sin mirar atrás, avanzando sobre los charcos y el barro en el que se hundían sus zapatos.
Rezó para no resbalar y caer, para no perder su escasa ventaja.
Desesperada, se preguntó dónde podía esconderse.
Parpadeó varias veces; la lluvia la cegaba.
Al abrir los ojos, creyó distinguir una sombra que, poco a poco, adquiría mayor consistencia.
De algún modo, pese a que aún no podía reconocer sus rasgos —ni siquiera si los tenía—, supo que la conocía: era el espectro con forma de mujer que se había abalanzado sobre su bañera.
También supo que, en aquella primera impresión, se había equivocado por completo con ella: fuese lo que fuese, solo quería ayudarla.
Se lo dijo hasta la última fibra de su ser y no estaba en condiciones de dudar de su instinto.
La sombra señaló hacia el cobertizo donde Esteban guardaba los útiles de jardinería.
Según le había explicado él mismo, ya se los habían devuelto.
No le importó; en algún lugar debía refugiarse.
Solo esperaba que no se convirtiese en una jaula o, peor aún, en una tumba.
La puerta del pequeño almacén se cerró tras ella, quién sabe si empujada por el mismo espectro o por las inclemencias.
La atrancó con una pala olvidada, que le brindaba una breve ventaja.
Sintió un peso sobre el hombro derecho, como una caricia apremiante.
Reprimió un grito al descubrir que la sombra estaba pegada a su espalda.
Nuria se acercó a un estante donde reposaban unas tijeras, lo bastante puntiagudas para atacar a un hombre.
La mujer asintió con una sonrisa. Resultaba evidente que pretendía infundirle valor y no quiso decepcionarla.
Agarró las tijeras y se dispuso a luchar por su vida.
Los sonidos de la tormenta, una amalgama de truenos y precipitaciones, le impidieron anticipar la llegada de Julio.
La puerta se agitó varias veces y los nervios de Nuria estallaron en su interior como astillas afiladas.
Le temblaban las manos, pero sujetó las tijeras con más fuerza.
Su marido embistió contra la puerta y, frustrado por su fracaso, gritó:
—¡Te voy a matar, maldita zorra! —Y lo repitió antes de volver a la carga.
Tuvo que insistir varias veces hasta que la puerta del cobertizo se desencajó de sus goznes.
Julio la aventó con un gesto teatral y se quedó parado bajo el umbral.
Se notaba que disfrutaba del miedo de su mujer y de saber que la tenía atrapada.
Sonrió con cinismo al verla armada con las tijeras: no la consideraba capaz de defenderse.
Así de débil y sometida la creía. Ni una reacción a la presencia de la sombra.
Tal vez solo existía en la mente de Nuria.
—Eres una cobarde; siempre lo has sido —le dijo como si pretendiese retarla—. Jamás podrás sobrevivir sin mí.
Se abalanzó sobre ella y, de un manotazo, le tiró las tijeras.
Aprovechando el impulso, la derribó y se colocó a horcajadas sobre ella.
Le puso las manos alrededor del cuello. Al principio, apenas apretó.
Acarició su piel con los dedos, como si aquella situación formase parte de un juego sexual entre ellos.
Nuria se revolvió con furia y entonces él presionó con fuerza.
No podía respirar, se ahogaba y, más pronto que tarde, perdería el sentido.
El pánico ascendió como una ola que arrastraba cuanto se interponía en su paso.
Estiró los brazos y palpó alrededor. Tocó algo con las yemas de los dedos.
Forcejeó a la desesperada, ganó unos escasos centímetros y cogió el mango de la herramienta.
No pensó; de haberlo hecho, no se habría atrevido jamás.
Clavó las tijeras en el cuerpo enemigo, a ciegas.
El alarido de Julio y su liberación se sucedieron en segundos.
Las odiosas garras soltaron su garganta.
Tragó demasiado aire y tosió, como si la vida se le estuviese escapando con cada sacudida. No tenía tiempo que perder.
Se puso en pie como pudo y huyó sin mirar atrás.
No le importó si Julio estaba muerto o herido. Solo le importaba correr.