El silencio de la casa azul 54 El futuro
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54 El futuro

El futuro

Malena desplegó la esterilla con cuidado de sortear las macetas cubiertas de geranios que jalonaban la terraza, se estiró la ropa y se sentó sobre ella.

Notó su rugosidad y el picor de las fibras del yute a través del vestido.

Esa sensación siempre le recordaba a la Hacienda Buenaventura, el hogar que había compartido con Mario, Bruno y Amara.

Esta vez no iba a ser la excepción y, menos aún, instalada en su nueva morada.

La casa se llamaba Villa Amara, en homenaje a su madre.

Ella simbolizaba todo lo bueno que podía proporcionarte la vida: amor, generosidad y sabiduría a raudales.

Malena deseaba que su familia viviera en un lugar impregnado de tan formidables tesoros y el recuerdo de su madre era lo mejor para bendecirlo.

Cerró los ojos sin apretarlos y arrojó las conchas de cauri sobre la alfombra.

Años atrás, el alférez Quintana le había devuelto las suyas y las que habían encontrado en el puño de Mario.

Malena las había unido en un conjunto indiferenciable para cualquiera que no fuese ella.

Al abrir los ojos, y antes de descubrir qué le deparaba el futuro, detuvo su mirada ambarina en el mar azul que se extendía ante ella.

Villa Amara estaba situada al borde del acantilado, con la playa del Sablón al fondo.

Le seguía pareciendo curioso que aquellas mismas aguas saladas, separadas por miles de millas de distancia, fueran las que bañaban las costas de su querida Cuba.

Ignoraba si regresaría a la isla alguna vez, aunque solo fuera para visitar las tumbas de sus padres.

Quizás se lo dijeran las conchas, cuando por fin se atreviese a mirarlas.

Oyó unos pasos que se acercaban. No estaba sola.

Se giró hacia atrás sin llegar a levantarse de la esterilla.

Candela, su hija, caminaba hacia ella con su andar vacilante y una enorme sonrisa.

Acababa de cumplir su primer año de vida y apenas habían transcurrido unas semanas desde que dejó de gatear por cada rincón de la casa para ponerse en pie.

Malena la acogió en sus brazos y le acarició los rizos, tan negros como los suyos.

Luego la sentó en su regazo y le sujetó las manos con cuidado para que no deshiciese el patrón de las conchas, antes de que ella pudiera interpretarlo.

De alguna manera, tal vez por la intuición que corría por sus venas y que ambas compartían, la niña lo entendió y se quedó muy quieta; un comportamiento bastante inusual en ella.

Malena leyó las conchas y suspiró satisfecha.

«Un niño», se dijo apoyando una mano en el vientre.

Eso era algo que le habría gustado a Mario: un descendiente varón para perpetuar su apellido.

Sabía que Dimas también se alegraría de tener un hijo, pero el sexo del bebé no significaba tanto para él.

Tampoco le preocupaba que no se perdiese el «Melgar».

Miró con más atención hacia un futuro lejano.

Su madre siempre decía que no había que conformarse con el futuro inmediato.

Una buena vidente debía vigilar el porvenir de los suyos, puesto que a veces existían muchos caminos para llegar al mismo lugar.

Reprimió un suspiro. Generaciones de Melgar iban a repudiar la Casa Azul y eso ya no le gustaría tanto a Mario.

Había dilapidado gran parte de su fortuna en un inmueble que iba camino de convertirse en un caserón olvidado.

«Pasarán muchos años antes de que sus descendientes ocupen el palacete de nuevo», se dijo a sí misma, y frunció el ceño extrañada.

Puede que no fuera buena idea mirar tan lejos.

El peligro se cernía sobre una mujer: la última heredera de los Melgar; el final de la estirpe de Mario.

Pero esa mujer, que todavía no había nacido, también sería sangre de su sangre.

Al fin y al cabo, su familia estaba formada por los herederos de Mario Melgar y Bruno Bastida.

Los dos amigos, unidos por el caprichoso destino en el bergantín La Habana, habían establecido una alianza que lograría sobrevivir al tiempo y al océano que separaba a Asturias de Cuba.

«Debes proteger a las mujeres de tu familia», le pidieron las conchas de adivinación, como si de repente hubieran adquirido la voz de su madre, la buena de Amara, que siempre cuidaba de todos.

Y Malena las escuchó. No podía ser de otro modo.