El silencio de la casa azul 53 Tomorrow never knows
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53 Tomorrow never knows

Tomorrow never knows

La llamada del general se produjo en el momento más oportuno.

Comenzaba a hartarse de la monotonía de la vida en Llanes y su pasión por el palacete de los Melgar iba perdiendo fuelle.

Saber que las cosas volvían a la normalidad, que ya no sería un apestado en Madrid, fue suficiente para despertar su deseo de regresar a la capital.

Y, como todos sus deseos, de inmediato se transformó en algo perentorio, inaplazable.

Ni siquiera esperaría a que finalizasen las obras.

Vendería la Casa Azul, tal como estaba, y se iría a Madrid con los bolsillos repletos de dinero fácil y un montón de nuevos proyectos.

Pero antes tenía que soltar lastre. Nuria jamás sería capaz de satisfacerlo; lo supo casi desde el principio.

Tanto tiempo deseando a una mujer, poniéndola en un pedestal, para acabar descubriendo su debilidad.

Tal vez le habría perdonado su ineptitud para hacer y decir lo correcto, pero lo que no le perdonaría jamás era la traición, y Nuria lo había traicionado a conciencia.

Todavía se preguntaba cómo podía ser tan incauta, tan ingenua.

Solo tuvo que seguirla a cierta distancia para averiguar que se reunía con el jardinero en una miserable casucha de pescador, situada al borde del acantilado.

Hasta contaban con el beneplácito de la abuela de Esteban para ocultar sus encuentros: la anciana había abandonado la casa precipitadamente, poco después de que llegase Nuria.

Al verlo, se le revolvió el estómago y se envenenó de bilis.

Los habría matado allí mismo y nadie podría haberle culpado por ello.

Pero eso había sucedido antes de recibir las noticias de su padre, cuando aún estaba condenado al exilio en Llanes.

A partir de ahora, todo sería diferente.

Tenía que elaborar un plan y mantener la cabeza fría para llevarlo a cabo. Nadie podría privarlo de su venganza. Él juzgaba y él mismo ejecutaba la pena.

Ese era su privilegio.

* * *

Los días se sucedieron envueltos en una calma tensa.

De solo pensar que esa calma podía ser la que precede a las peores tormentas, se le erizaba la piel como una suerte de advertencia.

Su marido la evitaba a propósito. Siempre estaba ocupado hablando por teléfono o reunido con personas que visitaban el inmueble y se colaban en las habitaciones como si la Casa Azul les perteneciera.

No le contaba nada, no le explicaba nada, y ella tampoco se atrevía a preguntar.

Se sentía un poco más segura protegida por esa indiferencia que la hacía invisible a ojos de Julio.

Aun así, no confiaba en que aquella tranquilidad, un remanso de paz, se alargase en el tiempo.

Nuria extrañaba a Esteban con una intensidad dolorosa.

Añoraba las caricias, los abrazos y, por encima de todo, que estuviese a su lado para cogerle la mano.

Su fuerza de voluntad no era suficiente, por sí sola, para vencer la tentación de ir a buscarlo.

Cuando estaba a punto de rendirse —en las horas oscuras que preceden a la madrugada—, se obligaba a pensar en Flavia y en su nieto, en el hogar amoroso y seguro que habían construido juntos.

Ella no tenía ningún derecho a ponerlo en peligro. No se lo perdonaría jamás.

Apartada de cuanto amaba, su mente retornó a Malena y al misterio de la muerte de Melgar.

Gracias a Román, Víctor y la propia Flavia, había logrado recomponer una parte del rompecabezas que formaba su familia.

No obstante, le faltaban —justo en el medio— las piezas necesarias para que el dibujo cobrara sentido.

Seguro que eran muy pocas, mas sin ellas, la historia de sus ancestros se quedaba coja, irresoluta.

Eso le generaba una frustración que se acumulaba a las otras, como un lastre del que debía tirar cada día y del que no podía librarse.

Pensó en volver sobre sus pasos: regresar a la redacción del Oriente , visitar de nuevo a Antuña; aunque, por otro lado, ¿de qué le valdría?

Si alguno de ellos supiera quién había asesinado a su tatarabuelo, ya se lo habría contado hace tiempo.

Decepcionada con lo que parecía un callejón sin salida, se obligó a olvidar las intrigas de los Melgar y trató de reemplazarlas por la Leica de Inés y los largos paseos por la playa.

En esas caminatas sin prisa había descubierto que el vaivén de las olas le aportaba sosiego.

Quién sabe cuánto tiempo habría continuado así, inmersa en esa especie de limbo que le brindaba la vida…

No llegaría a saberlo nunca, porque la aparente calma se rompió al recibir un mensaje de Esteban.