52 Un montón de piedras
Un montón de piedras
El asesinato de Mario Melgar tuvo una resolución tan repentina como inesperada.
Un sacerdote llanisco había envenenado con un destilado de bayas de acebo al filántropo más generoso y respetado de toda la comarca.
El cura de San Roque, como aquel, era un hombre bien considerado entre sus feligreses, incluso podría afirmarse que muy querido por el pueblo.
Malena, que no daba crédito a lo ocurrido, seguía prisionera en la cárcel, en tanto llegaba el auto de libertad del juez.
Allí, encerrada entre cuatro paredes, no podía hacer otra cosa que pensar y pensar, tratando de asimilar la versión del padre Ismael.
La joven se preguntaba una y otra vez cómo se sentirían los lugareños enfrentados a la verdad sobre la muerte de Mario.
¿Cómo tomar partido entre el indiano y el sacerdote?
La elección les plantearía unos dilemas morales que jamás se habrían dado en su caso.
Ella habría sido un chivo expiatorio mucho más propicio: una mujer, forastera y mulata, que ni siquiera se había esforzado en conocerlos ni en adaptarse a sus costumbres.
Una extraña para ellos. Hasta su atuendo —la vestimenta blanca de iniciada— la señalaba a ojos de los llaniscos como alguien diferente al resto.
Y lo diferente, ¡bien lo sabía ella!, siempre daba miedo.
¡Quién no querría hacerlo desaparecer de su vida! Pero no tendrían esa suerte.
La confesión del padre Ismael no dejaba el menor resquicio de dudas.
Por más que lo interrogasen —y el alférez Quintana lo hizo varias veces—, el sacerdote no se apartaba ni un ápice de su versión inicial, firme como los pilares de su iglesia.
Antes de que la liberasen, Malena y el cura tuvieron la oportunidad de intercambiar unas palabras.
Fue una larga conversación, casi una confidencia, a través de los barrotes de sus celdas.
La joven le preguntó el porqué de su confesión. No lo entendía.
—No iba a permitir que Alba fuese a la cárcel… —le dijo Ismael, cansado de dar explicaciones que no ayudaban a nadie.
—Pero nadie sospechaba de ella…, ni tampoco de ti. Podrías haberlo dejado así. Te aseguro que no les habría costado nada condenarme. De hecho, ahora estarían más contentos… —afirmó Malena, convencida de la triste verdad que encerraban sus palabras.
—No todos, chiquilla; no todos… —negó Ismael, que compuso un amago de sonrisa a pesar de su tristeza—. Tú eres lo más importante del mundo para Dimas. Él te quiere de verdad y no estaba dispuesto a dejarte aquí encerrada.
—¿Cómo lo sabes?
—Alba me lo contó. Ella tenía miedo de que fueses hija de Mario. Dimas le dijo que no. Fue entonces cuando le explicó que estaba enamorado de ti.
—Sé que Dimas me quiere, pero también quiere a su madre. Jamás la habría puesto en peligro para salvarme a mí.
—¿Y querrías verlo enfrentado a una decisión como esa? ¿Tener que elegir entre la mujer que ama y la que había sido su madre hasta ayer?
El sacerdote tenía razón. En las pocas ocasiones en que Dimas pudo visitarla en la cárcel, la joven percibió la intensa desazón que le embargaba.
No era solo por verla entre rejas, no. También lo atormentaba el peligro que, como un espeso manto de niebla, se extendía en torno a los suyos.
Y el responsable de tamaño sufrimiento estaba allí, frente a ella.
—No sé qué decirte, Ismael… Ha pasado mucho tiempo desde la muerte de Mina. Mario ya no era el mismo de entonces. Mi madre lo cambió. Lo hizo con todos los que se cruzaron en su camino. Alba y tú deberíais haber cerrado esa herida, de verdad, la venganza ya no tenía sentido…
—Y menos a manos de un sacerdote, ¿no es cierto?
Se supone que nuestra misión es perdonar los pecados, no cometerlos.
Ya me he explicado muchas veces, Malena.
He repetido mi historia hasta la saciedad.
Volver a hacerlo no cambiará las cosas. Mina está muerta; Mario, también.
Si no puedes ver la justicia en eso, yo no podré ayudarte a comprenderlo —concluyó el sacerdote, antes de esconderse en un rincón del calabozo.
Las palabras perdían valor si no servían para entenderse.
El tiempo transcurrió con una lentitud pasmosa hasta que uno de los guardias del destacamento descorrió el cerrojo de la celda y le franqueó el paso.
Recuperaba la libertad, su ansiada libertad.
La sensación habría resultado plena de no haber sido tan fácil perderla.
El miedo, como una ponzoña, se pegaba a la piel, la traspasaba, se mezclaba con la sangre y ya no parecía posible desprenderse de él.
Dimas la esperaba a la entrada del puesto, su rostro animado por una sonrisa nerviosa.
El alférez Quintana, un tanto ceremonioso, la acompañó hasta la puerta y se la entregó al joven.
A Malena le recordó al padre de la novia cuando la conduce al altar.
Ella trató de contener su emoción, pero al instante se vio entre los brazos del hombre que amaba.
Si en algún lugar podía sentirse segura, era allí.
Sus lágrimas empaparon la chaqueta de Dimas.
Quintana se mantuvo un poco apartado. Su estado de ánimo fluctuaba entre la satisfacción por el feliz desenlace y la vergüenza por haber mantenido a Malena en prisión.
Una inocente entre rejas suponía un oprobio que su exigente conciencia no podría olvidar.
El alférez se deshizo en disculpas, en nombre propio y del cuerpo; disculpas que fueron aceptadas por la pareja, que solo deseaba alejarse de aquel tormento.
—¿A dónde vamos ahora? —preguntó Dimas en cuanto se distanciaron del puesto de la Guardia Civil.
—A la Casa Azul —respondió ella sin vacilar.
—¿Estás segura? —cuestionó el joven, mirándola a los ojos.
—Ahora es nuestra, ¿verdad?
—Sí, Malena; ahora es nuestra; aunque pensaba que no querrías regresar allí, que te traería malos recuerdos.
—No importa, Dimas. El palacete no es más que un montón de piedras apiladas una sobre otra y los malditos recuerdos me acompañarán allá donde vaya —arguyó reflexiva—. Pero en el fondo tienes razón: solo deseo volver para recuperar mis pertenencias más valiosas.
Malena necesitaba volver a la Casa Azul para recoger el diario de Amara, el altar de los santos y las conchas de cauri; no tenía ninguna intención de quedarse.
Puede que ahora les perteneciese, pero aquel lugar era el sueño de Mario Melgar, no el suyo.
Y Malena no deseaba amarrarse a los sueños de otros.
Lo que quería era perseguir sus propios sueños.
* * *
Entraron juntos, cogidos de la mano, necesitados ambos de alguien a quien agarrarse.
Entraron convertidos en flamantes propietarios de cuanto se extendía ante sus ojos, aunque Malena se sentía exactamente igual que antes.
No, no era cierto. Se sentía más vieja, más resentida y escéptica, como si la alegría se le hubiera escapado por los poros de la piel durante el tiempo que estuvo encerrada en la cárcel.
Lo que en verdad pensaba era que convertirse en dueña de la Casa Azul no le afectaba en absoluto.
Se preguntó si para Dimas sería igual o se dejaría impresionar por la ostentación plasmada en cada rincón del palacete.
Le observó con atención: tenía los ojos tan abiertos como los peces al sacarlos del agua.
Se preocupó: no deseaba que la Casa Azul ejerciese sobre él un embrujo al que ella era inmune.
Solo quería recoger sus pertenencias más valiosas y buscar un lugar donde formar un hogar con Dimas.
Apuró el paso. Distanciada de aquellos objetos, había sentido que se alejaba del espíritu de su madre.
Mientras subía las escaleras, rezó una breve oración para que todo estuviera tal y como lo había dejado.
Empujó la puerta de su habitación con Dimas pegado a su espalda.
El cuarto los recibió con una lluvia de motas de polvo, engañosamente brillantes.
Malena se acercó al altar de los santos: gran parte de las estampas y las velas yacían esparcidas por el suelo, aunque le alivió comprobar que los guardias no habían causado demasiados destrozos.
Las recogió con cuidado, con la misma veneración que tendría si llevase a los propios dioses entre sus manos, y buscó la bolsita de las conchas de adivinación.
Repasó cada rincón del cuarto, pero no la encontró.
El desasosiego creció en su cuerpo hasta formar una bola de angustia que la volvió presa de un gran desvalimiento.
—¿Qué ocurre? —preguntó Dimas, percibiendo su malestar.
—No encuentro los cauris —respondió a punto de llorar. Las caracolas no solo le revelaban el porvenir, también representaban una conexión con Amara y su pasado en Cuba. No podía imaginar una vida sin ellas: sería como perder a su madre por segunda vez.
—Tal vez las tenga la Guardia Civil. Sé que encontraron algunas conchas escondidas en el puño de Mario. Puede que se las llevaran todas como pruebas…
—… y no se acordaron de devolvérmelas —concluyó Malena, sintiendo que parte de la angustia se desvanecía.
—Iremos a buscarlas en cuanto guardes tus cosas.
—¡Eres el mejor! —exclamó casi eufórica, antes de plantarle un beso en la boca.
Malena se dio prisa en recoger sus pertenencias.
Apenas llenó un par de maletas. En realidad, el altar, el diario y las conchas eran sus bienes más preciados; lo único que necesitaba.
El resto podía sustituirse, y a lo que podía sustituirse no le daba demasiada importancia. Eso también se lo había enseñado Amara.
Cargados con el equipaje, los dos regresaron al vestíbulo y le echaron un último vistazo a la casa, que tenía visos de despedida.
—¿Qué vas a hacer con ella?
La pregunta de Dimas la cogió por sorpresa. No se había planteado que tuviera que tomar una decisión tan pronto. No obstante, la joven descubrió que no tenía que pensar demasiado: sabía lo que quería hacer con la Casa Azul, pero también quería contar con la opinión de Dimas.
—¿Qué quieres hacer tú? —preguntó a su vez. Al fin y al cabo, el palacete les pertenecía a ambos.
—Es mucho más tuya que mía —dijo con aquella bondad que avasallaba el corazón de Malena—. Prefiero que lo decidas tú.
—Yo no la siento así, no la siento mía. Sé que no quiero vivir aquí y sé que no quiero venderla. Jamás será mi hogar, pero desprenderme de ella me parece demasiado injusto con la memoria de Mario. Él adoraba esta casa. Era la prueba de que había alcanzado sus sueños.
—Lo entiendo y lo respeto —afirmó Dimas muy serio—. Los restos de mi padre reposan en el panteón —añadió con dificultad. La palabra «padre» todavía se le atascaba en la garganta—. La Casa Azul pertenece a los Melgar…
—Y seguirá perteneciendo a los Melgar —concluyó Malena, que lo abrazó con ternura antes de abandonar el inmueble.