El silencio de la casa azul 51 Within you without you
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51 Within you without you

Within you without you

Un nuevo día alboreaba cuando Nuria recuperó la conciencia.

Al principio, se sintió desorientada: no sabía qué hora era ni dónde estaba.

Su mente daba vueltas como una noria descontrolada.

Una náusea sacudió su cuerpo y la hizo desfallecer.

Trató de abrir los ojos, solo una rendija, y los primeros filamentos de luz fueron como arañazos en la cara.

Los cerró de inmediato. Poco a poco, fueron volviendo las imágenes de lo sucedido la noche anterior.

La cabeza le latía mucho más fuerte que el corazón, pero no se atrevió a alzar la mano y palpar el golpe en la sien.

Dolía sin necesidad de hacerlo. El miedo se le adhirió a la piel, formando una segunda capa que la aprisionaba, le oprimía el pecho y no la dejaba respirar.

Estaba encerrada en su interior, muy dentro de sí misma; aunque tampoco se encontraba a salvo allí.

Solo era un lugar donde resistir un minuto más.

Se esforzó en serenarse, aunque el latido en la sien lo complicaba bastante.

No recordaba nada de lo ocurrido después de la agresión de Julio y apenas entendía lo que había sucedido antes.

Ignoraba qué explicaciones le habrían ofrecido a Carmen; lo más probable era que no se hubiesen molestado en decirle nada.

La brutalidad de su esposo iba en aumento y tomaba una deriva muy peligrosa.

Si quería sobrevivir a su matrimonio, tendría que huir de su propia casa.

Podía recurrir a Esteban, pero el jardinero seguía desaparecido.

Quizás había malinterpretado sus intenciones y para él había sido un mero divertimento.

Las dudas la atormentaban y la hundían más aún en el pozo de emociones oscuras donde se escondía.

«Otro minuto más», se pidió a sí misma y, al mismo tiempo, maldijo su debilidad.

Necesitaba coraje para actuar, pero ni su mente ni su cuerpo fueron capaces de reunir fuerzas para moverse de la cama.

Pensó en su madre, atrapada por las fauces de la depresión, incapaz de escapar de su influjo dañino.

Cada día, Inés se había esforzado en vencer la enfermedad, ofrecer una sonrisa, escuchar a su marido o mostrar interés por las actividades de su hija.

Sin embargo, ese esfuerzo diario terminaba apagándose y solo dejaba un poso de tristeza y decepción.

Cada empeño frustrado le arrebataba un trocito de vida.

Al final, no pudo soportarlo más y se fue; los dejó.

Nuria se había prometido que no seguiría los pasos de Inés, que no causaría el mismo dolor que había provocado su madre.

Pero ¿quién sufriría por ella?, ¿quién iba a extrañarla?

Su muerte no suscitaría ninguna pena… Esa idea, que al principio le resultó liberadora —como abrir una ventana en el pozo donde se escondía—, removió un atisbo de rebeldía en su cabeza. Solo fue el principio.

«¿Por qué tenía que ser ella la que muriese?», se preguntó. No había hecho nada malo.

Se atrevió a moverse pese al dolor. Se atrevió a abrir los ojos para enfrentarse a la realidad, por odiosa que fuera. Se puso en pie y se vistió, con cuidado de no hacer movimientos bruscos. Ignoraba qué encontraría al dejar la habitación, pero necesitaba salir de allí para averiguarlo.

No pensaba allanarle el camino a su marido ni a ponérselo tan fácil.

* * *

Nuria logró dejar el palacete sin cruzarse con su esposo.

Era muy probable que Julio estuviese discutiendo con alguno de los operarios que seguían trabajando en la Casa Azul.

Su día a día se había convertido en una batalla campal y el batiburrillo de ruidos hacía imposible la estancia en la casa.

Caminó deprisa, con la angustia empujando sus pies y la congoja pegada al alma.

Avanzaba sin atreverse a mirar a la gente, como un caballo con anteojeras.

Le inquietaba que pudiesen reparar en el golpe que lucía en la sien y que había tratado de ocultar con el pelo.

Resultaba humillante verse obligada a esconder la maldad de otro, pero en eso consistía el poder del maltratador: en aislar a su víctima del mundo y sellar su voz bajo el peso de la vergüenza.

Demasiado nerviosa para vagar por Llanes en busca de Esteban, decidió que el mejor lugar para localizarlo sería la casa de su abuela.

Si no estaba allí, al menos Flavia podría decirle dónde encontrarlo.

Le urgía hablar con él, aunque solo fuese para aceptar que no desempeñaba ningún papel en su vida; que estaba sola y que debía afrontar el futuro desde esa soledad.

Cuando por fin atisbo la casita de pescador, coronada por un tapiz de nubes de algodón, se le aligeró parte de la pesada carga que soportaba su espíritu.

La vivienda de Flavia y Esteban le inspiraba una paz y una seguridad que tal vez no fueran reales, pero que conseguían parecerlo.

Deseaba creer que los dramas y las tragedias no podían atravesar sus muros, a pesar de que Esteban le había confirmado lo contrario.

Aun así, sus moradores habían sabido construir un hogar con los restos de su familia.

Puede que eso fuera lo que emanaba la casa: aquella capacidad para mantenerse erguida y orgullosa por encima de los envites del viento y del mar.

Nuria golpeó la puerta consciente de la premura que impulsaba cada una de sus acciones.

Trató de serenarse, pero entonces cayó en la cuenta de que no sabía qué iba a decirle a Esteban.

Sus pensamientos formaban una maraña sin orden ni concierto, las palabras se amontonaban en su mente y su ofuscación solo hizo que todo fuera aún peor.

La puerta se abrió mientras continuaba sumida en las dudas.

Al otro lado aguardaba Flavia. Sus acogedores ojos azules se agrandaron de sorpresa al verla.

—¡Nuria, qué alegría que estés aquí! Pasa, pasa, no te quedes fuera. Estoy preparando café y llegas justo a tiempo de tomar una taza.

La anciana la agarró del brazo y tiró de ella hacia el interior.

Nuria quiso protestar, explicarle que buscaba a su nieto y que no era el momento para visitas de cortesía.

Pero no hizo nada de eso. Flavia interpretó su silencio como aquiescencia y la empujó con suavidad a lo largo del estrecho pasillo.

Al cruzar el umbral de la cocina, descubrió a Esteban vigilando la cafetera, que ya burbujeaba con el oro líquido en su interior.

Ambos se miraron, paralizados el uno frente al otro, sin saber muy bien cómo debían comportarse.

—¡Mira quién ha venido a visitarnos! —exclamó la abuela, que parecía la única capaz de tomar las riendas de la situación—. Siéntate, querida —dijo señalando una silla—. Esteban, retira la cafetera del fuego, que si el café hierve, ya no hay quien se lo beba.

—¿Saco una taza más? —preguntó su nieto antes de soltar un juramento y la cafetera. Se había quemado con el borde, por no haber tomado precauciones.

—¡Madre mía! ¡No dejes que un hombre haga nada, si puedes hacerlo tú! Date prisa, niño. Mete la mano bajo el grifo.

—No es nada, abuela —replicó Esteban un tanto azorado.

—¡Uy! Y no saques más tazas, que no harán falta. Acabo de recordar que tengo que recoger dos docenas de huevos que le encargué a Virtudes. Voy a aprovechar el paseo hasta allí para tomarme el café con ella, que anda algo fastidiada del reuma y apenas puede salir…

—Pero, abuela… —protestó Esteban.

—No te importa, ¿verdad, querida?

—No, claro que no…

Dando por sentado el permiso, la anciana había cogido su chal y el monedero de boquilla a una velocidad de vértigo y ya salía por la puerta.

El jardinero acalló sus reparos, se sentó en el borde de una banqueta y reprimió el suspiro que acudía a sus labios.

Tardó un buen rato en reunir el valor para afrontar la mirada de Nuria.

Cuando por fin lo logró, se sintió desbordado por las dudas y los anhelos que se acumulaban en el rostro de la mujer.

«¡Qué hermosa es! ¡Y qué vulnerable!», pensó, antes de hablar.

—Lo siento. Parece una encerrona, pero te aseguro que no tengo nada que ver…

—Lo sé —repuso Nuria abatida—. Por eso estoy aquí. He venido a verte porque no has regresado a la casa. El jardín sigue siendo una maraña de malas hierbas; necesita cuidados, y más, tras la galerna. No puedes haber terminado tu trabajo allí…

—Tu marido me despidió —dijo él, interrumpiendo un discurso que tenía visos de ser errático—. Me dejó muy claro que no quería volver a verme en la Casa Azul. Incluso envió a un tipo, uno de los peones que trabajan allí, con mi caja de aperos.

—¿Y te dejaste convencer así de fácil? —preguntó molesta, pese a ser consciente de lo irracional que era su pregunta.

Esteban no respondió de inmediato; se limitó a servir el café en las sencillas tazas de porcelana blanca. El aroma de la bebida, caliente y humeante, saturó la estancia con efluvios de hogar y de familia. Sin embargo, los dos fueron dolorosamente conscientes de que ellos no formaban nada de eso.

—Julio y tú estáis casados; sois marido y mujer ante la Iglesia y los hombres, y ya sabes lo que significa un matrimonio en este país.

Solo la muerte lo rompe. No tenemos nada a nuestro favor…

—Esteban se calló de repente. Dio un sorbo al café y se animó a seguir—, aunque no hay nada que perder cuando todo está perdido…

Si no hubiera sido más que eso, habría encontrado la manera de reunirme contigo, pero ese hombre ha cruzado todos los límites.

No puedo poner en peligro la vida de mi abuela.

—¿Tu abuela? ¿Qué tiene que ver Flavia en todo esto?

—Sancristóbal vino a hacerle una visita —le explicó, y su voz se tiñó de rabia—.

Sabía perfectamente que yo no estaba en casa; se había informado antes.

Lo hizo para intimidarla, para meterle el miedo en el cuerpo.

El muy canalla pinchó en hueso. No la conoce.

No sabe la fuerza que tiene. Por eso se puso tan contenta cuando te vio llegar.

Llevaba días insistiendo en que fuera a buscarte y te contase lo ocurrido.

—¿Qué le dijo Sancristóbal? ¿La amenazó?

—El tiparraco no se molestó en ser sutil.

¿Para qué? Le dijo que nada ha cambiado, que las personas siguen desapareciendo cuando ellos quieren.

La amenazó con que no volvería a verme jamás o que quizás sucediera al revés.

En cualquier caso, iba a asegurarse de que uno de los dos sobreviviese al otro, para que el vivo supiera lo que es sufrir como un perro.

—¡Maldito bastardo! Julio solo sabe rodearse de escoria…

—Tras la imprecación, Nuria guardó silencio unos segundos.

Tenía que calmarse y ordenar sus ideas. A pesar de detestarlo con todas sus fuerzas, tocaba resignarse a lo inevitable.

Y lo inevitable era que Julio y Rafael tenían las de ganar—.

No debes ignorar sus amenazas. Les conozco demasiado bien y me temo que son capaces de todo —de manera instintiva, se llevó la mano a la frente.

Amagó el gesto de dolor que, aun así, no le pasó desapercibido a Esteban.

—Ha vuelto a pegarte —afirmó frunciendo el ceño indignado.

Luego derramó la bebida de un manotazo. Nuria logró atrapar la taza antes de que cayese al suelo y se rompiese en pedazos—.

Lo siento…; lo siento mucho. Todo este asunto me tiene desquiciado.

No soporto que sigamos fingiendo que podemos compartir un café como dos personas normales…

—Nosotros somos normales. Los monstruos son ellos… y, por desgracia, forman parte de mi vida. ¡No sabes cómo comprendo que quieras alejarte de mí! —Reconoció compungida.

—¡No! ¡No digas eso, por favor! No me conviertas en un triste cobarde.

Si solo fuera por mí, hubiese ido esa misma noche a buscarte.

Habríamos cogido un barco, un tren, y nos habríamos ido bien lejos, donde ni Julio ni la Guardia Civil tuvieran ningún poder sobre nosotros.

Pero no puedo abandonar a mi abuela. Le harían pagar el precio de nuestra culpa.

Nuria no supo qué decir. Esteban acertaba de pleno: su marido jamás perdería la oportunidad de vengarse.

Si no conseguía atraparlos a ellos, volcaría su ira en la persona cuyo sufrimiento les hiciera más daño.

A ella no le quedaba nadie a quien proteger y, por primera vez, pensó que eso podía ser una ventaja.

Sin embargo, Esteban tenía a Flavia, la persona más importante de su vida.

Su abuela le dio un hogar cuando él lo había perdido todo.

Estaba en deuda con ella y la suya era una deuda eterna.

—Tranquilo, Esteban. Lo entiendo —afirmó, aunque su voz sonaba cargada de pesar.

—¿Lo entiendes? ¿De verdad? Ni siquiera lo hago yo. ¿Cómo se puede decidir algo así? ¿Cómo elegir entre la mujer que amas y la que te ha salvado la vida? Mi abuela lo ha dado todo por mí…

—Yo te ayudaré a decidir: debes proteger a Flavia. Ella no tiene la culpa de nada y no debe pagar por nosotros.

—Así de fácil, ¿verdad? Pero no lo es, Nuria. Si te dejo en manos de Julio, un día me levantaré para descubrir que estás muerta.

La brutalidad de la afirmación de Esteban la dejó muda, conmocionada.

A pesar de que ella pensaba lo mismo, escucharlo en boca de otro le otorgaba el peso de una premonición.

Un escalofrío le sacudió el cuerpo y tuvo que posar la taza para no verter el café.

Tardó un tiempo en encontrar el valor y las palabras que pudieran sacarlos del pozo de negatividad en el que ambos se habían metido.

—Tomaste la decisión correcta; la única posible.

De seguir a mi lado, te pondrás en peligro y la arrastrarás a ella contigo.

Y es un peligro serio, real. Julio tiene poder, contactos políticos, policiales…

No podemos ganar —su voz se fue apagando poco a poco.

Odiaba rendirse, lo odiaba con toda su alma, la debilitaba, y ya se sentía demasiado débil.

No quiso despedirse así de él, con la sensación de que eran un par de títeres que su marido manejaba a su antojo—.

Ven. Acompáñame. Daremos un último paseo por la playa —le pidió, pese a saber que ni el mar sería suficiente para diluir tanto pesar.

—No me gustan las despedidas —arguyó Esteban reticente.

Nuria le tendió una mano y compuso una sonrisa triste.

—No pensemos en ello. Pensemos que hoy es un día cualquiera y que ser felices solo depende de nosotros.