El silencio de la casa azul 50 El relato de Ismael
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50 El relato de Ismael

El relato de Ismael

Ismael acudió al puesto de la Guardia Civil para confesar el asesinato de Mario Melgar, tal y como había prometido ante la tumba de Mina.

Su confesión provocó gran estupor entre los investigadores, ya que el sacerdote jamás se encontró entre los sospechosos del crimen.

Tenían que reconocer, en su desdoro, que ni siquiera se habían planteado tal posibilidad; no solo por su condición religiosa, sino porque, en apariencia, el cura no obtenía ningún beneficio con la muerte del indiano.

Tampoco existían viejos agravios que vengar, o eso pensaban ellos.

Tras el relato del sacerdote, de lo más pródigo en detalles y explicaciones, descubrieron lo errados que estaban.

Amparado por la curiosidad y la infinita paciencia del alférez Quintana, el padre Ismael desgranó su historia, que solo cobraba sentido si se contaba desde el principio. Su declaración, transcrita —palabra por palabra— por el joven Pendás, quedó recogida en el acta policial de la siguiente forma:

Conocí a Mina Lorenzo en la escuela. Durante algunos años fuimos compañeros de clase.

Yo tengo la misma edad que Alba, su hermana.

Como nosotros éramos mayores que Mina, terminamos de estudiar antes que ella, pero ya no nos separamos nunca.

Era la persona más inteligente y menos pretenciosa que he conocido en mi vida.

Su familia pensaba que llegaría muy lejos, que seguiría estudiando y que algún día sería maestra.

Por eso se quedó bajo la protección de don Mauro, nuestro maestro.

No sé si era una aspiración posible. Puede que fuera demasiado buena para enfrentarse al mundo real y sus miserias.

En cualquier caso, ninguno de nosotros se atrevió a romper su sueño, más bien, la animamos a luchar por ello.

Si he de ser sincero, me habría conformado con que fuera mi esposa.

Pero ese fue mi sueño, no el suyo. Creo que la quise desde la primera vez que la vi: con sus dos trencitas bien peinadas, los ojos muy abiertos y la pequeña pizarra reposando en su regazo.

Don Mauro la felicitaba por todo: su caligrafía perfecta, su pulcritud y su aritmética sin fallos.

Cada pormenor relacionado con los números tenía sentido para ella; incluso nos explicaba a su hermana y a mí lo que no comprendíamos…

Con el paso del tiempo, me enamoré tanto de ella, que ya no pude callarme.

Me rechazó. Lo peor que puede suceder cuando amas a alguien es descubrir que siente pena por ti.

No hay forma de darle la vuelta a eso. Hasta la indiferencia es mejor.

En fin… Por aquel entonces me propusieron ingresar en el seminario.

El padre Aquiles me convenció de que tenía madera de sacerdote.

¡Si me viese ahora se avergonzaría de mí!

Me agarré a esa oportunidad como si yo fuera un náufrago y me arrojasen un salvavidas.

Me retiré al seminario a lamer mis heridas.

Dicen que el tiempo lo cura todo. Otra mentira.

Las heridas y el dolor siguen ahí para siempre.

El tiempo solo nos permite seguir adelante.

O quieres creer que es así. En el fondo, continúas anclado en el pasado; amarrado por recuerdos y rencores, a partes iguales…

Me mantuve alejado todo lo que pude, pero mis estudios terminaron.

Me ordené sacerdote y me destinaron a la capilla de San Roque, junto al padre Aquiles.

Al poco de estar allí, me enteré de lo sucedido entre Mario y Mina.

Alba vino a contármelo; la preocupación por su hermana la consumía.

El malnacido de Melgar había dejado preñada a Mina y después huyó como una rata cobarde.

Las ayudé en todo lo que pude. O al menos lo intenté.

Les encontré trabajo en Oviedo —lejos del pueblo y de las habladurías— y un lugar donde recogerían a la criatura sin hacer preguntas.

Me gustaría haber hecho más, mucho más… De no haber pronunciado los votos, me habría casado con ella.

Desde el principio supe que no iba a funcionar: Mina no podía soportar la culpa, el remordimiento por haber abandonado a su hijo.

Sus esfuerzos por seguir adelante se pudrían, se envenenaban y cada día que pasaba era peor que el anterior.

Regresaron a Llanes, pero eso no mejoró las cosas.

Fue Alba, una vez más, la portadora de las peores noticias.

No sé de dónde sacó las fuerzas. «Han encontrado a Mina en el fondo del acantilado»; esas fueron sus palabras exactas, jamás las olvidaré.

Con ellas detuvo mi corazón, que nunca volvió a latir del mismo modo.

No pude consolarla. No se puede consolar a quien ha perdido a la persona que más ama en el mundo. Lo sé porque a mí me sucedió lo mismo.

Aguanté la compostura hasta que Alba se marchó y, una vez solo, me dejé caer a los infiernos.

De poco me sirvió la fe. De nada, en realidad.

Para salir de allí, tenía que encontrar un culpable de la muerte de Mina.

Eso fue lo más fácil de todo: ella seguiría viva de no haberse cruzado con Mario Melgar.

Él la rompió. Pero Mario estaba demasiado lejos para pagar el precio de su infamia.

Y tuvieron que pasar veinte años para que regresase a Llanes.

Entretanto, él había disfrutado de su vida ajeno al dolor que había causado, a la muerte de la mujer que lo amó y al hijo que había abandonado a su suerte.

Veinte años es mucho tiempo, ¿verdad?; tal vez no sea suficiente para perdonar, pero sí para someter las emociones, para no permitir que lo dominen a uno.

Supongo que, de no ser por Alba, le habría permitido vivir.

Sin embargo, el dolor y el rencor de la hermana de Mina eran más profundos que los míos.

Supe lo que pretendía en cuanto empezó a trabajar de cocinera en la Casa Azul.

¿Quién querría servir a la persona que más odia en el mundo, si no es para vengarse de ella?

No podía consentir que Alba arruinase su vida.

Ella tenía mucho que perder; yo nada. Mi última demostración de amor por Mina sería salvar a su hermana.

Debía pasar a la acción antes de que fuera demasiado tarde.

Fue precisamente el alcalde quien me brindó la oportunidad de hacerlo; no se lo tengan en cuenta.

¡Pobre bendito! Don Lisardo me pidió que lo ayudase a recaudar dinero para la reparación del faro.

Una galerna lo había averiado y los marineros no se atrevían a faenar a ciegas.

La cofradía lo visitaba a diario y los pescadores y sus mujeres le increpaban por la calle.

El alcalde no quiso ir solo a la Casa Azul.

Temía que Melgar se enojara con él: ya le había entregado mucho dinero para lavar su conciencia.

Don Lisardo pensaba que mi asistencia podía decantar la balanza a su favor o que al menos le evitaría la bronca.

¡No sabía lo equivocado que estaba! Llevé conmigo una botella de licor de guindas.

Lo preparo desde hace años y tiene una acogida excelente entre los lugareños: el padre Aquiles no perdonaba una copila tras el café.

Es bastante intenso, amargo, capaz de ocultar otros sabores.

Hice un destilado de bayas de acebo y lo mezclé con el licor.

Reconozco que fue un regalo envenenado, como suele decirse.

Al irme, estuve tentado de llevarme la botella.

¿Qué sentido tenía vengarse ahora? Melgar parecía otro hombre y estaba haciendo una labor impagable por Llanes.

Las dudas me atormentaban, pero ya era tarde para arrepentirse.

En mitad de la noche, se me ocurrió una cosa que no había pensado hasta entonces: ¿y si otra persona se bebía el licor de guindas?

Solo puedo achacar mi fallo a la ofuscación del momento.

La aterradora posibilidad de matar a un inocente me heló la sangre.

Tenía que recuperar la botella. Me presenté en la Casa Azul a la mañana siguiente.

Convencí a la criada para que me dejase pasar al salón arguyendo que el día anterior me había olvidado la boina.

No encontré ni rastro del licor de guindas.

Me desesperé. Le clamé a un Dios que ya no me escuchaba.

¿Cómo iba a escuchar a un asesino? Me fui.

¿Qué más podía hacer? ¿Confesar? Sí, puede que sí… , pero no lo hice.

Me encerré en mi casa. Me aislé del mundo.

Temblaba como una hoja cada vez que acudían a llamar a mi puerta.

Alguien insistió más de lo normal, me gritó que su padre se moría y reclamaba la extremaunción.

Le respondí que estaba enfermo, que buscase a otro sacerdote.

Me explicó que su padre me quería a mí, que era devoto de San Roque; me suplicó y no tuve más remedio que acompañarlo.

Jamás se debe subestimar la fuerza de la costumbre.

Le seguí a su hogar y acompañé al buen anciano hasta que se dejó morir.

Mientras me quitaba la estola morada, aparecieron los primeros vecinos que venían a dar el pésame a la familia.

Ellos nos contaron que habían hallado el cadáver de Mario Melgar en el salón principal de la Casa Azul.

Había una excitación insana en sus miradas.

Los pobres encuentran cierta justicia en la muerte prematura de los ricos.

Me gustaría decir que sentí lo mismo que ellos, pero mentiría: desde entonces solo he sentido remordimiento, culpa…

¡Qué vano consuelo trae consigo la venganza!

No habrá paz para mí; no la merezco. Ni los hombres ni Dios podrán perdonarme.

El alférez Quintana sí que encontró consuelo en la confesión del padre Ismael.

Ahora podría liberar a Malena Bastida y devolverla a los amorosos brazos de Dimas.

Seguro que el joven hallaba la forma de compensarla después de tanta congoja.

Su conciencia y su corazón, por poco profesional que sonase esto último, quedaron más aliviados.

Además, Quintana tuvo la inmensa satisfacción de demostrarle al cabo Llavona lo errado que estaba.

Y por una vez, consiguió callarle la boca.

¡Qué placer tan fantástico! El mutismo de su subordinado tenía visos de ser transitorio, pero al alférez no le importó.

Iba a disfrutar de cuanto durase, como si la vida le hubiera hecho el mejor de los regalos.