El silencio de la casa azul 49 All together now
78%

49 All together now

All together now

Desde que tenía conciencia, ya fuese con Sol o en alguna rara ocasión con Inés, siempre le había gustado cocinar.

Enfrascada en las elaboraciones, siguiendo cada paso de la receta, conseguía relegar sus inquietudes a un segundo plano.

Merecía la pena si por un momento podía olvidarse de los problemas.

Le sirvió de terapia cuando perdió a su madre y también la ayudaba ahora.

Lástima que la ventresca de bonito, que chisporroteaba en el horno de leña envuelta en un baño de aceite de oliva y vino blanco, estuviese destinada a alimentar a dos seres humanos tan indignos de ella.

Miró el reloj de pulsera para consultar el tiempo que le quedaba.

Aún tenía que cambiarse, pero el resto de la cena estaba listo y dispuesto en las bandejas que serviría más tarde.

Abrió la alacena y se echó una generosa copa de vino a sabiendas de que no sería la estrategia más acertada: necesitaría todos sus sentidos y alguno extra para salir indemne de la reunión.

Aunque, pensándolo mejor, también le haría falta un valor que solo podía aportarle el alcohol.

Tras el último trago, que se tomó de una vez como las medicinas amargas, cogió las manoplas y sacó la bandeja del horno.

Los ingredientes se habían amalgamado hasta conformar un olor delicioso que abría el apetito.

Su estómago rugió anticipando el placer que vendría.

Dejó la ventresca sobre la encimera y subió a cambiarse.

Pese a tener la certeza de que su actitud molestaría a Julio, apenas se esforzó en arreglarse.

No le rendiría pleitesía a alguien tan mezquino como Rafael Sancristóbal.

Odiaba todo lo que representaba aquel tipo y le odiaba más porque el guardia civil era el vivo reflejo de su esposo.

Se limitó a recogerse el cabello en un moño informal y a cambiar los vaqueros y la camiseta que había usado para cocinar por un sobrio vestido negro.

No se puso ninguna de las joyas que le había regalado su marido.

Ni siquiera el collar de perlas, tan gruesas como canicas, que reposaba sobre la cama en una clara indirecta.

Supo que le traería problemas, pero por una vez la rebeldía fue mucho más poderosa que el miedo.

En su lugar, se puso la cadena de oro de Inés con un sencillo colgante en forma de corazón.

Sonó el timbre y comprendió, con cierta resignación, que había llegado el momento de enfrentarse a las fieras.

Acarició el corazón metálico con la yema del pulgar.

Estaba frío, aunque el dedo le transmitió parte de su calor y pronto cambió de temperatura.

Fue un simple gesto para recordar que su madre siempre estaba con ella, pues el coraje que le brindaba el alcohol ya se había evaporado de sus venas.

Sancristóbal y Carmen entraron abastecidos con una docena de pasteles de la confitería Vega —¡cómo no!— y una botella de Johnnie Walker etiqueta negra.

—¡Perfecta para hacer honores a los habanos que guardo en el gabinete! —exclamó Julio con un entusiasmo que tenía mucho de fingido. Luego agarró los pasteles de las manos de Carmen y se los endosó a su mujer sin el menor miramiento: ese era el comienzo de su venganza.

—Los dejaré en la cocina —musitó Nuria más bien para sí.

—¿Puedo acompañarte? —preguntó su invitada.

Nuria reparó por primera vez en el rostro de Carmen.

En su primer encuentro, le había parecido una mujer un tanto insegura, nerviosa, pero con afán de agradar.

Ahora estaba triste, abatida, demasiado cansada para esforzarse en fingir que no pasaba nada en su hogar.

Tenía una sombra oscura bajo el arco del ojo, el párpado inflamado, la esclerótica enrojecida…

Nuria podía reconocer los signos del maltrato como si los viese en su propia cara.

—Claro que sí —dijo tratando de dominar sus emociones para que no tiñeran sus palabras—. Ven conmigo —y la agarró del brazo, poniendo en serios aprietos la integridad de los pasteles. No le importó. ¿Qué podían importar unos dulces cuando había tanto en juego?

—Dios, ¡qué bien huele! —expresó Carmen olisqueando el ambiente—. No te hacía una cocinera tan buena…

—¿Es un cumplido? —cuestionó Nuria en broma. En cuanto pusieron distancia con sus parejas, parte de su ansiedad se esfumó—. Porque para ser un cumplido es bastante flojito —añadió rematando la frase con una sonrisa.

—Disculpa, Nuria. ¡Qué desastre por Dios…! No te ofendas, pero tenía una idea distinta de ti. Pensé que le encargarías la cena a alguien del pueblo.

—¿Y por qué pensaste eso? ¿Tan estirada me ves?

Carmen afirmó con la cabeza muy despacio, casi a desgana. Luego soltó una carcajada, tan espontánea que logró contagiársela a Nuria también.

—Si he de serte sincera, sí. Verás, es fácil de entender: la propietaria de la Casa Azul regresa de la capital al pueblo… —explicó haciendo un gesto que englobaba a la anfitriona y al palacete—. Te veo a ti y me siento tan provinciana —reconoció en un arranque de honestidad.

Nuria elevó la mirada al techo para evidenciar que el argumento de su invitada era una tontería. Se lo decía precisamente a ella, que huía de toda pretensión. No podía concebir que despertase esa incomodidad en la gente. Julio sí, por supuesto, pero ella no.

—Últimamente no hago más que repetir la misma cantinela, aunque no por eso deja de ser cierta: mi familia apenas me habló de este lugar.

Jamás había estado en Llanes, no que yo recuerde.

Tomé conciencia de lo que representaba la Casa Azul al llegar aquí.

Desde entonces, todo lo sucedido en torno a ella me ha parecido muy extraño.

No dejo de descubrir misterios, secretos y escándalos sobre el pasado de los Melgar y no consigo entender por qué me mantuvieron al margen.

Nuria sintió cómo se desinflaba al terminar la frase. Demasiada información para una mujer, casi una desconocida, que tenía que estar desbordada por sus propios problemas. No era justo para Carmen.

—¡Vaya…! —exclamó su invitada colocando una mano encima de las suyas. Luego la apretó para mostrarle su afecto—. No te preocupes, Nuria. Todos tenemos algún secreto que guardar.

Nuria cruzó una mirada con ella. Así, tan cerca la una de la otra, las marcas de los golpes resultaban más nítidas.

No quiso decirle nada; no quiso obligarla a inventarse una excusa que únicamente iba a servir para verla humillada.

Se limitó a asentir y a esconder su frustración bien adentro, para que, al menos por esa noche, no saliese a la superficie.

Ver cómo sufría otra mujer era mucho peor que soportar su propio sufrimiento.

La cena transcurrió entre las bravatas de Julio y Rafael, las risas nerviosas de Carmen y los silencios de Nuria.

Los hombres vaciaron sendas botellas de tinto y, cuando acabaron con la comida, se retiraron a fumar los habanos al cuarto que Julio había habilitado como despacho privado.

Al parecer, aquella habitación había sido el gabinete de Mario Melgar.

Aún se conservaban algunos libros mohosos y una caracola de mar que el indiano debió de traerse de Cuba.

Vallejo, en su papel de amo y señor de la Casa Azul, así como de su contenido, se lo había apropiado sin consultar la opinión de su esposa.

Las mujeres se entretuvieron con los cafés y con una conversación intermitente, fruto del cansancio.

Con el paso de las horas, las ojeras de Carmen se acentuaron y se hicieron más oscuras.

Tras ver que su invitada consultaba el reloj varias veces, Nuria se percató de que quería marcharse ya a su casa.

Ella también deseaba ponerle fin a la cena.

—Siento ser una compañía tan mala, pero Covadonga apenas me deja dormir. Tengo tanto sueño atrasado, que creo que podría dormirme de pie —explicó sofocando un bostezo.

—No te disculpes, por Dios. Se nos ha hecho tarde y tú no eres la única que está cansada. Voy a buscar a Rafael…

—¡Pero no le digas que soy yo la que quiere irse! —le pidió sujetándola del brazo. Carmen la soltó de repente, como si la piel de su anfitriona quemase, y agachó la cabeza avergonzada.

—No te preocupes. Es cosa mía —dijo para tranquilizarla.

Nuria se alejó pensando que conseguir que una mujer adulta viviese con miedo era una forma de tortura sutil, pero tremendamente efectiva.

Cada vez le resultaba más difícil asumir que el resto de su vida sería así.

Distraída como estaba, golpeó la puerta del gabinete y la abrió sin aguardar respuesta.

Lo que vio al otro lado la dejó muda de asombro: su esposo fumaba con indolencia uno de sus habanos, mientras Rafael le rodeaba los hombros con un brazo y posaba su mano libre sobre el pecho de Julio, justo encima del corazón.

El comandante le susurraba algo al oído, cuando se vieron interrumpidos por la sorpresiva aparición de Nuria.

Había tal complicidad entre ambos, que su presencia solo sirvió para incomodarlos a los tres.

Julio alejó a Sancristóbal con un movimiento brusco, violento, y Rafael, medio borracho, tropezó con el viejo anaquel donde se apilaban los libros del indiano.

La lluvia de polvo le hizo estornudar. La situación tenía algo de cómico, pero nadie rio.

Julio se puso en pie como impulsado por un muelle y, sujetando a su mujer del brazo, la sacó del gabinete a empellones.

—¡¿Qué demonios haces aquí?! —gritó desquiciado, a un centímetro de la cara de Nuria.

El tufo a alcohol y a tabaco le penetró en las fosas nasales.

La repulsión le provocó una arcada. No creía que pudiese contenerla.

Quiso separarse de él, pero Julio la tenía bien sujeta—.

¿Nadie te ha enseñado a llamar antes de entrar…

? —preguntó agarrándola del pelo—. Pues yo te enseñaré a hacerlo —y, de seguido, golpeó la cabeza de su esposa contra el marco de la puerta.

Ella sintió un dolor tan intenso y arrollador, que su cuerpo se aflojó y tuvo que apoyarse en la pared para no caer.

Echó mano a la sien. La encontró caliente y pegajosa.

Se asustó y se miró los dedos que se habían convertido en bultos borrosos.

Sus ojos lloraban lágrimas que se mezclaban con la sangre y le abrasaban el rostro.

A su alrededor, las cosas se desdibujaban y perdían nitidez, y el mundo se apagó para ella.