Diario de Amara
D IARIO DE A MARA
¿Acaso es posible invocar la desgracia con el pensamiento y atraerla hacia ti?
Si lo es, mi madre jamás llegó a contármelo.
¿Había imaginado una vida de esclava antes de que la capturasen a la orilla del Níger?
Supongo que no. Es difícil imaginar un terror que se desconoce.
Sin embargo, yo conozco la muerte muy bien.
La he visto a mi alrededor, como un miasma que se extiende y se apodera del alma de los hombres hasta aniquilarlos por completo.
La he visto en todos los que no logré salvar, a pesar de mis esfuerzos.
No quise contaminar nuestra felicidad con mi pesimismo, así que me abstuve de arrojar las conchas de cauri por un tiempo.
Tuve miedo de que confirmasen mis peores presagios.
Bruno me animaba a hacerlo; deseaba saber si la próxima cosecha de caña sería tan buena como la anterior.
Le hacía ilusión. Me negué en redondo y él se sorprendió, aunque no insistió de nuevo.
Sabía que ese era mi mundo y que yo marcaba las reglas.
Mi marido debía viajar al otro extremo de la isla.
Siempre que podía, lo hacía en barco. Al contrario que Mario, atormentado por su pasado de pescador, mi esposo adoraba el mar y sentir el viento salado en su rostro.
Desde el primer instante recelé del viaje.
Les rogué a ambos que Mario fuera en su lugar.
Ahora veo cuán egoísta era mi petición, pero el amor no entiende de injusticias.
Bruno se negó. Los tres sabíamos que mi marido negociaba mejor: contaba con la mesura y el temple necesario para desarmar al contrario.
El día anterior a su partida, Malena se puso enferma.
Tenía algo de fiebre y vomitó un par de veces lo poco que había comido.
Decidí acostarme con ella para velar su sueño.
Esa noche no compartí la cama con mi esposo.
Bruno vino de madrugada para despedirse de nosotras.
Entró en la habitación de Malena y nos dejó dos besos: uno en mis labios y otro en la frente de nuestra hija.
Tuve la tentación de retenerlo, de impedirle que se fuera, pero no habría sido razonable. Siempre me arrepentiré de ello.
Una tempestad y un naufragio acabaron con la vida de Bruno.
El barco en el que navegaba se hundió en las aguas del Caribe.
Hubo supervivientes, pero mi marido no estaba entre ellos.
No sabría decir cuándo fue la primera vez que soñé con su rostro pálido y desdibujado.
El cabello le flotaba alrededor de la cabeza como un nimbo dorado y su cuerpo se sacudía en espasmos descontrolados.
Quizás lo vi antes de que ocurriese, pero prefiero pensar que no.
Prefiero pensar que solo es mi imaginación desbocada y que Bruno no sufrió al morir.
Pasaron días, tal vez semanas, antes de que me atreviese a contarle a mi hija que su padre ya no volvería con nosotras.
Salió corriendo y, desesperada, se refugió en los brazos de Mario, como si él pudiese ejercer de sustituto de Bruno.
Reprimí el impulso de gritarle que no lo era ni lo sería jamás.
Me amarré la boca y callé porque nadie necesitaba que ahondase en su herida. No quería causar más dolor.
He necesitado mucho tiempo para poder plasmar nuestra tragedia en las páginas de este diario.
Aunque sabía que la muerte de Bruno era definitiva, creo que no lo había aceptado del todo hasta que lo he escrito aquí.
Y ahora es cuando empiezo a hacerme preguntas a pesar de que no aportan consuelo, más bien, al contrario.
No entiendo por qué la vida nos castiga con tanta dureza.
¿Fue por mi cobardía al desechar las señales o por relegar mis creencias en pos de la felicidad personal?
Si esos fueron los motivos, no volverá a pasar.
No permitiré que nada malo le ocurra a Malena.