El silencio de la casa azul 48 Confesión
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48 Confesión

Confesión

Sus hábitos ondearon al viento, maltratados por un nordeste feroz.

Se agitaban y sonaban a un tiempo, como si tuviesen vida propia y se quejaran por estar allí.

No era la primera vez —aunque sí la última— que visitaba aquella tumba extramuros, alejada de los buenos cristianos que habían aceptado la voluntad de Dios.

Ellos, los que aguardaron su muerte con paciencia y resignación, habían recibido como recompensa final una sepultura en el cementerio.

Mina, que no pudo esperar, yacía enterrada bajo un túmulo cubierto de maleza y hierbas salvajes.

Esas plantas indómitas que lograban sobrevivir en cualquier lugar y en cualquier condición habrían de ser sus fieles acompañantes en el eterno descanso. Había cierta justicia poética en ello.

Ismael le traía un ramo de flores silvestres, sus favoritas.

No se atrevió a dejarlas sobre la tumba de Mina: el viento se las llevaría volando en cuanto las posara en el suelo.

«Irán a parar al mar, pensó, al sepulcro que ella eligió y donde siempre reposará una parte de su alma».

Sin embargo, no le pareció una idea tan mala y, cediendo a un impulso, las dejó sobre la hierba.

Cumpliendo con su predicción, el nordeste las barrió sin clemencia, deshizo el ramo y las empujó hacia el mar.

—Querida Mina, vengo a confesarme contigo —dijo con poco más que un susurro.

Él, que había escuchado tantos pecados veniales, capitales e incluso mortales, la buscaba a ella para contarle los suyos—.

Ni siquiera Dios podrá perdonarme si guardo silencio…

Sabes que te amé más que a nada, ¿no?, pero por desgracia tuve que asumir que mi amor no sería bastante para poder protegerte —Ismael calló un momento y se agachó para arrancar parte de la maleza que afeaba la tumba—.

Hay una mujer en peligro…, bueno, en realidad, poco más que una niña, y está prisionera en la cárcel, retenida entre cuatro paredes y acusada de un delito que no cometió.

La enjaularon los prejuicios, la ignorancia y el miedo.

Mina… —Titubeó un tanto perdido—, no consigo dormir por las noches —hizo una pausa para frotarse los ojos.

Las lágrimas acudieron a ellos, pese a que no quería llorar.

Lo que quería era despedirse de Mina por si ya no podía regresar nunca más—.

Tu fantasma se me aparece en sueños y me reprocha con la mirada que haya sido tan cobarde.

Tú más que nadie conoces las injusticias que se cometen con las mujeres.

Yo no quiero formar parte de eso… Le pondré remedio.

Te lo prometo. Igual no vuelvo a pisar esta hierba, a ver este mar tan espléndido…

Añoraré hasta este viento indómito que agita mis cabellos, pero no importa, Mina, ya estoy acostumbrado a perder.

¡Te he extrañado tanto! Por fin olvidaré el rencor —Ismael se arrodilló y tocó con las manos la tierra bajo la que reposaba el cuerpo de Mina Lorenzo; su primer amor, su único amor.

Por Mina, habría sido capaz de renunciar a todo, incluso a sus creencias.

Y, aun así, no había podido hacer nada para evitarle el dolor ni para mantenerla con vida.

La decepción y el fracaso pesaban como una losa de granito que había cargado sobre su espalda durante toda su existencia.

Estaba derrotado, demasiado cansado para continuar luchando.

Al final del viaje, solo le quedaba una pequeña satisfacción, una luz con la que iluminar las sombras que le acosaban y amenazaban con devorarlo.

Él se había condenado para siempre, sí; pero todo lo que hizo fue para salvar de la ruina al verdadero amor de Mina: su hermana Alba.

Ella habría asesinado a Melgar si él no se le hubiese adelantado.

Tarde o temprano habría sucedido así. Estaba seguro.

El rencor de Alba era un fuego que había permanecido encendido durante más de veinte años.

Es más, tenía la sospecha, casi la certeza, de que había sido ella quien ocultó la botella de licor de guindas para protegerlo.

Ismael quería convencerse de que ese había sido su móvil, su único motivo para matar a Melgar, pero el rostro de su primer amor acudía a su cabeza para desmentirlo.

—Adiós, Mina. Ya puedes descansar tranquila. Tu familia está a salvo —musitó en son de despedida, antes de ponerse en pie de nuevo.

El nordeste, que no sabía lo que era la piedad, empujó sus pasos hacia el camino de la redención y lo mantuvo en él.

No le concedió la menor oportunidad de arrepentirse.