El silencio de la casa azul 47 She loves you
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Julio Vallejo regresó a Llanes tan satisfecho como se lo permitía su temperamento, que no era mucho precisamente.

Había localizado los materiales que buscaba y estaba convencido de que, gracias a él, la Casa Azul iba a recuperar su viejo esplendor.

El palacete saldría en las revistas de arquitectura y le devolvería el prestigio que había perdido con el proyecto de la barriada de Madrid.

El ministro de Vivienda había caído en desgracia tras el sonado escándalo por sus dispendios en juergas, fulanas y otros vicios que no eran del agrado del Generalísimo, y que, para más inri, había sufragado con dinero del ministerio.

Su padre no le perdonaba su implicación en el escándalo, ni que hubiese tenido que dar la cara por él.

El general le sugirió, sin el menor reparo, que se alejase de la capital por un tiempo.

La muerte de Abel Melgar y su inesperada herencia llanisca resultaron de lo más oportunas: una excusa perfecta para escapar de Madrid.

Lo que nadie le dijo es que iba a enamorarse del palacete y que su exilio le brindaría una segunda oportunidad.

No le gustaba fracasar, pero tenía que reconocer que había cierta épica en volver a ponerse en pie.

Julio dejó el equipaje en el vestíbulo y se dirigió a la cocina.

Supuso que encontraría a Nuria allí. El carpintero que reparaba los desperfectos en las contraventanas —desencajadas tras el último temporal— le había informado al llegar que su mujer estaba en casa.

Hacía varios días que no tenían ningún contacto.

Durante el viaje ni siquiera se había molestado en llamarla: necesitaba tiempo y espacio para sí mismo, además, había descubierto que el matrimonio era una trampa monótona y aburrida.

Lamentaba profundamente haberse dejado atrapar en ella.

Encontró la cocina vacía, pero la puerta que daba al jardín estaba entreabierta.

La empujó, se asomó a través de la abertura y vio a su esposa hablando con el jardinero que él mismo había contratado unas semanas atrás.

No le dio mayor importancia hasta que reparó en la actitud distendida de ambos; algo que le resultó, cuando menos, extraño.

Por lo que sabía, Nuria apenas conocía a aquel tipo.

Les observó curioso y su recelo fue en aumento hasta teñirse de enojo.

Su mujer había conseguido barrer toda su satisfacción de un plumazo.

Cruzó el jardín en cuatro zancadas.

—¡Nuria! —gritó justo antes de agarrar a su mujer del brazo.

Apretó a conciencia, a sabiendas de que ella no sería capaz de disimular el gesto de dolor.

Levantó la barbilla desafiante y se midió con el jardinero.

El tipo le apartó la mirada, aunque, antes de hacerlo, Julio pudo ver el disgusto en sus ojos.

Lo dejó correr. No quería precipitarse. Ya tendría tiempo de ponerle en su sitio—.

¡Vamos adentro! —ordenó tirando de Nuria sin ninguna delicadeza.

Ella no se resistió y tampoco se despidió del jardinero. Avanzaron silenciosos por el jardín, hasta que entraron de nuevo en la casa y Julio cerró la puerta de la cocina con un sonoro portazo.

—¡Maldita zorra! ¡Te dejo sola un par de días y te follas al primero que encuentras! —vociferó furioso.

La ira, convertida en un río de lava, se apropió de él y se extendió por todo su cuerpo hasta alcanzar las terminaciones nerviosas.

La dejó correr. Zarandeó a su mujer con violencia.

Quería hacerle daño; necesitaba hacerle daño para expulsar la rabia que, como la sangre en las venas, palpitaba en su interior.

Entonces oyó que alguien gritaba su nombre con mucha insistencia.

Le había dicho al carpintero que lo avisara en cuanto llegase el capataz.

Tenía que ponerle al día de las últimas novedades en la reforma.

Fruto de la distracción, parte de su furia se esfumó y la pulsión violenta pasó a un segundo plano, a la espera de que llegase su hora.

—Ya ajustaremos cuentas más tarde —le advirtió, poco dispuesto a soltar la presa.

Desmayada de angustia, Nuria se dejó caer en el primer lugar que encontró.

Sofocó un sollozo. Se negaba a llorar. No permitiría que Julio se alimentase de su fragilidad.

Estaba demasiado cansada, harta de ser tan débil.

El miedo, tan venenoso que lograba anular el resto de emociones, se hizo a un lado y dejó vía libre al rencor, a un odio visceral, profundo.

Se estremeció al percatarse de que quería verlo muerto.

Jamás había sentido nada igual. Le costó dominar los temblores y la flojedad de sus piernas para poder ponerse en pie.

Quería que Esteban supiese que estaba bien.

Cuando por fin salió al jardín, no halló ni rastro de él. Lo buscó por la finca y, mientras lo hacía, se sorprendió por la magnitud del sentimiento de abandono. Fue tan devastador que llegó a pensar que había sustituido un miedo por otro: su peor pesadilla era estar sola en su matrimonio con Julio.

Pese a toda su lucha por mantenerse firme, el llanto acudió a sus ojos y terminó venciéndola.

* * *

Transcurrieron varios días sin que Esteban regresase a la Casa Azul.

Ni siquiera regresó a los jardines que, sin él, se veían más abandonados que antes.

Tal vez fuera lo más seguro, lo más prudente, pero Nuria no lograba acostumbrarse a su ausencia.

Ella pensaba que la intimidad compartida había establecido un vínculo entre los dos, aunque, visto lo sucedido, ese lazo invisible parecía ser mucho más fuerte por su lado.

Contra todo pronóstico, Julio le brindó una tregua de cordialidad que resultó tan inesperada como inquietante y a la que tampoco lograba acostumbrarse.

Su mente le advertía a gritos que algo peligroso se ocultaba en el cambio de actitud de su esposo: le recordaba a la calma chicha que precede a las peores tormentas.

Dedicó buena parte de la tarde a pasear por el casco antiguo de Llanes y tomó café en la terraza del Casino, un hermoso edificio con ese aire parisino que estaba tan en boga a principios de siglo.

Pese a que el verano daba sus últimos coletazos, la villa rebosaba de turistas melancólicos por tener que despedirse del estío.

Su primer impulso fue acercarse hasta las oficinas de El Oriente de Asturias para seguir rebuscando en sus archivos.

No se atrevió. Después de todo lo ocurrido, no estaba lista para aparentar una normalidad de la que carecía por completo.

Se limitó a quedarse en el margen izquierdo del río Carrocedo, sin llegar a atravesar el puente.

Aprovechó la ocasión para comprar un buen pedazo de empanada en la confitería Vega, que le resolvería la cena de esa noche.

En cuanto estuvo de vuelta en la Casa Azul, se encontró con Julio: su marido y el albañil revisaban el estado de las baldosas del vestíbulo.

Los azulejos de alabastro formaban un patrón de blanco y negro que le recordó al tablero de ajedrez de su padre y al tiempo en que ambos lo habían utilizado para tratar de llenar el vacío que dejó la ausencia de Inés.

¡Como si eso hubiera sido posible! No obstante, aquellos fueron sus mejores momentos compartidos; un espejismo de normalidad que duraba lo que se alargaba el juego.

Se preguntó dónde estaría ahora; a buen seguro, cogiendo polvo en algún rincón de Madrid.

Julio se le acercó con paso resuelto y ella retrocedió asustada: el miedo dejaba su impronta en todo.

—No olvides que tenemos una cena pendiente con Sancristóbal y su esposa.

Ni siquiera se molestó en recordar el nombre de la mujer de su amigo, así de irrelevantes eran Carmen y ella.

—La casa aún no está lista para recibir invitados. Lo sabes mejor que nadie… —comentó sin pretender que sonara a reproche.

Su marido torció el gesto y afiló la mirada. Fue la primera señal de alarma, como si oyese el tintineo de la campana de advertencia. Resultaba complicado no enfadar a Julio, cuando cualquier objeción despertaba su mal humor. Era como un perro rabioso, siempre presto a atacar.

—Deja de buscar excusas —le ordenó—. Es cuestión de poner buena voluntad, mucho más que otra cosa —objetó, insinuando que era ella la que daba problemas.

Nuria no quiso seguir por ese camino. Si tensaba la cuerda, acabaría pagando los platos rotos.

La frustración se amontonó en su interior hasta formar una bola densa y pesada, que le atascó la boca del estómago.

Se quedaría allí durante horas dando guerra.

—Está bien —aceptó sumisa. ¡Cómo lo odiaba!—. Prepararé una cena para Carmen y Rafael —añadió sin saber dónde había encontrado la entereza para pronunciar las palabras.