El silencio de la casa azul Diario de Amara
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Diario de Amara

D IARIO DE A MARA

Hace mucho que no escribo en las páginas de este diario y no será porque no haya sucedido nada importante: Malena ha crecido y la plantación también.

Mario se ha convertido en experto en el cultivo de la caña de azúcar y apenas necesita mi ayuda.

Incluso diría que ahora sabe más que yo.

Bruno viaja a menudo para tratar con los clientes y ampliar el mercado.

Se ha revelado como un buen negociante, tal vez porque los compradores son capaces de ver la honestidad en su cara.

Gracias a ellos, he podido centrarme en la educación de mi hija.

Quiero que Malena conozca la fe de su madre.

No debemos perder nuestras raíces: ellas son las que nos mantienen agarrados a la vida.

En una ocasión, mi pequeña me preguntó por qué su padre y el tío Mario tienen la piel mucho más clara que nosotras.

Le hablé de África y le conté que nuestro color procede de allí.

Le dije que los orígenes de su familia son mágicos, que podemos sanar y ver el futuro, y eso deja un poso en la piel, una especie de señal para que los demás puedan reconocernos.

Sonrió y se le iluminó la mirada, pero supe que solo se creía mi historia a medias, como sucede con los cuentos que le leo cada noche. Malena tiene mucho de su padre.

Mi marido se considera católico, aunque no sea más que por tradición familiar, que es un motivo que ya pesa bastante: las creencias y los ritos que uno aprende de niño se suelen quedar pegados al cuerpo y al alma.

Sin embargo, él nunca se ha entrometido en mi forma de educar a Malena.

Creo que, cuando nos ve rezar ante el altar de los santos, piensa que no tiene importancia quién escuche nuestras plegarias siempre que alguien lo haga.

Tampoco protestó cuando le regalé a mi hija sus primeras conchas de cauri.

Le enseñé a leerlas, a interpretar sus patrones.

Por ahora, son poco más que un juego para ella.

Da igual: lo trascendente es no olvidar lo que somos.

Mario dice que la niña debería asistir a un colegio de señoritas, pero su padre y yo no queremos separarnos de ella.

Malena equilibra nuestro mundo y le da estabilidad, como si hubiéramos pasado de ser un triángulo a ser un cuadrado.

Me preocupa que, si falta alguno de nosotros, ese equilibrio desaparezca.

A pesar de nuestra prosperidad, y la felicidad que trae consigo; la inquietud se ha apoderado de mí como una especie de premonición sombría que no me deja conciliar el sueño.

Quizás por eso he retomado las páginas de este diario: para tratar de exorcizar mis miedos.

Ni siquiera me atrevo a leer el futuro, nuestro futuro, en los cauri.

Temo lo que podrían revelarme las conchas, aunque sé que, por el mero hecho de ignorarlas, no cambiará mi destino.

Ellas no deciden nada, solo cuentan lo que va a pasar.

Pero ¿por qué me angustio tanto? ¿Por qué no puedo relajarme de veras, si todo va bien?

Tal vez porque me asusta perder la felicidad cuando por fin la tengo atrapada en mis manos.

Me niego a soltarla.