El silencio de la casa azul 46 Por favor, no la abandone
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46 Por favor, no la abandone

Por favor, no la abandone

Tardó un tiempo en decidirse a entrar, en encontrar las palabras justas para defender la inocencia de Malena; de hecho, tardó tanto, que había desgastado sus pasos en una danza que solo había conseguido marearlo.

Hastiado de sus dudas y titubeos, atravesó las puertas del puesto de la Guardia Civil armado con una determinación que tenía mucho de impostada.

Si no estaba seguro, qué menos que parecerlo.

Preguntó por el alférez Quintana; la persona que estaba al mando de la investigación.

Un guardia, con aire arrogante, le dijo que el alférez estaba ocupado y le preguntó qué quería de él.

Dimas no estaba dispuesto a desperdiciar su tiempo con subalternos.

Si alguien podía ayudarlo, ese hombre era Quintana.

Además, él había sido el único en mostrar cierta consideración hacia Malena y sus circunstancias; casi diría que la detuvo a regañadientes.

—¡Quiero hablar con su jefe! ¡Necesito reunirme con él! —exclamó sin darse cuenta de que elevaba la voz por encima de lo correcto. Una puerta se abrió y, a través del hueco, asomó el rostro de Quintana con el ceño fruncido.

—¿Qué está pasando aquí? —voceó mientras se acercaba a ellos.

—Necesito hablar con usted. Este guardia afirma que no puede recibirme, aunque ni siquiera se ha molestado en preguntarle…

—¡No soy un simple guardia, soy el cabo del puesto! —protestó Llavona tan necio como siempre.

—¡Llavona, por Dios! No es momento de sacar los galones a relucir —dijo Quintana amonestándole con un dedo—. Puedo concederle unos minutos, señor… —Las recientes revelaciones sobre la filiación de Dimas provocaban el mismo efecto en todos: no sabían si apellidarlo Castro o Melgar.

—Llámeme Dimas —sugirió, pensando que eso era lo único que no había cambiado en los últimos tiempos.

—De acuerdo, Dimas. Pasé a mi despacho, por favor. —Llavona hizo amago de acompañarlos, pero su jefe lo detuvo con un gesto que no admitía réplica y, por una vez, el cabo se conformó.

—Tiene a una inocente entre rejas —soltó sin más preámbulo—. Malena no lo hizo. Ella no asesinó a Melgar. No debería dejarse llevar por los prejuicios…

—Despacio, Dimas. Cálmese, por favor. ¿Qué tal si se sienta primero? —El joven aceptó obediente y tomó asiento—. ¿Prejuicios, dice? Por mi parte, le aseguro que ninguno. Son las pruebas que hemos obtenido las que señalan a Malena Bastida.

—Pero usted no la considera culpable —arguyó Dimas desesperado.

—No sé de dónde saca esa conclusión. En cualquier caso, mi opinión no es relevante; debo cumplir con mi deber…

—Su deber es encontrar al asesino de mi…

—No pudo terminar la frase. La palabra «padre» refiriéndose a Mario Melgar le causaba un rechazo instintivo.

No sabía si llegaría a superar esa aversión y tampoco le importaba.

Ahora solo podía centrarse en conseguir la libertad de Malena—. Tiene que haber otros sospechosos.

Quintana carraspeó con intención. Claro que había otros sospechosos.

Entre ellos, todos los que se beneficiaban con la muerte de Melgar y su cuantiosa herencia: el propio Dimas, hijo ignoto hasta la fecha, y Simón Melgar, el hermano del finado.

Y no debía olvidar a Alba Lorenzo, que contaba con motivo y oportunidad para cometer el crimen.

De hecho, la señora Lorenzo era la principal sospechosa de Quintana, aunque eso no iba a decírselo al que, hasta hacía unas semanas, era su primogénito.

El alférez se preguntó cómo podía soportar alguien tan joven el peso de tantas mentiras.

—En efecto los hay, pero no puedo hablar de eso; y menos con usted —explicó Quintana muy serio.

Dimas supo leer en los reparos del alférez.

Ni siquiera él tenía muy claro por dónde seguir, de ahí sus vacilaciones.

Temía que, en su empeño por liberar a la mujer que amaba, acabase inclinando la balanza de las sospechas hacia Alba.

Las dudas lo atormentaban y no le dejaban dormir.

Alba culpaba a Melgar del suicidio de Mina: Mario le rompió el corazón y la abandonó sin futuro ni esperanza.

Ahora que conocía la historia completa de las hermanas Lorenzo, sospechaba que su tía habría sido capaz de cualquier cosa por vengar la muerte de Mina.

Solo le quedaba rogar para que sus peores temores no se hiciesen realidad.

No podía ni pensar en privar a Nel de su madre. Jamás se lo perdonaría.

—No la abandone —le pidió al alférez antes de tenderle la mano para despedirse.

Llavona se la estrechó con fuerza. La pareja formada por Dimas y Malena contaba con toda su simpatía, pero, mientras no se descubriera nada más, estaba atado de pies y manos.

Lo único que podía hacer por ellos era seguir investigando.