El silencio de la casa azul 45 Hold me tight
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45 Hold me tight

Hold me tight

Al final del día, el sol se rindió, dejándose caer poco a poco.

Ya no quería seguir luchando, al menos, no por hoy.

Animado por la capitulación del astro, el viento se aprestó a soplar con fuerza.

Unas nubes oscuras y amenazantes se amontonaron sobre la Casa Azul y se quedaron allí como un inquietante rebaño de ovejas negras.

Los albañiles, fontaneros y demás oficios ocupados en la reforma del palacete se habían retirado a mitad de tarde, ahuyentados por el clima adverso.

El capataz de la obra vino a despedirse y, cuando cerró la puerta tras de sí, la casa se sumió en la calma.

Nuria lo agradeció. Después de soportar la cacofonía de ruidos sin hallar refugio en ningún rincón, el silencio le devolvió parte de la paz que tanto anhelaba.

La calma no duró demasiado: se avecinaba tormenta y todas las señales indicaban que iba a ser de las fuertes.

Nuria se afanó en atrancar las puertas, ventanas y contraventanas de la Casa Azul, pero por más empeño que puso, las contraventanas se agitaban nerviosas, inquietas, pues ellas tendrían que afrontar el envite de los elementos.

No obstante, el continuo golpeteo le recordó la existencia de los andamios que los pintores habían colocado en la fachada principal y le inquietó que el vendaval pudiera derribarlos y que provocasen destrozos.

Como ya no podía hacer nada por evitarlo, se refugió en la cocina y se sirvió una generosa copa de vino.

Mientras paladeaba el licor, uno de aquellos tintos con renombre que tanto le gustaban a Julio, se preparó una cena ligera.

Necesitaba beber mucho más que comer. Llenó la copa de nuevo, sacó los cubiertos y, cuando iba a sentarse a la mesa, sonó un fuerte chasquido y se fue la luz.

La casa quedó sumida en la oscuridad más absoluta.

Un trueno retumbó justo encima, sobre las torres almenadas que coronaban el palacete, acompañado de un fugaz resplandor.

De repente, el firmamento se abrió para verter a capricho toda la lluvia en él contenida.

Nuria cerró los ojos en busca de sosiego y un plan de acción.

Todavía sentía la casa como algo extraño, ajeno a ella.

Se acordó de que guardaban un manojo de velas y las cerillas en un cajón de la alacena, apenas unos metros más allá.

Se preguntó si sería capaz de llegar sin tropezarse con nada.

Mientras pensaba en ello, el aguacero le brindó una tregua y los sonidos de la madera tomaron protagonismo: se oía el crujir y el rechinar de una casa que protestaba lastimeramente, vapuleada por las inclemencias que sufría.

Entonces recordó la inquietante aparición en el cuarto de baño: la sombra amenazante que se cernía sobre la bañera.

Y también la reciente conversación con Víctor Antuña.

Candela le había contado que, según afirmaba su madre, la Casa Azul estaba maldita.

En lugar de calma, solo halló nuevas razones para la inquietud.

Unos golpes retumbaron en la puerta de atrás de la cocina, la que en su día fuera la entrada de servicio.

Nuria se sobresaltó, pero los golpes se repitieron, esta vez, con más contundencia.

Se acercó despacio, a tientas, y abrió la puerta con cuidado.

Frente a ella, vio a un hombre guarecido bajo la capucha de un chubasquero.

Cuando la figura alzó su rostro, Nuria descubrió que era Esteban.

Iba equipado con una potente linterna que, tras tanta oscuridad, a punto estuvo de cegarla.

El jardinero chorreaba agua por todas partes; la lluvia se había ensañado con él.

—Lo siento, te he asustado. Me acerqué para comprobar que estabas bien…

—explicó un tanto azorado—. Te imaginaba sola en esta casa tan enorme, la tormenta, los andamios…

No sé; me preocupé —concluyó encogiéndose de hombros, como si hubiese tomado conciencia de que nada de lo que decía tenía sentido.

No tenía ningún derecho a preocuparse por ella.

—Estaba bien hasta que se fue la luz —le contó haciendo un gesto en derredor—. Tuve la precaución de cerrar todas las ventanas y las contraventanas… Espero que haya servido de algo, porque no ajustan bien. Pero pasa, por favor; te estás mojando.

—Creo que el apagón ha sido general. No hay luz en toda la calle. Podrían tardar un tiempo en arreglarlo. Lo mejor sería encender fuego en la chimenea y prender unas velas.

—Adelante. Ayúdame a buscar las velas.

Esteban le cedió la linterna. Se adentró en la cocina y fue dejando un rastro de lluvia y barro tras de sí.

En cuanto reparó en ello, se quitó el chubasquero y lo posó sobre la encimera de la cocina.

Mientras Nuria repartía las velas por todo el salón, Esteban se ocupó de encender la chimenea.

Por suerte para ellos, Julio había ordenado que la limpiaran a fondo para comprobar si el tiro seguía funcionando.

Una vez que terminaron con sus respectivas tareas, la atmósfera de la estancia había cambiado por completo: confortable, cálida, incluso acogedora; algo que Nuria jamás había sentido en la casa.

—Te traeré una copa de vino y una manta de lana. Necesitas entrar en calor o mañana estarás resfriado.

Colocaron las mantas en el suelo y se sentaron frente al fuego.

Bajo el hechizo de las llamas, Esteban le contó historias de su infancia en Llanes.

Había sido el huérfano de dos republicanos convencidos y orgullosos de serlo.

Para la minoría que mandaba, el hijo de un traidor; para una mayoría silenciosa, muda a golpe de garrote, el hijo de un héroe, un mártir de la libertad.

Pero Esteban aprendió muy pronto que esa mayoría no importaba nada, que debía callar y soportar los insultos, los golpes, las humillaciones…

Había demasiados huérfanos de héroes para que el pueblo pudiera ocuparse de ellos.

Su abuela Flavia se convirtió en su refugio; la única con el valor necesario para defenderlo cuando otros niños, o incluso sus padres, se metían con él.

—Las cosas han cambiado mucho… —dijo Nuria, que venía de un Madrid más grande y más moderno, donde los universitarios se atrevían a plantarle cara a los grises.

—¿Tú crees? —preguntó Esteban descreído.

Nuria pensó en Julio y en su amigo Rafael Sancristóbal, comandante de la Guardia Civil, en cómo seguían manejando los hilos de la sociedad, extendiendo su poder a través del miedo y la coacción.

En el fondo, Esteban tenía razón: nada había cambiado tanto; los cambios apenas rozaban la superficie.

Se emocionó. El sufrimiento era infinito.

No se terminaba nunca. Ella misma, sin ir más lejos, estaba presa bajo las garras de su esposo.

—Supongo que no… —musitó a duras penas, esforzada en contener las lágrimas.

Esteban la observó con curiosidad. Guardó silencio y extendió su brazo despacio para coger el de Nuria.

Lo acercó a la luz de la chimenea, que reveló el rastro cárdeno de los golpes de Julio.

Con un movimiento reflejo, fruto de la vergüenza, ella tiró de su extremidad.

Esteban la soltó y dejó pasar unos segundos antes de atreverse a hablar:

—Fue mi abuela… Ella reparó en las marcas cuando la conociste —explicó—.

Yo le dije que no era posible, que se equivocaba…

Luego me puse a repasar lo ocurrido: tu marido tiene mal genio y me consta que pierde los papeles con bastante facilidad.

Recordé algunas situaciones extrañas, que no me encajaban, y todo cobró sentido. ¿Estoy equivocado?

Nuria se quedó callada. Las palabras se le amontonaron en la garganta.

Necesitaba escupirlas y contarle a Esteban cuán grande era su pesar, pero la prudencia y el miedo se lo impedían.

Él se acercó, apenas unos centímetros, puesto que no quería intimidarla.

Fue precisamente esa cercanía tan respetuosa lo que derribó la barrera de Nuria.

Las lágrimas rompieron un dique construido a base de humillaciones, soledad y silencios.

—¡Maldito miserable! —Renegó Esteban. No necesitaba más confirmación que el llanto de Nuria.

La abrazó mientras ella se rompía. La sujetó con fuerza porque no iba a permitir que, entre tanto dolor, se perdiese ni un pedazo más de una mujer magnífica.

El llanto de Nuria se fue apaciguando y levantó la cabeza.

Se atrevió a cruzar la mirada con él, una mirada acuosa y enternecida que pedía a gritos el cariño que Julio le negaba.

Esteban se sintió atrapado por esa necesidad de amor, atraído por un deseo tan pujante que iba más allá de cualquier precaución.

Le acarició el arco de la mandíbula con la yema de los dedos, apenas un roce fugaz.

La belleza de Nuria le impedía pensar con claridad.

Ella se inclinó hacia él: le brillaban los ojos, más verdes aún a la luz de la chimenea.

Abrió la boca como si fuera a decir algo y sus labios adoptaron forma de corazón.

Él lo tomó como una invitación y acertó.

Se besaron despacio, tanteándose con cuidado, pero no tardó en llegar la pasión, el anhelo de ir más allá, de poseer al otro para fundir dos cuerpos en una piel.

No hubo ni un solo instante para la lucidez, para ahuyentar el peligro que, como ave de presa, se cernía sobre ellos. Esa noche, su noche, ni siquiera les importó que el mundo se estuviera rompiendo por encima de sus cabezas.

* * *

Nuria se asomó a la ventana mientras la cafetera terminaba de borbotear y expulsar el codiciado brebaje.

El nuevo día amaneció como si el cielo hubiese olvidado sus cuitas nocturnas.

Solo los restos de unas nubes grisáceas le recordaron que la felicidad nunca era perfecta.

Aún notaba sobre la piel el poso de los besos de Esteban, el recuerdo de sus labios.

Jamás había sentido nada igual: no solo la intensidad del placer, sino también la libertad de ser ella misma.

Quería salir al jardín y gritar a los cuatro vientos que por fin estaba viva.

Quería ir en busca de Esteban para escapar con él y ni siquiera le importaba adónde.

Pero no iba a hacerlo. No podía poner patas arriba la vida de un hombre que apenas conocía.

En un esfuerzo por ser honesta consigo misma, se preguntó qué le pesaba más: sus sentimientos por Esteban o la necesidad de huir de Julio.

Porque esto último no sería fácil. Su marido la perseguiría hasta el fin del mundo.

La mataría antes de dejarla ir. Lo supo con una certeza tan absoluta como aterradora.

También supo que no podría soportar que la poseyese de nuevo.

Le resultaba más tolerable el castigo físico, por doloroso que fuera, que aceptar la intimidad con él. Solo de pensarlo, se le erizó la piel.

Se apartó de la ventana. De tanto pensar, había conseguido envenenarse con sus propias ideas.

Esteban regresaría en un par de horas. Tras la galerna, el jardín lo necesitaba más que nunca y ella también.

Un escalofrío le sacudió el cuerpo y dejó un nuevo poso de malestar en su mente.

Por primera vez tomó conciencia del peligro que correrían si Julio llegaba a enterarse de lo ocurrido.

Estaba loca y su locura la llevaría a la tumba.

La cafetera terminó su trabajo con un último estertor y Nuria se sentó en el escaño para tomar el primer café de la mañana.

Agarró la taza y le dio un sorbo con cuidado.

Estaba muy caliente, justo como a ella le gustaba.

El calor y la intensidad del aroma le devolvieron parte del valor que iba a necesitar para afrontar una nueva jornada y la compleja realidad que traía consigo.