Diario de Amara
D IARIO DE A MARA
A veces la vida se asemeja a una pesadilla y solo deseas despertar y que termine de una vez. Otras veces adopta los mimbres de un sueño, mi sueño, y entonces querrías que no acabase nunca. Los sueños felices no deberían tener final, deberían ser eternos.
Bruno y yo nos casamos una mañana de junio y poco después me quedé embarazada.
Nuestra dicha habría sido completa de no haber sido por Mario.
Fuimos cobardes y tardamos demasiado en contarle que estábamos enamorados.
No queríamos que nada enturbiase nuestra relación, aunque aprendimos muy pronto que vivir a escondidas es como vivir a medias.
Cuando por fin nos decidimos, nuestros peores temores se hicieron realidad: Mario se sintió traicionado por ambos y, profundamente herido, se marchó de Buenaventura en mitad de la noche.
Al principio creímos que solo sería un arrebato, pero a la mañana siguiente aún no había regresado.
Nos preocupó que hubiese tenido un percance.
Cogimos los caballos y lo buscamos por todas partes.
Volvimos con las monturas exhaustas y la moral por los suelos.
Semanas más tarde supimos que estaba en La Habana, ahogando sus penas con el ron más fuerte que servían en el Morronegro.
Tomás nos lo contó y Bruno fue a buscarlo.
Pensamos que sería mejor así. Ellos habían empezado su aventura juntos y tenían que terminarla juntos también.
Yo no podía ser la responsable de su ruptura.
No sé qué le dijo, no sé qué acordaron; lo importante es que Mario regresó a la hacienda.
Aun así, no volvió a ser el mismo de antes o no lo fue conmigo.
En la medida de lo posible, se mantenía alejado de mí.
Se volcó en el trabajo. Pasaba los días en la plantación, entre cañas de azúcar que, bajo su atenta vigilancia, parecían crecer más rápido.
Tampoco volvió a beber, al menos delante de nosotros.
Creo que temía lo que pudiera hacer o decir bajo los efectos del alcohol. Mario siempre ha sido muy orgulloso.
Nada cambió hasta que nació Malena. Mi hija tiene la piel tostada y unos rizos oscuros como la noche.
Es la bebé más hermosa que he visto nunca; una versión mejorada de mí misma, por pretencioso que pueda sonar.
Todos rendimos nuestro corazón a sus pies y Mario no fue la excepción, más bien al contrario.
Se sentaba frente a la cuna y, mientras velaba el sueño de la criatura, su expresión se ablandaba y las arrugas de su ceño se desdibujaban, como si ella le hiciese olvidar poco a poco el rencor que nos distanciaba.
Mi pequeña Malena nos trajo de regalo la reconciliación y la mejor cosecha de caña de azúcar.
Esa es la magia que obra mi hija.