44 La celda aguarda un culpable
La celda aguarda un culpable
Sus superiores le habían enviado varios telegramas urgentes exigiendo resultados en la investigación.
Tenía que detener al responsable del asesinato de Mario Melgar cuanto antes o rodarían cabezas.
De hecho, insistían tanto en ello, que parecía más importante detener a alguien —en realidad, a cualquiera— que resolver el crimen.
Por si fuera poco, el cabo Llavona hacía méritos para llegar a ser el subordinado más cargante de todos los tiempos.
Se le pegaba como una sombra incómoda y no cesaba de repetir que Malena Bastida era la asesina del indiano.
Quintana no estaba tan convencido como Llavona, de ahí sus reparos, pero la última revelación —que para más inri venía en la mismísima portada de El Oriente de Asturias — inclinaba la balanza en contra de la mulata.
Trató de ordenar en su cabeza los indicios que señalaban a Malena Bastida como sospechosa del crimen: la discusión con Melgar, el desencuentro sobre su regreso a Cuba, la tisana que le preparaba cada noche y el testamento que la convertía en una mujer muy rica.
Rica y libre de hacer y deshacer con su vida sin tener que rendirle cuentas a nadie.
Dinero y libertad eran dos motivos muy sustanciosos para matar.
Y entonces, ¿por qué le costaba tanto creerlo?
La mulata tenía a todo el pueblo en contra.
Los prejuicios, la envidia y el miedo a lo desconocido conformaban un terreno fértil y en extremo peligroso.
Quintana sentía lástima por ella —la imaginaba sola en el torreón de la Casa Azul, como una princesa olvidada—, pero no debía permitir que sus escrúpulos morales le impidieran ser objetivo.
El alférez estaba obligado a tomar una decisión, pese a que tuviera muy presente la posibilidad de equivocarse.
De ser así, tendría que cargar con ello.
Unos golpes acuciantes sonaron en la puerta.
Quintana supo que era Llavona; solo él se atrevía a llamar así.
Se recreó, una vez más, en la idea de solicitar su traslado a un lugar muy pero que muy lejano.
El cabo se empeñaba en cavar su propia tumba.
O puede que en robarle el puesto, quién podía saberlo.
—Adelante —dijo con el único afán de poner fin al ruido.
—Buenos días, mi alférez. Lastra me ha informado de que nos enviaron un telegrama desde Oviedo —se palpaba su satisfacción por las malas noticias.
Quintana reprimió el exabrupto que le venía a la boca.
Seguramente se equivocaba de estrategia: sacar a relucir su genio habría sido lo mejor para pararle los pies a Llavona.
—En efecto —respondió circunspecto, sin darle explicaciones—. Avisa a Acebal y a Lastra para que estén listos.
—¿Listos para qué? —preguntó el cabo un tanto descolocado.
El alférez Quintana se concedió unos instantes para disfrutar del desconcierto de su subordinado.
Solo unos segundos, porque la decisión que había tomado, presionado por unos y por otros, no era de su agrado.
Desventajas del cargo a las que no terminaba de acostumbrarse.
Finalmente pronunció las palabras con desgana, a sabiendas de que con ellas sellaba el destino de una mujer abandonada a su suerte:
—Vamos a detener a Malena Bastida.
* * *
La encerraron en un calabozo lóbrego y frío.
Las paredes rezumaban humedad, como pequeños ríos de lágrimas que simulaban llorar su desgracia.
Los guardias no le permitieron que se llevase nada de la Casa Azul, ni las conchas de cauri ni el altar de los santos.
Sin ellos, se sentía desprotegida y le resultaba más difícil encontrar algún consuelo.
Tenía la sensación de que los Eggun y los dioses estaban tan lejos de ella, que no podrían atender sus rezos.
Pero no quería mostrarse débil, no quería que la viesen desfallecer, así que se retiró a un rincón de la celda y se encerró en sus pensamientos.
«¿Por qué estoy aquí? ¿Para esto me hiciste venir, mamá?
¿Qué futuro puedo tener yo en estas tierras verdes?
». Prisionera entre cuatro paredes, añoró más que nunca el sol, la arena y la vida que había dejado en Cuba, pero aquella vida sin su madre ya no tenía sentido.
El pasado estaba cerrado a cal y canto y el futuro formaba una nebulosa tan confusa como incierta.
Se amarró al recuerdo de Amara: una mujer hermosa, vibrante y compasiva.
Ella se entregaba con pasión a todos sus proyectos, derrochaba su energía y su saber en curar a las personas, en socorrer a los desamparados…
Amara y Mario reñían con frecuencia, como un matrimonio mal avenido.
Melgar la regañaba porque gastaba su dinero en hierbas, medicinas y demás remedios; porque acogía en Buenaventura a los enfermos y los parias, a los seres olvidados por una sociedad impía.
Fue así como se contagió. Lo había hecho tantas veces que se creía inmune, bendecida por los Eggun y protegida por Babalú Ayé, el orisha sanador.
Se equivocaba: en algún momento tenía que ocurrir.
Las pócimas curativas no surtieron efecto, tampoco las plegarias.
Los dioses dejaron de escucharla. No pudo superar la enfermedad; el cólera, su némesis, ganó la última batalla.
Oyá [10] le abrió la puerta del cementerio y la recibió con los brazos abiertos.
«Me quedé sola, completamente sola, y ahora me pudriré en esta celda oscura».
La sensación de vacío, tan desoladora que la estremeció, avanzó a través de su cuerpo y su mente.
De no ser por el silencio del calabozo, habría gritado hasta sacarla fuera.
Fue entonces cuando oyó un abrir y cerrar de cerrojos, el sonido de pasos y voces amortiguadas.
Alguien venía a verla. Malena se puso en pie bajo el estrecho ventanuco que daba batalla a las sombras.
Dimas asomó su rostro, que quedó recortado por los barrotes.
Unos pasos detrás de él, surgió la figura del alférez Quintana.
El joven lo miró un instante y el alférez asintió conforme. Se alejó y Malena lo perdió de vista.
Dimas se agarró a los barrotes y se esforzó en sonreír. Fue una sonrisa volátil, como un espejismo, que se esfumó aplastada bajo el peso de tanta aflicción. Ella avanzó hacia la puerta de la celda para contemplarlo más de cerca.
—Lo siento —se disculpó tremendamente abatido—. No sabía que Melgar era mi padre y no tuve tiempo de advertirte de ello.
Había tanta sinceridad en sus palabras, que le perdonó de inmediato.
Malena había sufrido en su propia piel el dolor que podían causar los silencios, las mentiras…
Él no tenía la culpa; los errores de sus padres no le correspondían.
Emocionada, se acercó más aún hasta descubrir la pesadumbre que asomaba a los ojos de Dimas: toda una declaración de su amor por ella.
Su rostro era luz entre tanta oscuridad.